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Cannes 2018: así están siendo las películas más importantes del festival
Críticas

Cannes 2018: así están siendo las películas más importantes del festival

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Cannes, volvemos a encontrarnos. En 2018 también pasearemos por la Croisette durante las casi dos semanas que dura el festival para poder traeros de primera mano las opiniones sobre las películas más importantes que se estrenan en el certamen francés. Tanto las que concurran a concurso como las que estén fuera de la sección principal.

A lo largo de los próximos días este post irá creciendo con nuestras impresiones de la gran prueba anual del cine de autor, si es que esa etiqueta significa algo en el septuagésimo primer aniversario de la cita. Un año de renovación, dicen desde la organización. Toca comprobarlo.

'Todos lo saben', de Asgar Farhadi

Darin Cruz Farhadi y Bardem

La plana mayor actoral española se sienta a la mesa. Por la ventana asoman los campos de Castilla. Parece que todos tienen mucho que decirse y, por sorprendente que parezca, va a ser un iraní el que mueva los hilos de esta larga reunión en la que la perfidia acumulada durante tantos años se desenquista mediante una violenta terapia de choque.

Asgar Farhadi hace los honores de abrir la 71ª edición del Festival de Cannes con 'Todos lo saben', una producción hispano-italo-francesa con un casting y ambientación plenamente ibérica. Hasta el tema tratado parece profundamente nuestro, pero sólo si no conocemos la anterior filmografía del director, que es el mismo que nos dio 'Nader y Simin, una separación' o 'El pasado'. Es decir, alguien interesadísimo en la complejidad e intensidad emotiva que permiten desplegar ante la cámara las relaciones maduras cuando tienen que enfrentarse a unos escenarios de adversidad y que terminan revelándonos a todos como víctimas de nuestras circunstancias.

Todos lo saben

Farhadi vuelve a hacer que el guión eclipse el resto de facetas del filme (que ni están ni se las espera), pero crea una ligera variación dentro de su esquema añadiendo unas gotas de aroma a cine de género. 'Todos lo saben', drama moral catastrofista y grandilocuente, tiene una grata dimensión de thriller procedimental gracias al cual el espectador andará estimando quién ha sido el miembro del clan que ha secuestrado a la hija de la mujer que se casó con un forastero rico y a la que alguno de ellos intenta sonsacar 300.000 euros vía rescate.

Penélope Cruz, Javier Bardem, Eduard Fernández, Bárbara Lennie, Inma Cuesta, Elena Anaya... hasta Ricardo Darín participa de este teatro que hará las delicias de los próximos Goya. En el fondo, y dado que el dispositivo narrativo permite que vayamos apostando a distintos culpables, buena parte del placer que el espectador extraiga del visionado dependerá de cuánto se crea sus actuaciones. Nuestras impresiones a este respecto no han sido muy buenas.

‘Pájaros de verano’, de Cirro Guerra y Cristina Gallego

Pajaros De Verano 3

También los colombianos Cirro Guerra y Cristina Gallego se apuntan al cine de género, en este caso al relato mítico por el que las pequeñas sociedades (en este caso la wayú) acaban corrompidas y condenadas a su extinción en cuanto se dejan doblegar por insensatas disputas por el poder.

Una comunidad indígena pobre en dinero pero rica en costumbres cae en la tentación de prosperar gracias al comercio negro de marihuana vendida a los gringos, la conocida como época de Bonanza Marimbera. Dos grandes familias acabaran enemistadas, perdiendo poco a poco sus señas mientras el mercado devora sus lazos a velocidad de vértigo. Como diría el hippie estadounidense empleado en los Cuerpos de Paz y que hace de enlace contrabandista: “Di no al comunismo”.

El cine de gánsteres encuentra así un inesperado territorio haciendo algo tan sencillo como trasladar el popular esquema de organización de las mafias y sus tropos cinematográficos al exótico mundo de los wayú. El espectador tendrá que aprender a decodificar protocolos aborígenes para comprender cómo muta el conflicto entre clanes.

Muchos se habrán sentido decepcionados al ver como Guerra, el cineasta que se ganó aquí el cariño de la prensa especializada gracias al festival lisérgico y etnográfico de ‘El Abrazo de la Serpiente’ (premio a Mejor película de la Quincena de Realizadores en 2015), ha decidido prescindir de casi cualquier lucimiento que pudiera permitirse en favor de una funcionalidad para todos los públicos. Como si en este caso no le importase entregar una versión comercial con tal de que este cuento trágico conecte a toda costa con la actualidad colombiana en pleno proceso de paz.

A ‘Pájaros de Verano’ la salva, quizá, su sutil evolución estilística, que a medida que los miembros de las tribus van incorporando parafernalia narco a su hábitat se va asemejando más y más a la homónima producción de Netflix.

‘Wildlife’, de Paul Dano

Wildlife

Paul Dano debuta en la dirección con poquita cosa, una adaptación de una de las novelas más importantes (aunque también más cuestionadas) de Richard Ford, Incendios. Para ello nos trasladamos a los primeros años 60 norteamericanos y a una familia de pocos recursos en la que el despido del padre detonará la débil paz que les une y hará que cada uno de los adultos se deje llevar por sus necesidades de forma egoísta mientras el hijo, de 14 años, inicia a estacazos su proceso de maduración (o eso parecen querernos decir). El nivel de recreación de la era y la presencia de Jake Gyllenhaal y Carey Mulligan nos hace pensar en un presupuesto bastante notable, dando como resultado uno de esos productos que la Academia, Hollywood, entienden como realismo indie.

A Dano le gustaría haber firmado un relato que trasmita profundidad psicológica, buscada a través de los planos que filman incansablemente el rostro del joven Joe (Ed Oxenbould, el mismo chaval de La Visita) cuando se enfrenta a algún nuevo revés. Pero lo que ocurre es que la cámara devuelve un muro inexpresivo, o más exactamente, una invariable expresión de embotamiento mental que ni el desmoronamiento en vivo y en directo de su familia parece ser capaz de borrar, poniendo de los nervios al espectador por la continua demostración de falta de sangre en las venas del chico. Esto, que seguramente tenga su riqueza literaria y su sentido en la novela original, queda aquí como recurso pobre y facilón incapaz de compensar el resto de la narración, a la que se le nota una candidez por parte de sus responsables pero que se le hará de lo más aburrida al espectador.

