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'El pianista', el arte sobrevive

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Amo ver a una mujer tocando el chelo

- Wladislaw Szpilman

Hace poco escríbi un ensayo sobre una de las dos excepcionales películas norteamericanas de Polanski (dos películas hizo allí, sendas obras maestras), la bellísima y trágica ‘Chinatown’, que el realizador polaco presentó en 1974. Este gran hombre de cine, cuando decepciona, lo hace a conciencia, y nos hace plantearnos su importancia en el arte, pero cuando está en plenitud, es muy superior a la gran mayoría de directores actuales.

Lástima que no pueda hacer siempre cosas como ‘Chinatown’ o como ‘El pianista’. Si lo hiciera podría ser, fácilmente uno de los ocho o diez mejores directores de la historia. Pero su vida, y su personalidad, han sido cualquier cosa menos estables y predecibles, y poco importa que se equivocara con ‘La novena puerta’ o con ‘Piratas’, cuando ha sido capaz de filmar la experiencia de Szpilman de una manera tan hermosa, tan humilde y tan ejemplar.

Una de las máximas del arte es: “habla sobre lo que conoces”, y aquí es aplicada hasta sus últimas consecuencias. Años antes de este proyecto, Steven Spielberg le había ofrecido la dirección de una película que él, en un principio, sólo iba a dirigir, y que iba a titularse ‘La lista de Schindler’. Pero el cineata polaco declinó la oferta alegando que los sucesos que se describían en esa historia, situados en el guetto de Cracovia, le tocaban demasiado cerca. Allí había vivido él, a los 9 años, precisamente durante el exterminio judío, y de allí habían llevado a su madre a morir a Auschwitz. Pero de alguna forma, Polanski sabía que tarde o temprano tendría que contar esa historia.

Eso sí, no quería que fuera una especie de autobiografía, sino un acercamiento a aquellos dolorosos recuerdos sin la losa que representa el resentimiento por el recuerdo de los seres queridos. Quería hacerse justicia a sí mismo sin caer en la manipulación y lo tendencioso. Esa oportunidad le llegó cuando leyó las memorias de uno de los más afamados pianistas europeos del siglo XX. Su extraordinaria epopeya de varios años de supervivencia en las condiciones más duras imaginables excitó la imaginación de Polanski hasta decidir que esa sería la película con la que enfrentarse a sus viejos fantasmas.

Lo primero que hizo fue contratar a un hombre al que apenas conocía, pero del que admiraba su trabajo, el escritor y dramaturgo Ronald Harwood. Juntos (aunque Polanski no figure en los créditos, siempre trabaja en el guión) construyeron un guión que es un diamante sin la menor arista, una crónica descarnada de un mundo derruido (moral y físicamente), yendo de la mano de Szpilman. Y con ese guión bajo el brazo se dispuso a seguir con crudeza y verdad al actor elegido, Adrien Brody, de quien sabía que no iba a intentar alardes interpretativos, sino sólo realismo.

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Polanski en el filo

Hacía mucho tiempo que Polanski, aún en algunos trabajos muy interesantes (‘Frenético’, ‘Lunas de hiel’) no era realmente Polanski. Su talento estaba ahí, dormido, pero no acababa de regresar a la energía arrolladora de los años sesenta y setenta. Cuando parecía que estaba abocado a una decadencia inevitable, presentó una película que para algunos, empero, fue la confirmación de su domesticación. Resulta vergonzoso leer algunas críticas que le echaban en cara al realizador haber perdido su toque grotesco y su tono barroco.

En mi opinión, todos esos críticos no sabían qué historia estaba contando Polanski, y sobre todo, por qué. No tenía sentido ninguno que el director se entregase a su habitual, y conocido, repertorio de horrores cotidianos, a esa cámara nerviosa, a esos caracteres guiñolescos. Esto es otra cosa. ¿Acaso no cambió Polanski de estilo para filmar la magistral ‘Tess’? Afirmaciones como esa dan una idea de hasta qué punto cierto sector de la crítica anda con un despiste monumental.

