Compartir
Publicidad
Publicidad
Sitges 2017: la experiencia de pasar diez días de cine en el paraíso del fantástico
Sitges

Sitges 2017: la experiencia de pasar diez días de cine en el paraíso del fantástico

Publicidad
Publicidad

Según el diccionario de la Real Academia Española de la lengua, un año es el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol y que equivale a 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos. Para servidor —y para muchos otros amantes del fantástico que nos encontramos año tras año en la costa catalana—, la definición de año pasa a ser "el periodo de tiempo que transcurre entre el fin de una edición del Festival de Sitges y el inicio de la siguiente".

Esta edición, en la que hemos celebrado el 50 aniversario del certamen, ha supuesto mi undécimo Sitges consecutivo y el primero de muchos que, espero, compartiré con vosotros desde aquí. Un largo viaje iniciado como parte del público en un 2006 que homenajeó a la 'Terciopelo azul' de David Lynch y que supuso el inicio de mi largo —y fresco como el primer día— romance con este paraíso terrenal del cine fantástico.

Aprovechando el medio siglo recién cumplido del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña y la depresión post-Sitges que estoy padeciendo mientras escribo estas líneas, os invito a acompañarme en esta despedida y cierre en la que, además de enumerar mis alegrías cinéfilas del 2017, intentaré transmitiros qué se siente al estar al pie del cañón diez días y de dónde sale este amor colectivo que transmite el, para muchos, mejor festival de cine del mundo.

Masoquismo en el paraíso

Masoquista "En este momento estoy siendo de lo más masoquista..."

Decía el malogrado Bill en esa maravilla que firmó Quentin Tarantino titulada 'Kill Bill' aquello de "en este momento lo que estoy siendo es de lo más masoquista". Una frase que muchos de los que asistimos a cubrir el Festival de Sitges podríamos enunciar con una extraña sonrisa en los labios a partir del cuarto día consecutivo de despertarnos a las 6:55 de la mañana para reservar las entradas de la jornada siguiente después de haber dormido tres o cuatro horas.

Este ritual, asimilado y automatizado por nuestro inconsciente, marca el inicio de cada jornada en el certamen, acompañado de no pocos microinfartos que nos sacuden cada vez que a la web le da una pájara y se queda en blanco justo cuando intentábamos conseguir acceso a esa película que no nos podíamos perder bajo ningún concepto.

Después de nuestra victoria o derrota contra el sistema informático y de comprobar vía WhatsApp con nuestros colegas qué tal les ha ido su caza de tickets mañanera, una necesaria ducha y la primera dosis de cafeína de las muchas que consumiremos a lo largo del día nos allanan el camino hacia una de las cuatro salas en las que deglutiremos las, como mínimo, tres o cuatro películas diarias.

De este momento en adelante, cada una de las jornadas en Sitges se convierten en una suerte de maravillosa repetición al más puro estilo de 'Atrapado en el tiempo'. Un idílico bucle salpimentado con interminables sesiones de cine que va drenándote las fuerzas poco a poco y que deseas que no termine nunca a pesar de los horrores habituales del festival.

Mouth Madness Después de diez días en Sitges y con más de treinta películas en el cuerpo.

Retrasos interminables que te obligan a abandonar proyecciones para salir corriendo y llegar a la siguiente al otro lado del pueblo, colas infinitas en las que el entrañable Carlos Pumares muestra su enésimo cabreo por vete tú a saber qué, aires acondicionados que invitan a entrar al cine con bufanda y guantes, incómodas butacas que parecen instrumentos de tortura medieval e impiden que caigas en la tentación de echar una cabezadita después de comer...

Son muchos los elementos que invitarían a abandonar esta orgía cinéfila anual a los menos aguerridos —en otro momento hablaremos de la alimentación y de los frankfurts de plástico del Auditori a precio de tres estrellas Michelín—. Pero Sitges nos da una de cal y compensa con cuatro o cinco dosis de esa genial arena que continúa arrastrándonos edición tras edición hasta allí y rompiéndonos el corazón en estos lunes de vuelta a la rutina.

Una balsa de aire edificada en torno al cine

Nada como el spot de la edición de 2011 para ilustrar mejor uno de los principales motivos por los que las fechas del Festival de Sitges son lo primero que anoto en mi agenda anual nada más estrenarla. Con la banda sonora de 'Old Boy' estimulando nuestro oído y bajo la consigna "la realidad nos mata", esta pieza de apenas un minuto ejemplifica a la perfección ese balón de oxígeno que nos desintoxica del asfixiante día a día al que nos enfrentamos el resto del año.