‘Gräns (Border)’, de Ali Abbasi

Grans

Estos son algunos de los conceptos que pueden brotar en tu mente mientras avanza la trama de Border: Persona, Chris Cunningham, M. Night Shyamalan y cine LGBTIQ+. Al final se descubrirá que todos estos hilos de los que creemos estar tirando son erróneos. De vez en cuando es un placer afrontar algún relato de forma desprejuiciada, estar desinformados de los yacimientos temáticos de los que los creadores van a sacar su materia prima, y esta precondición de visionado beneficia muchísimo a la última peli de Ali Abbasi.

Para no arruinarle la experiencia a nadie podemos abrir boca afirmando que se trata de uno de los relatos acerca de la integración de las minorías en nuestra sociedad, de los conflictos internos que le causa al Otro saber que lo es, más originales que hayamos visto en tiempo. Posiblemente desde Déjame Entrar, película en la que, según los creadores, se han inspirado fuertemente. Cine social y fantástico (al modo en que lo son King Kong o La Noche de los Muertos vivientes), ecologista incluso, que se la juega completamente a la capacidad sorpresiva de los giros de la historia sobre el espectador. Alcanzar la paz identitaria puede ser un camino sumamente arduo, como bien sabe el mismo Abbasi, iraní en tierra sueca.

El realizador logra dar un salto cualitativo considerable desde su primera obra, Shelley, propuesta de cine de género en la que también se apuntaba a la experiencia paranormal y femenina como eje pero cuyos resultados eran bastante más mediocres.

‘Petra’, de Jaime Rosales

Petra

La última película de Jaime Rosales puede verse a dos niveles. Por un lado tenemos una historia de maltrato emocional y relaciones tóxicas con giros verdaderamente tremebundos. Por el otro una alegoría sobre el papel de los distintos roles que influyen en la deriva ideológica del país, dependiendo de si son o no capaces de enfrentarse a la larga sombra proyectada por el pasado más estricto y abrazar la libertad que, en nuestra era, nos debería permitir el contexto sociocultural.

Se habrá titulado Petra, papel de Bárbara Lennie e hija de una mujer que bien sabe que hay que cortar completamente con las raíces (por mucho que estas deficiencias identitarias duelan), pero casi tan interesante como este personaje es Lucas, encarnado por Alex Brendemühl (guiño incluido a su papel en Las Horas del Día). Lucas es un artista cuyo proyecto fotográfico es exhumar y captar los cuerpos de los cadáveres de las fosas comunes de la Guerra Civil. También es un hombre pusilánime, servil, fuertemente dependiente de su padre, un tirano que le hará daño hasta niveles insoportables.

Mientras se nos narran todos estos acontecimientos de forma episódica, con intertítulos que anuncian lo que está por venir, Rosales utiliza un juego fílmico por el cual la información oral se recibe sin problemas, pero la visual aparece en multitud de ocasiones entrecortada, en off, para dar cabida al retrato paisajístico de un entorno rural madrileño y catalán que, al contrario que su trama, es sensual y luminoso. Si tuviéramos que aventurarnos a resolver la ecuación (aún no la hemos podido procesar como nos gustaría), podríamos apuntar a que el arte no puede salvarnos de nada, no puede devolvernos una versión perfecta de los hechos sociales que durante tanto tiempo la memoria colectiva ha querido silenciar. En cualquier caso, un Rosales crudo que se mantiene coherente con el resto de su filmografía y que gustará mucho a los fieles del proyecto.

‘Leto (Summer)’, de Kirill Serebrennikov

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Este largometraje se presenta en Competición con una de las mejores promociones posibles, con su director, Kirill Serebrennikov, bajo arresto domiciliario en su Rusia natal por un asunto de malversación de fondos, el crimen oficialmente perseguido aunque muchos pongan en duda la credibilidad de la sentencia, ya que sus películas anteriores traían lectura incómoda para el Gobierno de Putin. Pese a que los actores levantan un cartel nombrando al ausente en su paso por la alfombra roja, Leto no contiene un mensaje particularmente insidioso, sí algo insolente pero más nostálgico y conciliador que otra cosa.

¿Y qué produce nostalgia? La frescura de la escena rockera de Leningrado en los años 80, aquellos en los que el Partido sólo permitía a la juventud escuchar esa música occidental interpretada por los propios, con sus letras convenientemente censuradas, y con menos libertad de movimiento para los asistentes que si estuvieran en misa. Esta reconstrucción de una era se despliega alrededor de dos personajes claves míticos del rock nacional, los músicos Mike Naoumenko y Viktor Stoï, y Natasha, punta del triángulo amoroso y su particular Pattie Boid. Aunque el verdadero protagonista de la obra es el collage de memorabilia de todos los grandes iconos del rock occidental de la época.

Sabe a Quadrophenia, tiene toques de I’m Not There (por ese casi permanente blanco y negro), guiños metaficcionales a 24 hour party people y un despiporre visual que engatusaría a Edgar Wright. Destaca su interés por engarzar las secuencias musicales de la forma más fluida posible, esforzándose duramente en un montaje que nunca llega a brillar demasiado. También ocurre que, tal vez por haberse realizado esa mirada a posteriori, se hace una recreación del underground tan dulzona y limpia que no parece real. Es más, siendo mal pensados podríamos decir que se sacrifica la fidelidad del objeto de estudio en previsión de un mayor impacto comercial. Otra capa que se añade a ese diálogo acerca de la rebeldía que nos permitimos como artistas sin dejar que nuestras ideas destruyan nuestra vida.

