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'La semilla del diablo', el horror no tiene forma

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¡Esto no es un sueño! ¡Esto está pasando de verdad!

- Rosemary

Roman Polanski dirigió sólo dos películas enteramente norteamericanas, tanto por financiación como por estilo de producción y por lo que significaron dentro de los dos géneros que practicó, el negro y el suspense. Ambos filmes, ‘Chinatown’ y ‘Rosemary’s Baby’ (traducida aquí con el estúpido título de ‘La semilla del diablo’, que como todos sabemos destripa por completo la historia) son sendas obras maestras del cine, y se inscriben con letras de oro en sus respectivos géneros, aunque en realidad los trascienden y no se quedan en una mera muestra de lo mejor de ellos, sino que llegan mucho más lejos de lo que casi todos los cineastas previos o posteriores han logrado.

Pese a que la experiencia de Polanski en los Estados Unidos, con la magistral ‘El baile de los vampiros’, no había sido lo que se dice satisfactoria (el productor americano de la película la mutiló para su distribución sin el consentimiento del director, lo que motivó su fracaso comercial en ese país), el cineasta de 34 años había sido capaz de firmar un excelente contrato con la Paramount que le garantizaba el corte final de su nuevo proyecto, la adaptación de la exitosa novela de Ira Levin ‘El bebé de Rosemary’, que él mismo escribiría en el único crédito en solitario como guionista de su carrera.

El triunfo de la ambigüedad

Dijo Polanski: “yo no quiero que el espectador piense ‘esto’ o ‘aquello’, quiero simplemente que no esté seguro de nada. Esto es lo más interesante: la incertidumbre”. Y en efecto practica tal dogma estético hasta sus últimas consecuencias en una película que, cuarenta años después, conserva intacta su capacidad de sugerencia, su ambiguedad y su tremendo poder de convicción. Polanski sabía que el horror es mejor que lo añada la mente del espectador, y que sus posibilidades más oscuras nacen de lo cotidiano, no de lo extraordinario. ¿Acaso no es más terrorífico imaginar que el diablo camina entre nosotros, en nuestros quehaceres diarios, que en una fantasía heróica o post-apocalíptica?

La música del genial, y tristemente fallecido poco antes de los 38 años, Krzysztof Komeda acompaña unos títulos de crédito en los que se impone la ironía y la doble lectura. A finales de los sesenta, las comedias románticas tipo Rock Hudson/Doris Day habían alcanzado su declive, pero su memoria seguía viva. Los créditos color rosa y de estilo cursi aparece en ‘La semilla del diablo’, deformados, claro está, por esa nana siniestra y hermosa, que no preludia nada bueno. Un chico bien moreno y una tímida chica rubia hacen acto de aparición. Están buscando una casa. Polanski hace trizas ese subgénero y propone una senda que nadie, nunca antes que él, había trazado.

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La pareja tiene la mala suerte de acabar en el edificio Bramford (en realidad, el edificio Dakota, donde también han ocurrido todo tipo de desgracias, algunas inexplicables), y allí alquilarán el apartamento anexo (y con una puerta secreta que los comunica…) al de los Castevet, una pareja de edad bastante avanzada que, desde un principio, resulta cualquier cosa menos tranquilizadora, pero con los que inaugurarán una relación de consecuencias imprevisibles. Los grandes aciertos del filme son los siguientes:

1. Oponer la idea de una Satánica Concepción a la idea tradicional de Inmaculada Concepción, con lo que esto significa de perturbador para cualquier espectador que, aún no siendo católico practicante, esté educado en una cultura primordialmente católica.

2. Mantener, hasta la misma secuencia final, una logradísima ambigüedad basada en la paranoia y el sentido de aislamiento característicos de una mujer embarazada, de tal forma que, aunque en el fondo nos tememos lo peor, siempre podemos pensar en la opción de que todo esté en la mente de Rosemary.

3. Llevar a cabo una progresión lineal en la que al deterioro físico de Rosemary debido al embarazo (un deterioro escalofriante que nos provoca, literalmente, un malestar físico indescriptible) le sigue una mayor amenaza y soledad de Rosemary, una de las Mujeres-Polanski, abandonada a su suerte y utilizada por los hombres para sus fines.

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En cuanto al estilo de Polanski, Richard Sylbert o el propio William A. Fraker, respectivamente diseñador de producción y operador jefe del filme, lo definieron muy bien: el realismo extremo y estilizado al mismo tiempo. Así, por ejemplo, cuando un personaje observa lo que hace otro en la habitación contigua, el punto de vista es respetado al máximo. Una de las imágenes más recordadas en ese sentido, es el crucial momento en que Roman Castevet le propone algo terrible a Guy, observado desde la cocina por Rosemary, que sólo observa un significativo humo de pipa asomarse al quicio de la puerta.

Sin embargo, en los interiores Polanski se muestra sereno y contenido, mientras que en el exterior y en los sueños, el barroquismo y la intensidad hacen su aparición. Fascinante en extremo, por cierto, el sueño de Rosemary en el que tiene lugar la cuestionada relación sexual, repleta de connotaciones católicas, freudianas y ocultistas, y en el que por un segundo vemos el rostro del Diablo, al contrario de lo que sucede al final, donde nunca vemos el rostro del bebé. ¿Para qué? No hace falta, ya lo configura nuestra perversa imaginación, en la que Polanski confía sobre todas las cosas.

Todos los actores están en estado de gracia, con la cámara de Polanski siempre encima de sus rostros. Pero hay que poner, obligatoriamente, en un escalón a parte a Ruth Gordon, que logró el Oscar con su impresionante interpretación de la abyecta y repugnante Minnie, posiblemente el personaje más repulsivo de todos los que ha creado Polanski en su vida.

Epílogo Indignado

En el momento en que se escriben y (probablemente) se leen estas líneas por primera vez, Roman Polanski permanece encerrado en una desconocida cárcel suiza, a la espera de ser quizá extraditado a Estados Unidos por un crimen cometido hace más de treinta años. Mientras suenan las voces que piden su condena y otras que exigen su liberación, sólo nos queda soñar lo que hubiera sido de su carrera si no se hubiera visto obligado a abandonar EEUU en dos ocasiones. La primera por el asesinato de su mujer y su hijo nonato, y la segunda por haber mantenido relaciones con una menor.

Antes de la primera huída, filmó esta película. Regresó e hizo la sublime ‘Chinatown’. Cuando volvió a emigrar, perdió la oportunidad de una carrera posiblemente impresionante en la industria más importante del mundo, además de gran parte de sus posesiones, después de 42 días en la cárcel. Huyó a Londres y se estableció, sin un duro, en París. En Europa ha llevado una vida errante y una carrera errática. ¿No ha pagado ya suficiente este hombre genial y septuagenario?

Ya en Europa, al menos ha podido seguir trabajando, después de épocas durísimas, y ha podido filmar dos obras maestras a la altura de las dos norteamericanas: ‘Tess’ y ‘El pianista’. Habrá que esperar para saber si puede seguir haciendo cine como un hombre libre (e imperfecto), o pasa el resto de su vida en la cárcel.

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