Pedro Ruiz dijo que "Lo bueno del cine es que durante dos horas los problemas son de otros"; una acertada frase que refuerza la idea de que estos diez días de cine fantástico en vena que consumimos compulsivamente de 355 días en 355 días suponen un oasis en el que lo único que existe es la ficción y en el que la oscuridad de las salas de cine nos arropa con un reconfortante abrazo —pese a los horrores que, a veces, deambulan por la pantalla—.

Pero además de este cariz evasivo relacionado estrictamente con el poder del séptimo arte, el festival esconde un componente humano imprescindible. Un alma de evento colectivo en el que, edición tras edición, te reencuentras con las mismas caras conocidas mientras paseas por el pueblo, compartiendo experiencias y reforzando unos lazos que te obligan a considerarles como esa "familia de Sitges" que termina trascendiendo al evento.

A fin de cuentas, más que un certamen cinematográfico, Sitges es un refugio. Un marco al que poder llamar hogar y al que acudir anualmente para vivir y disfrutar de momentos catárticos e inolvidables. Y es que, eso de clausurar un festival de cine entre palmas al ritmo de 'The Rhythm of the Night' de Corona, aplausos y abrazos con tu familia festivalera en pleno arrebato de felicidad tras ver 'The Disaster Artist' es algo que sólo puede pasar en esta santa casa.

Ojalá tener una cámara de hipersueño para poder despertarnos el 5 de octubre del año que viene...

Mi Top 10 particular de Sitges 2017

Brwl

Y como lo prometido es deuda, voy a aparcar la sensiblería a un lado y os voy a dejar con mi Top 10 particular de este Sitges 2017 sin entrar en especial detalle en los motivos por los que he escogido los filmes que veréis a continuación —podéis leer mis impresiones sobre ellos en la crónica diaria del certamen que he ido elaborando estos últimos días—.

  • 'Wind River'

Un perfecto complemento en forma de thriller para una sesión doble con 'Comanchería'. Tan bien dirigido como magníficamente escrito.

  • 'Revenge'
Revenge

Un rape and revenge modélico con sello femenino. Violento a rabiar, ultra-estilizado, divertidísimo y heredero del *slapstick más cafre.

  • 'A Day'

Una nueva demostración de que los coreanos son los auténticos reyes del blockbuster actual. Sobresaliente en todos sus aspectos.

  • 'My Friend Dahmer'

Una brillante adaptación del cómic homónimo que explora el lado humano del asesino en serie de forma clara, concisa y sin caer en el morbo absurdo.

  • 'Blade of the Immortal'

La mejor película de Takashi Miike desde la enorme 'Hara-kiri'. Creo que con eso lo digo todo.

  • 'The Endless'

Aaron Moorhead y Justin Benson demostrando cómo se puede sacar oro de un millón de dólares con una buena realización y con un guión de esos que rompen cerebros.

  • 'La forma del agua'

La cinta más mágica y bien ejecutada de Guillermo del Toro contiene una hermosa historia de amor entre especies con el alma del mejor cuento de hadas.

  • 'Housewife'

Can Evrenol vuelve a alucinarnos después de 'Baskin' con este delicioso sinsentido. Un ejercicio tan cafre y confuso como admirable a nivel estético y formal.

  • 'Hounds of Love'

La película más violenta que he podido ver durante los últimos años en el festival te retuerce en la butaca dejando que tu mente rellene los huecos que omite el fuera de campo. Estremecedora.

  • 'Brawl in Cell Block 99'

Mi gran vencedora de este festival. S. Craig Zahler vuelve a poner patas arriba un género —en este caso el thriller carcelario— con una auténtica obra maestra de esencia grindhouse.

  • Bola Extra: 'The Disaster Artist'

La dejo fuera del top oficial por haber formado parte de una sesión sorpresa, pero esta maravilla se ha quedado muy dentro de mi corazón y ha supuesto un fin de fiesta inmejorable. Empate técnico con 'Brawl in Cell Block 99' como lo mejor de este año.

En Espinof | John Tones elige las mejores películas que ha visto en Sitges 2017

Temas
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Inicio
Inicio

Ver más artículos