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'Anatomía de Grey' está cansada y el inicio de la décima temporada es una prueba más

'Anatomía de Grey' está cansada y el inicio de la décima temporada es una prueba más
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La actualidad de ‘Anatomía de Grey’ marca de forma inconsciente esta décima temporada. Cierto miembro del reparto avanzó este agosto que dejaría la serie y, por si a alguien se le pasó por alto, ni mencionaré su nombre. Pero querían que el público lo supiera, de aquí que se hiciera oficial, y es lo más interesante de este regreso. No se intuye todavía nada pero es una idea que yace de fondo y que añade una capa de melancolía y curiosidad a este centro ahora llamado Grey-Sloan Memorial Hospital.

El otro día, de hecho, comentaba que había series que utilizaban la estructura por temporadas para hacer avanzar el relato. En ese caso me refería a ‘The Good Wife’ que, pese a no tener ninguna elipsis temporal entre una temporada y otra, llevaba a su protagonista a tomar una decisión y su óptica cambiaba, abriendo un nuevo capítulo en la serie. Pero ‘Anatomía de Grey’ no es así y su nueva temporada no aporta novedades. Retoma la acción donde la dejó, con Webber electrocutado y Meredith con el bebé en brazos, y todo sigue igual.

¿Otra vez? ¡No hace falta!

Esto no tiene porqué ser malo pero sí creo que desaprovecha un recurso narrativo-televisivo con mucho potencial. ¿No podíamos ahorrarnos, por ejemplo, a Meredith en la cama? Es una imagen que ya vimos cuando Ellen Pompeo parió en la vida real y en la serie fue operada. ¿Y no podíamos encontrarnos a Christina y a Owen habiendo pasado página? Como espectador es gratificante ver cómo han llegado a esta situación, habiendo sopesado su situación y asimilando que tienen objetivos distintos en esta vida, pero es necesario pasar por otra ruptura. Puede que esta sea amigable, a diferencia de cuando el Dr Hunt reconoció que había sido infiel, pero es repetitivo.

Como repetitiva también es la situación de Callie y Arizona, que también han dejado la relación alguna otra vez. Puedo entender que Arizona se dejase seducir por otra médica tan guapa como Hilarie Burton pero ni Shonda Rhimes supo explicarnos bien su forma de sentir (sobre todo cuando Callie no podía estar más pendiente de ella), ni surgió de forma natural. Cuesta creer que Arizona, por más que se deje llevar por su faceta más salvaje, quiera hacer los cuernos a su mujer en una habitación donde fornica todo el hospital y donde en cualquier momento puede llamar alguien a la puerta.

Creo, más bien, que fue una forma de sacar punta a una relación estancada y Rhimes traicionó en realidad al espectador. Al principio de la temporada pasada explicó que la historia de Arizona Robbins no era una historia de odio sino de superación, y al final se convirtió en una de traición. ¿Acaso alguien se acuerda que no tiene una pierna? No. Solamente es una esposa infiel sin tacto y que encima es incapaz de asumir qué hizo mal, como si su amputación excusara cualquier actitud. Las escenas del primer episodio, donde presiona a Callie para que hable con ella delante de terceros, son simplemente odiosas. ¡Qué forma de cargarse un personaje! Sobre todo porque todo sería más verosímil si hubiese sido al revés: Callie siempre ha sido una mujer fogosa y Robbins se negaba a tener sexo.

Y, para terminar este bloque de cansancio, Avery y Kepner también caen en el mismo error una y otra vez. Pero por lo menos ya son conscientes de ello y Avery bien que le soltó a Kepner algo que tenía muy claro desde hace tiempo: ¿qué demonios les impide estar juntos? Absolutamente nada. Solo las ganas de los guionistas de tener alguna pareja que tiene que ser y que todavía no están juntos. Y, ni entiendo esta obsesión, ni la decisión de April de aceptar otra vez su petición de matrimonio, ni la escena del último episodio donde tienen un momento de tensión. Shonda, ¿puedes pasar página, por favor?

Meredith Grey.
Una que pasa página.

Webber y los residentes

Cuando se anunció que alguien moriría al empezar la temporada y no se dijo quien sería, no tuve ninguna duda de que se trataría de un cualquiera y le tocó pagar el pato a Brooks, la aprendiza pródiga de Sheppard. Una decisión que no acabé de entender. Para empezar, Tina Majorino es mejor actriz que el resto de sus compañeras, cada una con menos carisma que la anterior. Pero encima le habían dado una función, la de mano derecha de Sheppard y era simpático que el neurocirujano se encaprichara por enseñar a una chica con potencial.   La tragedia, además, ocurrió en un episodio desganado. Querían resolver los interrogantes y la primera mitad del episodio doble fue mecánica. Y, cuando tocó la segunda parte, quisieron dar ritmo y trama a los nuevos residentes. Que la muerte de Brooks no fuese en vano y que nos sirviera para conocerles un poquito más y sobre todo darles química grupal. El recurso, todo hay que decirlo, fue muy gratuito: nadie tiene el deber de contar bromas de un difunto a su madre minutos después de que se le comunique la noticia. Una cosa es el tanatorio, otra el funeral... y otra media hora después. No os conoce, no os importaba la muerta, no es el momento. Ni un falso instante de complicidad puede borrar esto.

Pero, si algo se puede sacar positivo de todo esto, es el estado de los tres residentes veteranos que quedan: Meredith está contenta con su felicidad y su nueva maternidad, Karev por fin está sentando la cabeza y Yang también entra en un nuevo capítulo, uno donde ha asumido que no debe estar con Hunt porque ella preferiría extirparse los ovarios a plantearse tener un bebé. Y el ritmo, como es ‘Anatomía de Grey’, está presente. ¿Tiene potencial para recuperar la frescura de los primeros años? No. Los diez años pesan.

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