La estrategia narrativa seguida por Polanski de modo ascético es la del realismo y la sobriedad absolutos, y se entrega a ello sin el menor divismo, sin ningún interés por demostrarle nada a nadie, y sin otro deseo que el de hacer una gran película sobre un tema que a él le dolía en lo más profundo. Habiendo él visto algunos horrores del guetto de Cracovia, decide entregarse a fondo en una historia sucedida en el de Varsovia, ciudad que además él también conoció de niño. Y, como en sus mejores películas, cuenta la historia de una degradación progresiva. De una horca que se va cerrando implacable.

Así sucedía en ‘La semilla del diablo’, donde poco a poco la intriga se cernía en torno a Rosemary, y también en ‘Tess’, y por supuesto en ‘El pianista’, relato en el que observamos durante su primera parte cómo la familia va perdiendo derechos y dignidad de vida, hasta caer en el horror más hondo y más tenebroso que ha provocado el hombre sobre el hombre en ese nauseabundo siglo XX. Tanto en esa primera mitad como en la segunda, en la que ya Szpilman se queda solo, Polanski va incrustando, aquí y allá, recuerdos de su niñez, detalles horripilantes, que suenan a certeros y auténticos, y que aportan una dimensión conmovedora y crudísima a una película cuya oscuridad resulta inolvidable.

Sin embargo, es notable que Polanski lo cuenta todo sin ánimo de revancha, sin cargar las tintas ni hacer un relato maniqueísta. hay nazis malos y buenos, y también hay judíos malos y buenos. Nadie se salva. Todos son culpables de tanta muerte y tanto sufrimiento. La elegancia y la contención del director son dignas de todo elogio.

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Pero Polanski no estaba solo. A su lado se hallaban su compositor preferido en los últimos tiempos Wojciech Kilar (que saltó a la fama internacionalmente con la impresionante música para ‘Bram Stoker’s Dracula’), el diseñador de producción Allan Starski (que ya había ganado el Oscar, precisamente, por ‘La lista de Schindler’), o el director de fotografía Pawel Edelman, que firma aquí el que de lejos es su mejor trabajo, todo un alarde de iluminación siempre justificada, y de una belleza que daría para otro artículo.

Con ellos, y con Brody en estado de gracia, Polanski nos narra en la segunda parte, esa en que el artista se queda solo, su propia historia, la de un superviviente, que gracias precisamente a ese sentido de la supervivencia pudo legarnos cuatro obras maestras (‘El pianista’, ‘Tess’, ‘Chinatown’ y ‘La semilla del diablo’) y varias películas maravillosas. Las últimas imágenes, con el triunfo de la vida sobre la muerte, viendo tocar pletórico a Szpilman, son la verdadera venganza de Polanski frente a la locura y el fanatismo. El director reivindica su grandísimo talento con un acto de sinceridad y redención, en una superproducción (Alemania, Francia, Polonia, Reino Unido y Holanda colaboraron en ella) realmente europea, que muestra hasta qué punto en este continente podemos competir en calidad de producción con los americanos.

Postdata inevitable

Además de otros numerosos, y merecidísimos premios, ‘El pianista’ se alzó, en los Oscar, con las estatuillas correspondientes a mejor director, guionista y actor. Pero cuando todos esperábamos que también lograse el de mejor película, oímos el título de ‘Chicago’, un musical interesante y poco más. La pregunta es la siguiente: ¿cómo la mejor dirección, el mejor guión y la mejor interpretación del año no crean la mejor película? La respuesta es bien sencilla: era la mejor película. Pero no la que convenía que ganase. Es decir, ya con el Oscar, los hipócritas norteamericanos habían reestablecido la imagen social de Polanski, tantas décadas después del escándalo que le obligó a abandonar el país sino quería verse, muy probablemente, en la cárcel. Pero no iban a agasajar con más al pequeño (sólo por su tamaño) director.

Una vez más, son los oscar los que no tienen prestigio por no premiar maravillas como esta, anteponiendo trivialidades como ‘Chicago’.

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