‘Zimna Wojna (Cold War)’, de Pawel Pawlikowski

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Curiosamente Cold War también presenta un viaje emocional y musical en blanco y negro al pasado comunista, aunque aquí se cambia el rock por el cántico folclórico polaco, más tarde por el jazz parisino y finalmente por una modernización y prostitución del sonido del este.

Si nos desprendemos de las arrebatadoras secuencias musicales (cada ocasión en la que aparecen las actuaciones del conjunto popular Marowsze es un regalo), Cold War es la historia de amor hortelano entre compositor e intérprete a lo largo de quince años en los que pasarán por multitud de regiones, algunas al otro lado del telón de acero, otras en una Siberia emocional lejos del otro. Así, los protagonistas se van fugando en cada momento de lo que consideran un contexto que no les permite realizarse ni artística ni amorosamente. La progresiva reducción de opciones y su agotamiento vital se transformará en ese tipo de resignación existencial, esa frialdad, que tanto hemos visto en las actitudes de los mejores personajes del cine soviético.

Es una obra elíptica, en la que el tiempo histórico (la posguerra) corre deprisa y donde la idea de eficacia de la represión explícita como condicionante vital se rechaza prudencialmente en favor de una teoría del control del individuo a nivel cultural, identitario. Los falsos 16mm, con ese aspecto casi cuadrado, también dan pie a un preciosismo estético de los cuerpos tan logrado como en Ida, su anterior filme. Un filme elegante, que respeta la tridimensionalidad de sus personajes y de su relación pese a que habría sido fácil que quedasen eclipsados por el contexto musical y político que se retrata, cosa que nunca llega a ocurrir. Pese a todo, esa frialdad consigue calar con tanta fuerza (muestra de la destreza de Pawlikowski) que por momentos nos sentiremos tan desvinculados de las imágenes como la desilusión de la pareja por el mundo que les rodea.

‘Ten Years Thailand’, de Assarat, Sasanatieng, Siriphol y Weerasethakul

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Ten Years es un proyecto itinerante entre distintos países asiáticos para que algunos de los directores más dotados cada la región proyecten un análisis personal y artístico sobre el futuro de su país en forma de cortometraje. La idea se puso en marcha en 2015 en Hong Kong, y ahora le toca el turno a los thais, que tienen en Apichatpong Weerasethakul a su particular estrella mundialmente reconocida (recordemos, ganador de la Palma de Oro con Uncle Boonme) y a Aditya Assarat, Wisit Sasanatieng y Chulayarnon Siriphol como firmas que completan el grupo.

Aunque uno pudiese anticipar un pesado filme de adoctrinamiento político con fragmentos de irregular resultado (como le ocurre a tantos filmes colectivos), Ten Years Thailand funciona como un compacto todo en el que cada uno de sus creadores se ha esforzado por defender un género (drama, ciencia ficción, videoclip disparatado y conceptualismo lírico) para hablar de la dura realidad dictatorial de Tailandia sin desatender a la dimensión de entretenimiento y de pieza artística.

Esto último se agradece mucho también por sus estéticas desvergonzadas, en el sentido filosófico del término, a la hora de plasmar discursos políticos fuertes (no todo el mundo estará preparado para lo que se ve en el tercer corto, Planetarium) y que los más conservadores podrían tachar de irrespetuoso o fuera de lugar, cuando en realidad cada uno de los artistas parece haberlo dado todo de forma sincera.

‘Diamantino’, de Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt

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Ahí va una sinopsis para soñar: un trasunto de Cristiano Ronaldo que ve visiones de perritos cuando dispara a puerta entra en crisis existencial al descubrir el drama de los refugiados. Mientras tanto, el Gobierno portugués, de corriente política Frente Nacional, tiene un plan infalible para lograr que la ciudadanía vote a favor del “leave” de la UE en su próximo referénfum: clonar a nuestro Ronaldo AKA Diamantino Matamouros hasta 11 veces para crear la agrupación futbolística definitiva que le daría a su pueblo todas las victorias mediáticas que necesita, las de la Copa del Mundial. Una agente anticorrupción, lesbiana y negra se infiltrará como hijo adoptivo refugiado de Diamantino para descubrir sus secretos financieros, pero antes de pararle los pies se enamorará y mantendrá con él una relación amorosa y sexual, con pechos masculinos superdesarrollados y tensiones paternofiliales incluidas.

El problema de Diamantino no es su delirante premisa. Tampoco ese aliento a obra de serie b, a payasada que sólo busca sacarnos una sonrisa (cualquier búsqueda de un mensaje de denuncia del culto a la fama o de retrato sobre las tensiones migratorias europeas sería hacer el ridículo). Lo que nos saca completamente de la propuesta son errores de tarjeta roja, como que algunos de sus actores son pésimos, que sus gags pelín cutres y reiterativos y que el presupuesto a veces no alcanza a las ambiciones que se ha marcado la producción.

Es un puñetazo kitsch, pero uno que nos recuerda más a Eduardo Casanova que a John Waters. Eso sí, al César lo que es del César: Carloto Cota, el actor que encarna a Diamantino, está inmenso como héroe del balompié de rostro cincelado, cuerpo abultado y encefalograma plano.

‘Ash Is Purest White’, de Jia Zhang-ke

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Mientras el Boulevard de la Croisette bulle con el anuncio de la próxima película a la James Bond femenina (que realizarán Jessica Chastain, Penélope Cruz, Marion Cotillard, Lupita Nyong’o y Fan Bingbing), en el Grand Theatre Lumiere se proyecta una historia con una fantasía de heroína de acción. Es el papel que le ha escrito Jia Zhang-ke a su esposa y actriz adorada Zhao Tao, inmensa en las variadas facetas que domina de siempre con su controladísima habilidad para la expresividad contenida.

Jianghu, término que los personajes de la peli usan para denominar a los miembros del clan, es tal y como nos explica Jia una palabra cuya semántica significa tanto ‘submundo peligroso’ como ‘vida dramática’. Es a estas dos facetas del concepto a las que se irá enfrentando su protagonista, una de las últimas fieles al autogobierno gángster y persona traicionada por ese régimen que, según el filme, empezó a disolverse con la llegada del desarrollismo.

