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'Bad Boys for Life' no necesitaba a Michael Bay: una explosiva secuela a la altura de la original
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'Bad Boys for Life' no necesitaba a Michael Bay: una explosiva secuela a la altura de la original

Aunque el gérmen del subgénero se ubique a finales de los años 40 junto a la brillante 'El perro rabioso' de Akira Kurosawa, protagonizada por Toshiro Mifune y Takashi Shimura, no sería hasta 1982 cuando Walter Hill popularizase y sentase las bases de las buddy cop movies con su 'Límite 48: horas'. Desde entonces, el legado del cineasta californiano ha ido proyectándose sobre producciones de todos los tipos, colores y tonos de la mano de cineastas de lo más variopintos.

En 1995, un Michael Benjamin Bay de 30 años, curtido en el mundo de la publicidad y el videoclip, tomo el testigo de Hill —y de sus sucesores— y debutó en el largometraje con una buddy movie esencial para comprender el cine de acción noventero; una 'Dos policías rebeldes' que continúa tan fresca como el primer día y que ha terminado derivando en una improbable —y genial— trilogía.

Con 'Bad Boys For Life', la saga de los detectives Mike Lowrey y Marcus Burnett adquiere un ligero tono crepuscular para enfrentar a sus protagonistas a los demonios de su pasado —y presente— y a un inevitable relevo generacional que planea sobre sus cabezas; un tema que trasciende a la ficción para dar forma a una secuela ejemplar y explosiva, capitaneada por dos directores emergentes, que poco tiene que envidiar a sus predecesoras.

Ni rastro de Bayhem —ni falta que hace—

La aparición de Michael Bay en 'Bad Boys For Life' es tan fugaz como simbólica. En su breve cameo, el de Los Angeles, literalmente, cede un micrófono a otro personaje para, después, desaparecer sin dejar rastro en lo que resta de metraje; algo que puede compararse al modo en que ha entregado los personajes con los que arrancó su carrera al dúo de realizadores compuesto por Adil El Arbi y Bilall Fallah.

Fuimos muchos los devotos de la santa iglesia del Bayhem que temimos lo peor con este cambio de manos de la franquicia, pero, haciendo honor a la verdad, hay que reconocer que los belgas han hecho una labor excelente ya no sólo dando un empaque a la producción a la altura de las anteriores 'Dos policías rebeldes', sino haciendo la película suya mientras huyen de cualquier tentación de copiar estilos ajenos.

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Dicho esto, es necesario remarcar que la ausencia de Bay tras las cámaras es más que evidente, lo cual se traduce en unas set-pieces más contenidas y convencionales en su concepción y tratamiento visual—nada igualará a la persecución en la autopista de la segunda parte—; algo que no está reñido con que 'Bad Boys For Life' ofrezca un show rebosante de pólvora, explosiones, combates cuerpo a cuerpo y adrenalina a espuertas que sabrán disfrutar tanto habituales como neófitos.

En contraposición a esto, la comedia y los pasajes volcados en el desarrollo de los personajes han cobrado un mayor peso, elevándose inesperadamente como la mayor virtud del filme. Las carcajadas están aseguradas en el nuevo show de unos Will Smith y Martin Lawrence que tienen sus roles completamente interiorizados, que derrochan química escena tras escena y que, junto a las nuevas incorporaciones, logran convertir en algo terrenal este disparate made in Hollywood.

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Por supuesto, no es oro todo lo que reluce en 'Bad Boys For Life', comenzando por un estridente y artificioso tratamiento del color que extrae lo peor de la ya aborrecible tendencia del orange & teal, y terminando por un argumento demencial y hasta, cierto punto previsible, en el que los giros absurdos y la necesidad de suspender la incredulidad constantemente están a la orden del día.

Pero uno no se enfrenta a la tercera parte de 'Dos policías rebeldes' esperando otra cosa que no sea un espectáculo de alto nivel con el que pasar un rato inmejorable en una sala de cine, y eso, 'Bad Boys For Life', lo da en cantidades industriales, devolviéndonos el nervio y el estilo de las producciones marca de la casa Bruckheimer que hicieron las delicias del respetable hace ya un cuarto de siglo. Y eso es algo que no puede agradecerse lo suficiente.

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