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Darren Aronofsky, ese genio del cine

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Confieso mi absoluta ignorancia e insensibilidad en esto del cine en particular, y en cuestiones más o menos artísticas en general. Y la confieso porque hay directores de un talento impresionante (eso dicen muchos, que es impresionante) pero que no comprendo, o que me resulta tan repugnante que me siento incompetente cuando lo alaban, o me resulta pretencioso hasta niveles inimaginables, pero que seguro que es una genialidad abrumadora que mi pobre intelecto y mi aún más pobre sensibilidad no pueden llegar a apreciar, mientras que muchos sí pueden y son capaces de conmoverse con el trabajo de directores como, por ejemplo, Darren Aronofsky.

Digo todo esto para que los lectores que enseguida se me rasgan las vestiduras, y que están dispuestos a proclamar mi incompetencia manifiesta con el colmillo bien afilado, se contengan un poco, y sean capaces de leer el artículo hasta el final (sin correr apresuradamente a dejar su indignación por escrito en un comentario), pues lo escribo también (y sobre todo) para aquellos que no están de acuerdo conmigo. Pues trabajar para que le halaguen a uno es algo tremendamente aburrido, y de eso ya saben demasiados redactores de internet, y demasiados directores de cine, encantados consigo mismos. Curiosamente…como Darren Aronofsky.

No existe, aunque pueda parecerlo, el menor rastro de cinismo en mis palabras. Yo sólo intento escribir sobre lo que hay alrededor de este cineasta, sobre lo que siento yo al ver su trabajo, y sobre lo que, al parecer, sienten muchos al verlo. Y con total sinceridad digo: no tengo ni pajolera idea de lo que escribo (aunque me gusta escribir sobre cine, eso también es cierto), porque muchos aficionados promulgan a los cuatro vientos la genialidad absoluta de este director. He de decir, también, que la mayoría (no todos, ojo) que le defienden como si fuera su hijo o su hermano, o como si cualquiera de sus peliculitas le hubiera cambiado la vida, son de ese tipo de cinéfilos que les nombras a John Ford o a Jacques Tourneur, y no tienen la menor idea de lo que les estás hablando. ¿Tiene importancia? Probablemente, no.

Otro rasgo de muchos (repito, no todos) de los aronofskyanos irredentos, es una admiración compulsiva por subproductos de la imaginación como ‘The Matrix’ o ‘Watchmen’. Cosa curiosa. También son del tipo de aficionados (no los llamaría cinéfilos, aunque algunos hay) que veneran cualquier cosita filmada por Stanley Kubrick o por Ridley Scott (excelentes directores que, bajo mi pueblerino, infame punto de vista, echaron a perder su talento por eso de estar encantados consigo mismos). ¿De qué estamos hablando? Estamos hablando de un patrón establecido, de una estela de opinión, de un filtro preexistente. ¿Que si tiene importancia? Quizá no.

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Yo no estoy tratando de dilucidar quién tiene razón o quién no. Eso es lo de menos. Sólo digo lo que hay. Y lo que hay es que, en general (ya lo sé, soy un pésimo redactor hablando de generalidades…), hablas con aficionados que siguen este patrón, y te comentan cuestiones de fotografía, de escenarios alucinantes, de cámaras lentas hipnóticas. Estoy seguro de que las enseñanzas y las palabras de gente como Aristóteles o el mismo Cyrano (el real y el de ficción inventado por Rostand) son nimiedades, cuando hablan de la falsedad de los escenógrafos de lujo en contra de la poesía de los verdaderos artistas, en comparación con las sabias y contrastadas y cualificadas palabras del freak (el sabio de nuestro tiempo) con camiseta naranja de ‘A clockwork orange’, cuando me asegura, con una severidad que a mí me achacan cuando escribo, que Aronofsky es el supremo heredero de las imágenes boluminiscentes de Kubrick, y que su sentido visual es sublime. Eso es lo importante, digo yo…