Si en Mountains May Depart el tríptico temporal y la relación triangular servían como metáfora de la evolución China hacia una pérdida de identidad y una asimilación capitalista, en Ash Is Purest White (en la que también se dosifican pullas políticas y guiños a sus anteriores trabajos) lo que brilla de verdad es esa historia de forajidos, amor, desamor y poder femenino. Quiao es una antisistema que vive en un malabar constante al intentar conciliar su entrega a las costumbres con su innato espíritu luchador, también a la vez antitético con el papel al que le proscribía el viejo orden.

Puede que la nueva película de este fundamental director asiático sea un nuevo paso al frente en ese desprendimiento de la dimensión de denuncia de sus filmes, cada vez más relegada a un segundo plano eclipsado por el ruido del plano narrativo, pero esto no es necesariamente algo malo. Puede interpretarse como la demostración de lo limitado de sus capacidades o como una evolución de un estilo propio que prefiere optar por el juego argumental que agotar al espectador con ideas ya machacadas. Nosotros nos quedamos con esa última.

‘Girl’, de Lukas Dhont

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Lara quiere ser bailarina de ballet. Lara mide 1.80 y tiene pene, pero es tan perseverante que la han aceptado en una de las mejores escuelas de baile de Bélgica. Lara va a hacer todo lo posible para graduarse, aunque eso signifique agredirse a sí misma hasta límites inhumanos. En Girl vemos que no el género, sino el sexo se convierte en el principal impedimento para lograr sus sueños. Y ojo, esos sueños los ha elegido ella misma de forma tardía, como se nos indica en un momento del filme, de manera que sabemos que esta necesidad de realizarse como bailarina (y toda la carga que ello implica para el cuerpo) puede ser una subconsciente forma de autosabotaje. De avocarse a un punto crítico necesario para rebatirse a sí misma la identidad sentida, ya que según ella (y según lo que piensan todos, aunque no lo verbalicen) sigue estando sujeta a la inevitabilidad de lo físico. En ese sentido, y aunque sabemos que hay transexuales que no ven esa problemática, se apunta a la absoluta importancia de la genitalidad y de la expresión biológica.

No me siento capacitada para saber si es una decisión correcta o no la obsesión de la cámara por el cuerpo de su protagonista (mínimo el 80% de todo lo que llegamos a ver en pantalla), de un naturalismo observacional obsesivo, muy al estilo de los Dardenne o de Sciamma. Pero una posible interpretación del porqué de esta elección, la que me aventuro a creer que es la que también han hecho los entusiasmados espectadores que me rodeaban, es para reafirmar que ese cuerpo es tan importante como para justificar lo que ocurrirá en su último acto, para perpetuar su condición de prisión.

Una forma de posicionarse acerca del estado de la cuestión (que la realidad trans aún en las sociedades más avanzadas sigue siendo un problema y un tabú) que tal vez sea la más fiel al pulso de la sociedad en su conjunto, pero que no es la que nos gustaría que fuese. Es importante señalar aquí que esta historia está basada en una biografía real que conmovió profundamente al debutante Lukas Dhont. En cualquier caso, y dada su condición de crowdpleaser milimétricamente calculado, tendrá recorrido y apasionados defensores.

’Fahrenheit 451’, de Ramin Bahrani

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Fahrenheit 451, la última TV movie de HBO protagonizada por Michael B. Jordan y Michael Shannon, es una adaptación correcta pero complaciente. Pese a esa actualización del ambiente distópico, que nos bombardea con vistosas ideas futuristas en su primera parte (los emojis están sustituyendo a la palabra; el Estado está dentro de tu hogar gracias a Alexa, nuevo Ministerio de la Verdad), el guión hace un seguimiento bastante fiel al libreto original, aunque no tanto como la adaptación que ya hizo Truffaut en 1966. Sólo en sus últimos compases decide optar por un nuevo camino que abre la puerta a la concepción de una segunda parte.

En general, el sentimiento es el de estar viendo un producto que busca satisfacer al espectador amante de Los Juegos del Hambre o Black Mirror. También, como en el caso de estas, su tono afectado no casa bien con la facilidad con que la coherencia de sus universos se vienen abajo mientras los vemos. Para empeorar las cosas, Bahrani ha optado por darle al filme un envoltorio de cine de acción, cuando, si alejamos el foco, nos damos cuenta de que la narración no se corresponde en absoluto con este género, lo cual frustra las expectativas que se nos generan desde el principio a medida que queda claro en que esas escenas de lucha nunca llegarán y serán sustituidas por largas secuencias de diálogo rebosantes de citas literarias.

Nuestra crítica completa de la película la puedes leer pinchando aquí.

‘Thunder road’, de Jim Cummings

Thunder Road

“It is OK to laugh, it is OK to cry”. Esto es lo único que tuvo que decir el director, guionista, productor y principal intérprete Jim Cummings de este debut en el largo que ganó el gran premio en el festival norteamericano SXSW. A los pocos minutos de arrancar el filme, con un largo plano secuencia que recoge el discurso funerario en memoria de su madre de un policía chalado (y que es una reconstrucción del corto homónimo y anterior del director que origina este largometraje), entendimos a qué se refería.

Thunder Road es una modesta tragicomedia indie que sirve de escaparate de la valía de su creador en aquello que no te da el dinero. Nos atrae su dominio del espacio y la construcción de sus diálogos (una verborrea a lo, digamos, Will Ferrell), pero si algo va a ponerte de su lado ese es el agente Arnaud. La actuación de Cummings exuda autenticidad (esos brusquísimos cambios de humor en cuestión de segundos, jugando con el fuego del ridículo actoral sin llegar nunca a quemarse), lo que hace que no puedas apartar la mirada, estudiando cada reacción de esta bomba de relojería emocional a punto de estallar.

