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'Todo el dinero del mundo' nos devuelve al Ridley Scott más sólido de la última década
Críticas

'Todo el dinero del mundo' nos devuelve al Ridley Scott más sólido de la última década

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Se hace raro encontrar una de las películas más recientes de Ridley Scott sin algún elemento que reconduzca su habitual profesionalidad al terreno de lo rutinario o, en el peor de los casos, del ridículo puntual. Incluso la corrección entretenida de ‘Marte’ (The Martian, 2015) se deslucía por un último vuelo a propulsión que parecía sacada de alguna obra de los Monthy Phyton. La habitual eficiencia de la última fase de su carrera parecía estar encontrando brechas en ‘Alien: Covenant’ (2017).

La secuela-precuela de su propio film hacía de espejo implacable sobre las debilidades de su último cine. No sólo a ratos parecía un remake televisivo de su obra maestra, sino que dejaba grandes momentos del absurdo como Fassbender y su autoclase de flauta o el bebé alien haciendo un “las manos hacia arriba” mientras sonaba alguna canción del verano casposa en nuestra cabeza. Afortunadamente, esas señales no eran tanto relacionables con su desgana como con la intromisión de estudio o el desgaste de la idea.

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El dinero como mecanismo de narración

También se le achaca a su último cine una tendencia a la grandilocuencia vía recuperación de grandes tragedias clásicas, o las constantes referencias a la grandeza del imperio romano, y ‘Todo el dinero del mundo’ (All the Money in the World, 2017) no es una excepción. Con la diferencia de que, en esta ocasión, la iconografía y dimensión ampulosa tiene una justificación tan sencilla como la metonimia entre la obsesión con la antigüedad del magnate protagonista y las consecuencias de su ambición sin límites.

El dinero como símbolo de cambio y condena aparece desde los primeros compases de la película, cualquiera de los personajes vienen representados por la posición económica que poseen. Gail Harris, interpretada por Michelle Williams, es la mujer de uno de los hijos del hombre más millonario del mundo pero su vida no es precisamente fácil, sin el apoyo económico del magnate, no son más que otra pareja de clase media/baja americana en un periodo particularmente complicado para la economía mundial.

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El hecho de que Jean Paul Getty no tenga apenas contacto con su hijo o sus nietos, aunque vivan en el umbral de la pobreza, no es una dramatización, aunque sirve perfectamente como salto de un mundo al otro para un espectador que ve todo desde los ojos de una Harris que entra en el mundo de su suegro tan incrédula como nosotros. El hecho desencadenante de toda la acción es el secuestro de Paul Getty III, y la negativa a pagar el rescate por parte de su abuelo multimillonario, pero todo lo que rodea el mundo del magnate hace que ese detalle no sorprenda.

Toda la representación del imperio del viejo es fascinante. Sus pequeños ardides para no perder un solo dólar de más, como la cabina de teléfono de su casa para cobrar a sus invitados (real) sólo pueden compararse con su enfermiza obsesión con el arte, como sustituto del afecto o la familia. Scott juega con la historia del secuestro a una banda mientras aprovecha los pequeños interludios de contacto con Getty para contar la película que le interesa y que da sentido a una trama paralela tan funcional como bien construida.

Equilibrio a tres bandas

Resulta casi natural ver a Scott mover la cámara para recoger con elegancia secuencias como el primer asalto a la guarida de los secuestradores, o cómo maneja grades cantidades de extras para dar una sensación de verosimilitud a las escenas de periodistas detrás de Harris. La tensión de la escena de la oreja es tan plausible que borra muchos de los más famosos torture porn, llegando a impactar por su crueldad (juro que en el pase de prensa la persona a mi lado cayó redonda al suelo).

No sólo eso, sino que consigue mantener una robustez expositiva sorprendente en escenas a tres bandas como el primer intento de fuga de Paul Getty III o el muy satisfactorio clímax en dos bloques. Un saldo inusual de éxito en las escenas clave de la parte supuestamente más previsible del conjunto (no deja de ser un caso del que es sencillo saber todo con un click en google), que va acompañada de la sólida odisea de una estupenda Williams, contra el imperio de un hombre que representa lo peor del capitalismo, el patriarcado y todos –ismos y –ados que se nos ocurran.

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Con todo, como apuntaba antes, donde realmente triunfa ‘Todo el dinero del mundo’ es en la disección del Getty crepuscular, a través principalmente de escenas de diálogo con un correcto Mark Wahlberg. No solo Christopher Plummer resulta creíble, sino que su presencia llena la pantalla como pocos efectos de maquillaje sobre un gran actor podría conseguir. Amenazante, vil, decadente y finalmente vulnerable, brilla en uno de los finales más telúricos y elocuentes de la filmografía de su director. Scott casi hace palpable la maldición Getty con su resumen de un relato moral épico, sobre el callejón sin salida de la avaricia, en un solo plano de un patetismo ominoso e implacable.

Lee otra crítica en Espinof | 'Todo el dinero del mundo' ha terminado siendo menos emocionante que todo el culebrón que la precede

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