Una carrera magistral

Como a mi ‘Pi’ me gustó bastante, o por lo menos me pareció una película razonablemente interesante, quizá no tengo derecho a hablar sobre ella. Conozco a muchos aronofskyanos que no han visto ‘Pi’, o que les parece poco destacable, en comparación, sobre todo, con ‘Réquiem por un sueño’. Revisándola (por cuarta, y última vez, espero) he de admitir, sin ambages, la genialidad de este cineasta. No tengo más remedio. Genialidad porque, habiendo construido un ambiente de sordidez tan notable (responsabilidad del operador Matthew Libatique y del diseñador de producción James Chinlund), con una profundidad emocional y tenebrosa tan enorme, Aronofsky, con su genio, sea capaz de convertir el relato en una historia moralista, en un sucio cuento de hadas, en el que quizá es el relato más moralista en torno a las drogas jamás filmado.

Genialidad también, cómo no, por dirigir de manera tan epidérmica a la bellísima y excelente actriz Jennifer Connelly. Actriz que ya había ofrecido desnudos, muy elegantes por cierto, en varias películas, y a la que él por fin desnuda en una fealdad indecible, y a la que somete al martirio de un espectáculo de sexo homosexual vomitivo, y que por fin termina vomitando a la cámara (literalmente…). Sin duda, debemos agradecer a Aronofsky el haber puesto tanto empeño en ello. Pero hay una buena colección de imágenes vomitivas en esta película, que certifican la genialidad y la extrema sensiblidad de este artista, pues más que profundizar en el estado anímico de sus personajes (¡zarandajas!) procura macharlos bien, sin escatimarnos la destrucción física de sus protagonistas, con todo lujo de detalles, para que lleguemos asqueados (pero contentos por su genialidad visual) a casa.

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Autoconvencido (él y sus admiradores) de su genialidad, se dispuso a contar la búsqueda de la fuente de la vida, y pudo levantar un mega-proyecto en el que consiguió involucrar nada menos que a Brad Pitt y a Cate Blanchett. Si había sido capaz de contar la destrucción de la juventud a causa de las drogas, bien podía encargarse de esto, pero todo se fue al traste cuando ambas estrellas se desvincularon del proyecto (sin dar razones oficiales…ejem), y Aronofsky tuvo que cambiar todo el proyecto.

No importa, este artista siguió luchando por su idea, y del mega-proyecto pasó a uno más manejable (aunque eso sí, armado sobre tres momentos históricos paralelos: el año 1500, el año 2000 y el año 2500), para el que, menos mal, contó con Hugh Jackman y con su propia mujer, la estupenda Rachel Weisz, en sustitución de los antes nombrados. El resultado es uno de esos ejemplos máximos de “quiero y no puedo”, y por parte de los seguidores aronofskyanos del “defender lo indefendible”. Pobre Aronofsky (nadie puede negarle su sacrificio creativo), nadie comprendía su concepción del relato cruciforme, ni la necesidad de tanta parafernalia…

Sin embargo, hay cine en ‘The fountain’, que es cuando vuela a ras de suelo, y Jackman y Weisz, en el momento presente, se enfrentan a la muerte por cáncer. Sin embargo, Aronofsky está más allá de zarandajas terrenales, y tiene que maravillar a sus seguidores con globos dorados y planos cenitales. Para eso es Aronofsky.

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Porque él también puede demostrar que se la da bien el drama social y urbano, y ahí está ‘The Wrestler’ para demostrarlo. No todo es jugar a ser Dios, un genio como él puede comprender a los desamparados, a los solitarios, a los patéticos perdedores del mundo. Eso sí, sin escatimar una buena dosis de carne destrozada, en preciosos planos detalles, con la sangre muy bien hecha. Para eso es un autor, para demostrar lo duro que es y las cosas terribles que puede enseñarnos. Él es un poeta de la calle, y los planos cenitales o aberrados puede sutituirlos por una cámara documental y nerviosa, para que los últimos exégetas recalcitrantes se enteren de una vez de su versatilidad, su coraje y su genio ilimitado.

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