No habrá nada revolucionario en esta enésima historia de un pobre diablo abandonado en un mundo que no comprende (pese a haber seguido las instrucciones de la vida al pie de la letra), pero por descontado que vamos a seguirle la pista.

‘Lazaro Felice’, de Alice Rohrwacher

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Ya hemos tenido a algún director conquistando en el terreno intelectual (pienso en Godard, en Pawlikowski o en Panahi, que ayer mismo ha entusiasmado muchos periodistas de la platea), pero nos faltaba alguien que lo hiciera en el emocional. Se ha llegado el gato al agua la italiana Alice Rohrwacher con Lázzaro Felice, en apariencia la historia de un mozo (el paradigma andante de este término) que vive junto a otros 50 siervos en una aparcería regentada por la Marquesa Alfonsina De Luna, dueña de la finca Inviolata y en la que los lobos campan aún por las tierras. Y no, no está ambientada en la Edad Media, sino en la Italia de los años 90.

Sí, todos estos elementos suenan a fábula (y así lo plantea la directora, especialmente por el suave marco del formato super16 en el que la ha rodado), pero tienen su origen en una historia real de una remota villa italiana sobre la que la directora leyó años atrás. La crueldad es doble: por un lado, la de la esclavitud que durante siglos padeció la mayoría de los mortales. Por el otro, la de esos vasallos que consiguen ganar su libertad demasiado tarde como para poder negociar su nueva posición en el mundo, lo cual les relega en el entorno laboral de hoy a una subsistencia marginal más aciaga incluso que aquella de la que venían.

Esta es la dimensión dramática de la película, pero existe otra luminosa y que absorbe al espectador, la de observar la candidez absoluta de su protagonista (Adriano Tardiolo está lo mismo como para pedir que le den mil premios como para enamorarse). El joven más entregado, el más humilde de todos y que, aunque es maltratado tanto por sus amos como por sus semejantes, sigue mirando el mundo con amor e inocencia, algo que nos violenta y nos recuerda constantemente nuestro lado oscuro.

Hagiografía franciscana insertada en el realismo mágico, heredera de la tradición del mejor cine italiano, Lazzaro Felice tiene una potentísima primera hora que le ha valido los entusiastas aplausos del público y algún que otro “bravo” que no habíamos oído ganarse a nadie más hasta ahora.

Rohrwacher se llevó por estas tierras el Premio del Jurado (el segundo premio más importante en esta muestra) con su anterior trabajo, pelín más deslavazado pero igualmente encantador por su apuesta lírica, y no sería en absoluto de extrañar que esta ocasión se llevase la Palma. Aunque esa alegría no es nada comparada con la de la mera existencia del filme, la de la aventura que supone descubrir sus hallazgos y permitir que Rohrwacher juegue con detalles mínimos para transportarte en-el-tiempo-y-con-los-tiempos a un reino sobrenatural.

'Mandy', de Panos Cosmatos

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Con Beyond the Black Rainbow, el debut en el largo de este director que precede a lo que se nos presenta ahora, Panos Cosmatos llamó la atención de la cinefilia mundial por su inventiva estética, emparentable a la de Nicolas Winding Refn por esa capacidad para decir más a través de la atmósfera y el pathos que por un guión te cabe deliberadamente en la cara de un folio. Cuando apareció el delirante póster de Mandy, película estrenada ahora en la sección de la Quincena de Realizadores, sabíamos que sólo podíamos esperar algo bueno. Y seamos sinceros, teníamos muchísimas ganas de un poco de cine trash.

Esta es una carta de amor al heavy metal, como nos dijo en la presentación el director, pero más que al género musical a la actitud, al estilo de vida y a las pasiones de baja cultura que tradicionalmente comparten sus adeptos (que si el rol, que si las leyendas nórdicas, que si el cine de terror de los 70 y 80 y esos horterísimas dibujos dignos de portada de Blind Guardian). Un homenaje atmosférico y por esto mismo fuertemente basado en el score de la película, que al mismo tiempo parece devolver a la vida a Carpenter y convertir las imágenes de su primera hora en la dilatada intro antes de que comience la paja metalera. El maestro de ceremonias, el recientemente fallecido compositor Johann Johannsson.

Esta no deja de ser otra película referencial y de comedia autoconsciente como tantas de las que acuden a Sitges todos los años. Como punto de originalidad, esa dualidad por la que en su primera mitad se acerca a la experiencia psicodélica lynchiana (desde un punto de vista superficial del asunto) y en la segunda quiere ser un Rob Zombie muy bien traído, con una simpática lectura sobre la condición falocéntrica de todo este cine y esta música.

Pero nos dejábamos lo mejor. Mandy es otro instrumento de lucimiento de ese dios llamado Nicolas Cage, de su libertad física, facial y pulmonar para romper con el pudor donde no debería tener cabida, en el cine del placer mundano. “Over the top” implicaría que existe un tope, pero Cage sigue allí, permanentemente arriba, inalcanzable en el exceso constante que viene siendo su filmografía de los últimos años y sorprendiéndonos en sus acciones de una película que le quiere tanto (y de la misma forma) como nosotros.

‘The House that Jack Built’, de Lars Von Trier

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A la gente normal la maldad de los asesinos en serie le consterna por la gratuidad de sus actos. No se trata tanto de matar o mutilar a alguien, como de la ausencia de un móvil para hacerlo. Para los que se sienten más cerca de estas criaturas la justificación sí existe, y no es otra que el placer sexual, estético o artístico. Es decir, un profundo egoísmo que, si tenemos que hacer caso de sus arengas, son para ellos pulsiones infranqueables provocadas por su propia e irrenunciable subjetividad.

El hombre-espectáculo, icono a su manera, conocido como Lars Von Trier llevaba al menos siete años convertido en el principal referente de ese arte cruel, egoísta y violento difícilmente justificable, posiblemente desde que dijera la boutade aquella de entender a Hitler en una rueda de prensa en Cannes y fuera considerado persona non grata en la muestra.

