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'El escritor', la pálida sombra de Polanski

'El escritor', la pálida sombra de Polanski
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Mientras desfilaban los créditos finales de ‘El escritor’ (‘The Ghost Writer, 2010) sentía una sensación amarga. ¿Era éste el director de ‘La semilla del diablo’ (‘Rosemary’s Baby, 1968), o de ‘Chinatown’ (id, 1974)? Sin llegar a los niveles de ineptitud de la risible ‘La novena puerta’ (‘The Ninth Gate’, 1999) el resultado me ha parecido bastante pobre. Y descubro asombrado que estoy en franca minoría al leer que se ha llevado el Premio FIPRESCI de la crítica a la mejor cinta del año. No lo entiendo. Me parece una burla a lo que Roman Polanski fue una vez, una maniobra similar al Óscar a Scorsese por ‘Infiltrados’ (‘The Departed’, 2006).

Pero vamos a la que nos ocupa: la peripecia de un hombre corriente que cae en un gélido mundo de mentiras y engaños donde nada es lo que parece. Suena bien, ¿verdad? Ejem… empecemos por el principio.

El comienzo del film tiene su interés. Como en los relatos de Agatha Christie, nos encontramos de entrada con un misterio: un coche sin dueño dentro de un ferry. Pero en el siguiente plano ya vemos la causa: un cadáver llega flotando a la orilla de una costa. El subrayado va a ser la tónica general del film.

Seguidamente, conocemos al protagonista: un escritor de medio pelo (un Ewan McGregor decididamente gris, a tono con el resto del film por otra parte) que es contratado por el Primer Ministro británico (Pierce Brosnan, muy limitado) para que escriba su autobiografía. Para ello, se trasladará a un moderno edificio en medio de una isla . La sensación de reclusión se hará evidente desde el primer momento. Este edificio es una especie de búnker, y su diseño, muy parecido a las guaridas de supervillanos que hemos visto en las películas de James Bond y similares. Al poco tiempo de comenzar su trabajo en ese inhóspito lugar, estalla un escándalo que salpica de lleno al primer Ministro y que guarda muchas y muy evidentes similitudes con Tony Blair y la guerra de Irak. El trazo grueso campa a sus anchas a lo largo del metraje. El escritor asiste a esta situación en el epicentro del huracán, pero como en los tornados, el epicentro es el único lugar tranquilo del mismo, y algo parecido le sucede a nuestro protagonista: hay en el aire una sensación de amenaza, los personajes que le rodean tienen dobles y triples intenciones se mueven por oscuros intereses y ocultan mucho más de lo que dicen. Pero nada importa demasiado. Todo está contado como con sordina, sin rastro de pasión. El escritor es una persona sobre todo pasiva, más testigo de lo que ocurre que verdadero protagonista, y la verdadera tensión brilla por su ausencia. Esto en sí mismo, no es algo malo. Pero si la razón de ser de un thriller es la intriga, Polanski fracasa estrepitosamente.

¿Quiere decir esto que no parece una película de Polanski? Lo parece, lo parece. Vemos a Polanski en la atmósfera de conspiración y paranoia que rodea al protagonista. Lo vemos en el juego que se establece con su antecesor en el cargo (el cadáver que vemos al principio es el del primer “negro” al servicio del ministro): Ewan McGregor es confundido varias veces con el fallecido, y todo indica que va a heredar su triste destino, como sucedía con el personaje principal de ‘El quimérico inquilino’ (‘Le Locataire’, 1976). Vemos a Polanski en pequeños detalles, como su gusto por los acertijos, los juegos de palabras (aquí, un acróstico dejado en el libro por el fallecido que revela el nombre del traidor, similar al anagrama con el que Mia Farrow descubría el verdadero nombre de su “encantador” vecino en ‘La semilla del diablo’). Pero que un film posea rasgos característicos de un director, no implica que sea necesariamente un buen film. En otras palabras: cualquiera puede hacer un film a lo Polanski, incluso Polanski. Ecuación aplicable a los últimos films de Tim Burton: desde el primer fotograma identificamos su estilo, pero es un estilo muerto, que viste a la película sin aportar nada más. Polanski rueda y compone los planos con suma elegancia, pero con desgana, lo que afecta a los personajes, a la trama y por ende, a la película.

Desde luego no ayuda un guión que roza el simplismo, como la revelación de que el Primer Ministro inglés no es más que un pelele en manos de la perversa CIA, y con soluciones tan facilonas como el acróstico del que hablábamos hace unos momentos. Por supuesto que hay alguna escena potente, como el encuentro de McGregor con el gran Eli Wallach, o el viaje a ciegas que emprende el protagonista gracias a la ruta grabada en el GPS del coche de su antecesor. Pero todo queda en agua de borrajas con un final tan estúpido como el que nos propone el director, en el que el protagonista abandona todas las precauciones y se expone a cara descubierta ante el peligro, por lo que el plano final se antoja más cómico que trágico. Eso sí, la composición del mismo es exquisita con una gran utilización del fuera de campo. Lo superficial gana la partida.

En fin, escaso bagaje para un director de la talla de Roman Polanski al que, en mi opinión, se le debe exigir mucho más. Poner esta nadería al lado de sus obras maestras me parece un disparate. La última gran película de Polanski fue ‘Lunas de hiel’ (‘Bitter Moon’, 1992). Y de eso, ya hace diociocho años. Qué triste es asistir a la decadencia del que un día fue grande.

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