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'Lords of Chaos': una crónica de sucesos en clave juvenil con música infernal de fondo
Críticas

'Lords of Chaos': una crónica de sucesos en clave juvenil con música infernal de fondo

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Nota de Espinof

Era inevitable: el ensayo 'Señores del caos' (editado por EsPop de forma impecable en nuestro idioma), el fundamental ensayo sobre la ascensión del black metal satánico en los países nórdicos, daba para película. Lo extravagante de sus protagonistas y lo extremo de su música, el metal más orgullosamente cacofónico, brusco y ruidoso del planeta, daba para una estupenda crónica de una escena musical absolutamente underground y al margen de la industria pop.

Pero hay más, claro. Mucho más. Con los chavales inmersos en una guerra interna por proclamarse el ser más abyecto de la escena, dio comienzo una escalada de atrocidades que empezó con el suicidio de Dead, vocalista de una de las bandas fundacionales del género, Mayhem. Siguió con la quema de iglesias católicas noruegas de incalculable valor histórico, y acabó con crímenes de sangre. En ellos estuvieron implicados uno de los líderes del movimiento, Euronymous (Rory Culkin) y el impredecible Varg Vikernes (Emory Cohen).

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La primera sorpresa que reserva Lords of Chaos es que su enfoque es muchísimo menos tenebroso de lo esperable. Consciente de que el material tiene su parte esperpéntica por muy terribles que sean los sucesos que cuenta, el director Jonas Åkerlund (que sabe de lo que habla: fue batería de los míticos Bathory entre 1983 y 1984) carga de humor negro la historia. Retrata a sus personajes como memos inconscientes, como chavales sin escrúpulos, como enamorados de la muerte y a veces, como todo ello al mismo tiempo. El espectador no tiene la impresión de estar viendo a unos criminales en potencia, sino a unos chicos extremadamente desorientados.

Por eso la primera muerte de la película, esencial para entender su tono, es de una crudeza extraordinaria: la película salta casi sin dar tiempo a respirar al espectador de la rebeldía adolescente y la ejecución de gatos callejeros a una de las escenas de automtilación y suicidio más crudas que se han visto en los últimos tiempos. Por eso el especialísimo tono de la película es uno de sus grandes logros, a la vez sarcástico pero empático con los personajes, espantado con sus atrocidades pero fascinado con sus personalidades al límite de la sociopatía.

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Quizás el único pero que se le pueda adjudicar a la película es que no presta la suficiente atención a la escena del black metal nórdico. Puede parecer un detalle meramente circunstancial, pero en este caso no lo es: su propósito de generar una música atroz y abrasiva es tan radical y, a la vez, ingenua como los personajes que le dieron forma. Quizás esa decisión proceda en parte del rechazo frontal que la escena mostró hacia el proyecto desde que se anunció a principios de década: muchos grupos no cedieron nombres ni temas para que aparecieran, y ese es un apartado en el que el libro original, de una gran erudición cultural, gana de calle.

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