Para esta edición, para el estreno de su siguiente película, el certamen ha optado por la opción más cobarde de entre todas las que tenía a su alcance: mientras de puertas para afuera predica su defensa de la inclusividad de la mujer en el séptimo arte, se traga su orgullo, le retira el veto y exhibe en primicia un filme que iba a contar con un fuerte interés mediático… pero lo hace fuera de competición, como sesión especial. And one more thing: es la única película que yo haya visto en la historia del festival que se proyecta sin incluir la cortinilla oficial de Cannes. Una forma de lavarse las manos con lo que iba a ser mostrado y que, por la particularidad del gesto, en verdad le otorga el doble de la importancia que debería tener.

The House that Jack Built es la historia de un asesino en serie maniático y carente de cualquier rastro de empatía que acumula decenas de cadáveres en el sótano para poder construir su particular catedral que se erige apilando miserabilidad humana. Es decir, estamos ante un metadiscurso de dos horas y media acerca de sus inquietudes como artista y las reacciones que éstas provocan en la sociedad. Von Trier ya había pasado por el auto-psicoanálisis tanto en Melancolía como en Nymphomaniac, obra a la que se asemeja mucho en su aspecto formal y que era bastante más estimulante en sus resultados que su última propuesta.

Porque si algo hemos de recriminarle por encima de todo a The House that Jack Built es su incapacidad para defenderse cuando precisamente nadie se lo había pedido. Es esta una carta de crítica a todo lo que se le ha reprochado como persona y cineasta (su misoginia, su maltrato a las mujeres, su mirada perversa) que demuestra que ni él mismo es capaz de explicar por qué lo hace, pero que durante todo el metraje se empeñará muy fuerte en intentar argumentarlo hasta la extenuación cuando podría, no sé, haber seguido explorando sus temas haciendo oídos sordos a esos mensajes y salir mejor parado de la contienda.

Dicho claramente, pese a la pretendida brutalidad de las escenas de violencia de los primeros dos tercios de película (algo que no conseguirá escandalizar al espectador avezado salvo en un par de “inspiradas” imágenes sueltas) todo ello se sepulta en una perorata acerca del vínculo que él cree ver entre el ego y el arte. Sus problemas no son sólo intelectuales, también fílmicos: se nota que se intenta crear un clima insano a lo Saló mediante los tensos silencios con los que se recogen las vulgares escenas de humillación a las víctimas. Paradójicamente se queda corto en su sadismo formal, muy lejos de esa conmoción que sí nos causan sin tanto esfuerzo los probados psicópatas y asesinos de este mundo. Así que sí, aquí el danés cuenta que tiene ese mismo impulso egotista, que no es capaz de filmar (o ser) otra cosa, pero si aceptamos esto como cierto entonces estamos ante un serial filmma-killer mediocre.

Una verdadera lástima, ya que se daban las condiciones biográficas perfectas para hacer una obra importante acerca de la controvertida relación entre el cineasta-monstruo y la ética. La peli es divertida, eso sí, por su aceptación de producto chorras: Von Trier se acuerda de mencionar a Hitler, a los judíos y al MeToo.

‘Climax’, de Gaspar Noé

Climax Photopress Cannes

¿Qué problema tendrá Gaspar Noé con el sentido de la vida y el poder de concebirla, verdad? Esta pregunta que se ha podido hacer el espectador de todas las películas anteriores del extremo autor también la encontrará aquí, que no defrauda con su última ocurrencia, muy modesta en su presupuesto pero no en sus logros. El antagonismo entre nuestros instintos básicos de vida y de muerte, del Eros y el Thanatos, se aparece aquí en forma de díptico. Primero una rave brutal con temazos de mediados de los 90 en la que se nos presentan a una serie de jóvenes bailarines divinos felices de la vida (cóctel waacker, krump, vogue y tecktonik a cargo de la coreógrafa Nina McNeely), a lo que le sigue el brote psicótico colectivo provocado por una droga no identificada que hará que se destruyan los unos a los otros mientras el soundsystem no para de atronar.

Dice Noé en el folleto para prensa que “los éxtasis (bien sean estos constructivos o destructivos) actúan como antídoto al abismo”, así que en principio para él es lo mismo ese frenesí liberador de la danza que el ostión químico que se produce después. Pero puede que sólo sea parte de su pose, ya que en ese exceso energético, especialmente el de la segunda parte, hay una sardónica mirada pesimista de la nación (“esta es una película francesa y orgullosa de serlo”), cuyos valores la han llevado a la decadencia identitaria en la que se encuentra ahora. Pero como buen amante de la electrónica, Noé sabe que a pesar de la vacuidad argumental de toda su propuesta hay una belleza inaprensible, maravillosa por su propia fugacidad y carencia de significado, que hace que nos quedemos fascinados por el movimiento de los cuerpos sobre la música, cosa que logra captar en su primer término en todo su esplendor. Es decir, que el clímax viene antes del clímax.

‘Under the Silver Lake’, David Robert Mitchell

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El posmodernismo hecho película. El director de It Follows y El mito de la adolescencia, que subía de categoría y entraba en el edén autoral de la Competición Oficial prometiendo una renovación de sus tótems, ha hecho lo que parece un tributo a todas sus ansiedades como consumidor pop en proceso de maduración personal. Ahí van tres referencias básicas que planean alrededor del Silver Lake de Los Ángeles en el que David Robert Mitchell se ha metido: primero Southland Tales, la ida de pinza de una promesa del nuevo cine. Después el Pynchon conspiranoico y analista social al que miró Paul Thomas Anderson en Puro Vicio. Por último la crisis existencialista de El Gran Lebowski.

Las referencias en verdad son múltiples, desde Hitchcock a los Backstreet Boys pasando por viejas cajas de cereales infantiles, haciendo más bien de la segunda naturaleza (en el sentido aristotélico) el plano subjetivo y prácticamente objetivo por el que se mueven sus personajes, insertos en un film noir misterioso sobre un detective-desencriptador aficionado que necesita saber, antes de poder reconciliarse con su posición de borrego en el mundo, qué le ocurrió a esa chica con la que se lió una noche para verla desaparecer al día siguiente.

