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'La maldición de Hill House': capítulos perfectos y algún altibajo para una adaptación que marcará el terror televisivo
Críticas

'La maldición de Hill House': capítulos perfectos y algún altibajo para una adaptación que marcará el terror televisivo

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Nota de Espinof

No somos de teorías conspiratorias por aquí, pero está bien señalar una mera coincidencia estadística. Cuando publicamos nuestra entusiasta revisión de 'La maldición de Hill House' fue a partir de los seis capítulos que nos cedió Netflix para su visionado, algo más de la mitad de los diez totales. De calidad impecable, acababa en una nota altísima: la impecable conclusión del capítulo cinco, quizás mi momento favorito del conjunto y que plantea la idea más ingeniosa de la serie. Y el espectacular capítulo seis, rebosante también de ideas morbosas, y con una puesta en escena y un clima fatalista y personalísimo.

A partir del siete y salvo una leve remontada en el décimo y último (que también incluye, para compensar, algunas de las escenas más innecesariamente ñoñas y explicativas de la serie), 'La maldición de Hill House' se enreda en su propia trama. Se vuelve confusa y complaciente, se obceca en repetir una y otra vez lo que ya nos ha contado, nos lanza apariciones y espectros de una banalidad que choca con la elegancia y exquisito gusto de episodios anteriores, y ningunea el misterio principal de la casa para machacar una y otra vez un drama familiar que ha quedado muy bien explicado previamente.

¿Conspiración de Netflix para ocultar episodios manifiestamente más flojos? Como digo, las teorías conspiratorias no nos van, y la explicación podría ser bastante más pragmática. Sencillamente, es muy complicado mantener la tensión durante diez horas que no quieren aflojar en ningún momento la atmósfera opresiva heredada de la novela de Shirley Jackson al que, por otra parte, Mike Flanagan ignora considerablemente en lo argumental. Es normal que el interés renquee pasadas un par de revelaciones que la serie no sabe muy bien cómo superar. ¿Convierte eso a 'La maldición de Hill House' en una producción de terror fallida? Ni remotamente. ¿Habría funcionado mejor con seis episodios? Sin duda.

Pero lo que tenemos es lo que hay y, estirada y todo, con final postizo o sin él, lo cierto es que en el algo clónico mundo de las ficciones fantasmales, normalizadas en exceso por el éxito de las producciones de Blumhouse y unificadas bajo el canon (y el taquillazo) de 'Expediente Warren' y variaciones, 'La maldición de Hill House' es un soplo de aire fresco. Clasicista pero renovadora, preciosista en lo visual pero sin más remilgos de los necesarios, Mike Flanagan se distancia de las tendencias de moda con una serie llena de detalles interesantes.

'La maldición de Hill House': la casa hambrienta

El primer chasco que se puede esperar el fan de la novela de Shirley Jackson o la extraordinaria adaptación previa de Robert Wise de 1963, 'La casa encantada', es que la versión de Mike Flanagan para Netflix conserva muy poco de ambas. Hay algún concepto relacionado con la naturaleza de la casa y su necesidad de consumir almas inocentes, aunque en este caso no tenemos esa puerta al infierno del estilo de 'La centinela' que a menudo se ha vinculado a la novela de Jackson. También se mantienen características superficiales de algunos personajes (orientación sexual, percepciones extrasensoriales), algún nombre y poco más.

En esta ocasión tenemos una familia (un matrimonio y sus cinco hijos) que hace algo más de dos décadas llegó a Hill House para reformarla y venderla. Lo que sucedió allí marcaría para siempre las relaciones entre ellos, y hasta el mismo final de la serie no tendremos todos los detalles exactos. Ese aspecto del guión, sin duda uno de los más complejos, se mantiene con interés hasta el final y vertebra un concepto del tiempo como una serie de capas que transcurren de forma simultánea, superponiéndose entre sí, y que propicia la narrativa a golpe de flashback, tan al estilo de la televisión actual. Pero que gracias a la exquisita forma de Flanagan de visualizar las distintas líneas temporales, va más allá del gimmick argumental y se convierte en parte del discurso.

Hillhouse3

El modo que tiene Flanagan de dosificar los impactos y la tensión, sin recurrir a sustos baratos y (casi) sin imágenes manidas, es todo un logro en diez horas de fenómenos sobrenaturales casi ininterrumpidos (aunque no a un ritmo febril, también hay que decirlo). Las libertades que se toma con Shirley Jackson son ya cuestión de gustos: particularmente encuentro más atractivos los cazadores de fantasmas del original, pero es cierto que Flanagan encuentra la forma de conectar la ficción de Jackson con los traumas familiares/espectrales tipo Stephen King (especialmente 'El resplandor') y salir más que airoso del empeño.

Las citadas apariciones de la Mujer del Cuello Roto, las exquisitas composiciones de los planos -influidos por tendencias artísticas, sobre todo pictóricas, que abarcan desde el american gothic norteamericano a cierto precioismo neoclásico, teñidos de extrañeza y aroma fantastique- o las soberbias interpretaciones, especialmente las de los niños, marcan un listón importante en el nuevo terror televisivo. Encontrando un lenguaje más calmado, más atmosférico que el que precisan las películas, Flanagan caligrafía una nueva forma de plasmas pesadillas en la pantalla. Sí, por supuesto que hay pegas: desde los detalles de la adaptación a las caídas ocasionales de ritmo, pero es indiscutible que, por encima de todo ello, 'La maldición de Hill House' es un auténtico hito.

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