Publicidad

‘Utoya. 22 de julio’: un brillante survival que nos sumerge en el sobrecogedor atentado de 2011
Críticas

‘Utoya. 22 de julio’: un brillante survival que nos sumerge en el sobrecogedor atentado de 2011

Publicidad

Publicidad

Una de las mayores virtudes que puede atesorar un largometraje y, a su vez, una de las más complicadas de llevar a cabo, es que su forma, su fondo y su narrativa remen en una misma dirección y se comporten como un todo. Entonces, y sólo entonces, se exprimirán los componentes dramáticos de su guión y se llegará al corazón del espectador.

No son pocos los filmes que alardean de una exhibición de músculo y ostentan auténticas virguerías técnicas y logísticas; pero de nada sirven las florituras formales si estas no refuerzan la historia ni complementan al tono y las lecturas de la misma. En esos casos, el recurso se queda reducido a un artificio vacuo que puede impactar, aunque no emocionar —precisamente, donde radica la clave del buen cine—.  

En 'Utoya. 22 de julio', Erik Poppe opta por articular el relato mediante un falso plano secuencia para sumergirnos en el infierno de 72 minutos que vivieron los supervivientes de la matanza perpetrada por Anders Breivik en la isla noruega. Una contrapartida igualmente notable a la aproximación de Paul Greengrass al incidente, que supone un sobrecogedor ejercicio de atmósfera en clave survival cuyo espectacular trabajo de cámara no sólo no ensombrece el conjunto, sino que lo enriquece hasta límites inesperados.

La técnica al servicio de la historia

Image

Con el inteligentísimo primer plano que sirve de pistoletazo de salida a 'Utoya. 22 de julio', en el que la protagonista rompe la cuarta pared por un momento al dirigirse directamente a cámara —ergo, al espectador—, el director pone todas las cartas sobre la mesa y declara sus intenciones. A partir de ese momento estamos inmersos de lleno en el horror que está a punto de desatarse. No hay salida y lo único que nos queda es acompañar al resto de personajes en un viaje asfixiante y demoledor.

Durante todo el metraje que transcurre en el suelo de Utoya, y de un modo de lo más inteligente, la cámara de Poppe adopta un lenguaje propio del found footage, pero sin la justificación narrativa que integra al operador dentro de la historia. En este caso, cámara y operador continúan siendo elementos ajenos a la historia, aunque interactúan como si estuviesen presentes en la matanza; reacciona al aterrador sonido de los disparos, tiembla, repta, se esconde, persigue a sus —nuestros— compañeros de viaje... todo en un enervante tiempo real. 

uro

Probablemente, el acierto más grande de 'Utoya. 22 de julio' es la forma en que, dentro de la visceralidad que envuelve cada uno de sus pasajes, no hay cabida para lo explícito. De este modo, se abraza el fuera de campo como principal generador de suspense y como catalizador de ese desconcierto que reinó durante la poco más de una hora que duró el ataque. El resultado es uno de los ejercicios más estresantes a los que nos hayamos podido enfrentar en los últimos años.

A la altura de las circunstancias están las fantásticas interpretaciones de un reparto que, pese a su juventud, deslumbra y transmite como el mejor de los veteranos. Una labor titánica, especialmente para la protagónica Andrea Berntzen, que mantiene una intensidad agotadora durante toda la función sin perder ni un instante el raccord emocional de su personaje, siempre al límite física y mentalmente

Con unos últimos minutos devastadores, de una dureza que, salvando las distancias, llevábamos sin ver desde 'La niebla' de Frank Darabont, 'Utoya. 22 de julio' es todo un golpe sobre la mesa —y sobre los estómagos del respetable— que filtra entre sus fotogramas un acertado mensaje sobre el peligro que encierra el ascenso de la extrema derecha en Europa. Una necesaria llamada de atención que arranca con las palabras que Kaja nos dedica mirando a cámara —"¿Escúchame, vale?"— antes de arrastrarnos junto a ella a su tormento particular.   

Temas

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Inicio
Compartir