Andrew Garfield

El valle angelino, un parque temático con múltiples secuencias-atracciones-contenedores de pistas al servicio de la necesidad de una epifanía final, está plagado de unos sonrientes postadolescentes portadores de un angst colectivo muy comiquero, al estilo de Daniel Clowes o Charles Burns, para terminar revelándose como pesadilla surrealista, como el enésimo retrato de las ruinas capitalistas de esa fábrica de sueños, pero desde un ángulo muy novedoso, como el que defenderían los jóvenes eruditos de lo pop que no se avergüenzan de su enorme dependencia de las herencias ni tampoco de su intento por superar el legado.

Mientras que en toda la primera parte el espectador estará gratamente desconcertado, aún bajo el hechizo del misterio narrativo y disfrutando además de una cinematografía y una banda sonora rollo 50’s que imprime mucha gravedad a la pantalla, la película se va haciendo más pequeña (e incluso pesada) a medida que el personaje de Andrew Garfield va llegando al fondo de la madriguera del conejo y acercando su mano al fuego de la revelación del enigma. En una cosa estamos totalmente de acuerdo con el héroe principal: es mejor hacer casi cualquier cosa con nuestra vida, por bizarra e irrelevante que sea, antes que cotizar. Un director hambriento que seguirá mordiendo en el futuro.

'Han Solo: Una historia de Star Wars', de Ron Howard

Han Solo

Llegó Solo a Cannes y no hay rastro del desastre que se profetizaba. Ni siquiera se percibe algún cambio de registro o pieza que desentone con el resto. 'Han Solo: Una historia de Star Wars' ('Solo: A Star Wars Story'), película dirigida por Ron Howard después de que se relevase a Chris Miller y Phil Lord (ya avanzado el rodaje), tiene el don de ser un blockbuster coherente de principio a fin.

En 'Han Solo' nos encontramos con un entretenimiento de aventuras muy clásico, de "serie B" por la ligereza con la que se toman el universo que transitan. Nuestro gran problema tiene nombre: Alden Ehrenreich. Este joven no se parece físicamente demasiado a Harrison Ford, pero esto no tendría ninguna importancia si encerrarse algo de esa esencia icónica que sí poseía el actor que dio vida originalmente al contrabandista más famoso de la galaxia: carisma. A Ehrenreich le falta a raudales.

Si creíste que el reseteo de 'La guerra de las galaxias' e incluso la trilogía de las precuelas carecían del sustrato mágico que tenían las primeras, puede que aquí te encuentres con algo que, si no está a la altura, cumple en su funcionalidad. Si por el contrario eres de los que necesitan pedirle algo de riesgo a las superproducciones palomiteras es mejor que esperes a la próxima romería galáctica.

Nuestra crítica completa de la película la puedes leer pinchando aquí.

‘Burning’, de Lee Chang-Dong

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Hae-mi (Jeon Jong-seo) protagoniza dos de los momentos más importantes, aunque fijados de forma discreta en la historia, para comprender Burning. Ya avanzada la trama, la joven preguntará a sus dos pretendientes, un aspirante a escritor de clase baja y un adinerado intelectual de Gangnam, lo siguiente: “¿qué es una metáfora?”. La chica no sabe qué es ese término y sin embargo, al principio del filme, cuando flirtea con nuestro Romeo, realiza ante el chico y ante nosotros una pantomima por la que se come una mandarina invisible explicando que el truco para que el espectáculo funcione está en creer por completo en la existencia del objeto simulado, ir más allá de la entidad física y sentir, experimentar esa ilusión. Abrazar el significado aunque este no esté.

Es, por supuesto, una confesión abierta de los guionistas de la naturaleza conceptual del filme, que irá tensando y retorciendo la lectura alegórica de las imágenes en clave de thriller detectivesco (género que transita más por la imaginación del espectador que por lo manifestado en la propia película) de la crónica de un triángulo amoroso que sale muy mal. También de su aliento literario, que ya entrevemos desde que sabemos que es una adaptación de un relato de Haruki Murakami pero que también encontramos en sus ecos a F. Scott Fitzgerald y a Patricia Highsmith, sobre todo por la construcción de sus protagonistas masculinos.

A la chita callando, el coreano Lee Chang-Dong (director de la conocida Poesía y que llevaba ocho años alejado del cine) logra trasmitir en una historia mínima y altamente trivial los enigmas universales que configuran el mundo, o más concretamente, lo frágil y engañosa que es nuestra manera de ver el mismo. Para la misión mejor ponerse del lado del escritor protagonista, que hasta en las situaciones más evidentes afirmará que para él “el mundo es un misterio”.

El golpe final que convierte a esta en una gran obra viene en su propio título: si en sus primeros tiempos nos parece una obra simple y mecánica, algo crece en nosotros desde los márgenes de la película hasta conseguir que su hoguera final (literal) se convierta en un ardor mental (y metafórico). Justo al revés de como habían hecho en sus dos horas precedentes.

‘BLACKKKLANSMAN’, de Spike Lee

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No te lo vas a creer, pero Spike Lee ha hecho una película acerca de la cuestión racial. En realidad se le echaba un poco de menos, ya que se trata de un realizador político con oficio y con capacidad para lograr eso que debería tener el cine de denuncia: imágenes icónicas con garra, capacidad para hacer del agitprop un bello arte y mostrar, al tiempo que se nos lee la cartilla, las contradicciones cotidianas que impiden a los individuos a alzarse de forma unánime para mejorar su colectividad. Por si fuera poco, para su nueva peli tenemos doble ración de humor.

Porque, aunque la película se ambienta en los 70, el humor de BLAKKKLANSMAN brota de hacer de Trump y de sus hinchas de gorras rojas diana constante de sus dardos. El actual presidente es para el director un intolerante supremacista blanco que, pese al camuflaje de su ideología, es más que obvio de dónde bebe (del KKK). Para desgracia personal, es también un señor demasiado tonto como para no darse cuenta del ridículo que puede hacer cuando hay alguien más listo que él en la sala, algo que ocurre constantemente y que hará que en la ficción triunfen los Buenos, negros, judíos y blancos cooperadores, a modo de catarsis progresista que la América real de hoy niega fuera de la pantalla.

Este pasquín anti-Trump hizo las delicias del público galo, siempre dispuesto a aplaudir cualquier discurso antiimperialista, y aunque Lee se muestra algo oxidado a la hora de conectar las secuencias entre sí (parece más un vehículo para sus gags y sus statements), consigue espolear nuestras consciencias y enfrentarnos a un hecho que, por cotidiano en la Era Trump, ha quedado asumido sin mayor escándalo: hace cuarenta años nadie creía que pudiese llegar a la Casa Blanca un racista declarado gracias al apoyo de acomplejados intolerantes que reprimían y ocultaban su verdadero rostro. Según Lee, algún heredero cinematográfico de Griffith podría filmar hoy algo titulado El nuevo despertar de una nación. Como veremos al final de la peli, la cosa va de reír por no llorar.

‘Capharnaüm’, de Nadine Labaki

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Hay una dificultad importante a la hora de realizar cine de denuncia comprometido. Por muy dramática que sea la situación de aquellos a los que quieres dar voz, por mucho que los hechos reflejados en el filme puedan corresponderse con una árida realidad social, el cineasta debe tener la suficiente inteligencia como para no parecer que está usando esas situaciones y a esas personas para su propio logro personal (por mucho que todos sientan esa necesidad de validación en uno y otro grado). La libanesa Nadine Labaki ha conseguido darnos un egotrip de niños miserables en la película más cuestionable de todas las que hemos visto en el certamen.

Padres que tienen decenas de hijos, que entregan a niñas de 11 años en matrimonio con hombres mayores y que acabarán muriendo por un parto prematuro, niños que viven malvendiendo droga por las calles de Beirut, planos aéreos de arrabales y muchos, muchos planos detalle de niños sucios encadenados. Esta enumeración no hace justicia a la galería de horrores que se ve durante todo Capharnaüm, la historia de un chico que, después de estar preso por acuchillar a un hombre, denuncia a sus padres “por haberle dado la vida”.

Labaki se ha sentido además superada por la complejidad del conflicto ético que quería reflejar. Cuenta la directora que durante la filmación de este proyecto, al que le ha dedicado años de vida y en el que ha utilizado a personas reales en la misma situación personal que la que viven sus personajes, se dio cuenta que lo que más repetían estos pequeños “perros callejeros” es que odiaban su vida y preferirían no haber nacido.

Esto, que puede ser perfectamente un sentimiento real y que, bien expresado, termine invitando al espectador a la reflexión acerca del sistema social que sin duda fomenta dolorosas injusticias, se convierte en sus manos en una recriminación a los pobres, tanto los que maltratan a sus pequeños como los que los aman con todas sus fuerzas, de traer a niños al mundo. Un mensaje que, de caer en las manos inadecuadas, podría parecer un panfleto visual casi perfecto de la necesidad de la eugenesia selectiva.

Como comentaban otros compañeros, el cine social de Brillante Mendoza queda a un nivel muy superior de lo que ha logrado crear la realizadora en un filme que, por sus modos efectistas y narrativa hollywoodiense, podría llegar a convertirse en una película importante de este año.

‘Long Day’s Journey into Night’, de Bi Gan

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Según Bi Gan, Long Day’s Journey Into Night (en su título en inglés en alusión a una pieza de Eugene O’Neill, el título original chino es Los últimos atardeceres en la tierra, del libro de Roberto Bolaño) tiene el armazón narrativo de un film noir a lo Perdición de Billy Wilder, pero es a través de un proceso de destrucción de su guión narrativo y técnico que se logró ese efecto de extrañamiento que veremos después en el film, haciendo que sea tan misterioso avanzar en su trama como alentador dejarnos llevar por la propuesta como una experiencia sensorial. La película, con una estructura temporal no del todo cíclica o continua, sino más bien musical (estrofas que se repiten, pequeñas variaciones en sus versos), casa a la percepción con su mensaje.

“Volar es como que te besen” y “que te besen es como estar en un sueño”, nos dicen sus personajes que están viviendo, a través del proceso de búsqueda de una mujer del pasado de su protagonista, una aventura que no entiende de linealidades temporales ni de firmezas del estadio en el que están ocurriendo los hechos. Todo, especialmente en su segunda mitad (un larguísimo e imbricado plano secuencia en 3D de casi una hora que nos transporta por todas las dimensiones posibles del espacio y que se ha ganado el asombro de los críticos) está sujeto a ser un hecho recordado, imaginado, soñado o simplemente visto en una sala de cine, porque la película también presenta el séptimo arte como plano a través del que vivimos nuestras emociones.

No es Hou Hsiao Hsien, y sin embargo este director nos viene a la mente para intentar explicar la experiencia cinematográfica que supone Long Day’s Journey into the Night, que también podría leerse como remake más depurado del anterior trabajo de este jovencísimo director, Kaili Blues. Nos recuerda a Hou porque su puesta en escena, aunque más favorable al uso de artificios, busca usar de la misma forma total los espacios. Existe también una poetización y mitificación melancólica de lo real con línea directa al cine de Wong Kar Wai, en el que es imposible no pensar tanto por su uso de la iluminación como por la hermosa mujer de vestido verde que encarna Tang Wei.

Es una lástima, pues, que este complejo ejercicio de estilo, demostración de la ambición y capacidades de un emergente cineasta asiático, encuentre difícil su distribución en las condiciones óptimas, tanto por su dificultad de llegar a un público mayoritario como por la necesidad de encontrar exhibidores que respeten su proyección en 3D (aún recordamos lo que ocurrió en España cuando se estrenó la anterior película de Godard). En cualquier caso, estamos ante la película del festival de Cannes 2018.

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