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David Lynch: 'Terciopelo Azul', tenebroso viaje hacia la luz

David Lynch: 'Terciopelo Azul', tenebroso viaje hacia la luz
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La trilogía conformada por ‘Cabeza borradora’, ‘El hombre elefante’ y ‘Dune’ nos mostró al primer David Lynch. Un Lynch que ya en sus primeros pasos se había mostrado como un profundo conocedor del cine clásico, pero también como un hábil tejedor de atmósferas postmodernas, y capaz también de ser universal a pesar de la profunda autoría de sus propuestas. Concluida esta trilogía, Lynch emprende otra (todo esto a juicio de quien esto escribe, claro está), cuyo primer escalón es la extraña y fascinante ‘Terciopelo Azul’, de la que el propio Woody Allen, entre otros, llegó a decir que era la mejor película de ese año, 1986.

Debido al fracaso de ‘Dune’ (y a sus varapalos críticos) Lynch creía que Dino de Laurentiis no volvería a producir una película suya, pero se equivocó, pues al leer el guión de ‘Terciopelo Azul’ (un guión que tardó muchos años en gestarlo en solitario), de Laurentiis quedó maravillado y se dispuso a darle otra oportunidad. De este modo comenzó la difícil producción de esta obra maestra.

Esta es la primera vez en que Lynch se introduce en un mundo pesadillesco, provocado sobre todo por la presencia brutal de personajes fuera de la ley, además de desequilibrados mentalmente. Según sus propias palabras, la historia surgió de la canción de 1964 ‘Blue Velvet’, de Bobby Vinton, y luego una serie de asociaciones entre una oreja cortada y un mirón clandestino. Tardó mucho tiempo en unir las piezas, pero lo que más le interesaba era mostrar el nauseabundo subsuelo de una sociedad aparentemente idílica (imposible no acordarse de la bella ‘Twin Peaks’, que traza algo similar), en un viaje inquietante por parte de un hombre al que le puede la curiosidad.

La curiosidad mató al gato

Las primeras imágenes de esta película son inolvidables. Después de unos títulos de crédito muy elegantes, sobre una cortina de terciopelo azul, y con la música de Angelo Badalamenti (que trabaja por primera vez con Lynch, y de forma admirable, para una colaboración tan mítica como la que tuvieron en su día Alfred Hitchcock y Bernard Herrmann), pasamos a un fundido con el cielo azul (terminaremos también con el cielo azul), y algunas imágenes del bucólico lugar donde transcurrirá la acción, un lugar en el que los bomberos se pasean saludando con una sonrisa (más tranquilidad, por tanto, es imposible), para concluir con un hombre al que le da un ataque al corazón mientras riega su jardín.

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Después, la cámara de Lynch se introduce en la tierra de ese jardín, y observa miles de insectos y cucarachas. Más expresivo imposible. De forma verdaderamente magistral ha unido los dos mundos: el aparente y luminoso, y el oculto y tenebroso. Y con ese acontecimiento, el hombre que sufre un ataque, un hecho casual, empieza la historia, pues será su hijo Jeffrey (estupendo Kyle MacLachlan, en su segunda película después de ‘Dune’...) el motor de la acción, al encontrar una oreja cortada y llena de hormigas (con la referencia ineludible de Luis Buñuel) que será el inicio de un terrible misterio en el que no va a poder evitar verse involucrado.

Jeffrey es un buen muchacho, responsable y trabajador, que se ve atraído por el lado oscuro de la existencia. Quiere paladear ese miedo y esa oscuridad, y va a obtener una buena ración de ello. Esta es una figura clásica del “filme noir”, el hombre inocente que se verá involucrado en una pesadilla por el morbo que una mujer, o un misterio, o ambas cosas, le producen. Pronto conocerá también a la hija del detective encargado del caso, la maravillosa Laura Dern (realmente, la actriz favorita de este director, a la que dedica una declaración de amor en cada película con la forma de filmarla).

Colándose en el apartamento de la bella y misteriosa cantante Dorothy Vallens (una sensacional Isabella Rossellini), Jeffrey iniciará una aventura en la que un gangster psicópata (formidable, inolvidable Dennis Hopper) le horrorizará con todo tipo de perversiones, sexo raro, violencia salvaje y, en definitiva, el mal absoluto que él ansiaba tanto conocer y que ahora va a sufrir en sus propias carnes. Quiere aprender cosas, aunque eso signifique correr riesgos. Su temerario plan casi le cuesta la vida, pero intentará mantener su inocencia, aún magullada, en el proceso.

Rasgos estilísticos

Con la complicidad total del operador Frederick Elmes, con quien ya había trabajado con resultados óptimos en ‘Cabeza borradora’, Lynch despliega una puesta en escena serena pero acerada, en la que son habituales los planos de perfil muy sostenidos, para luego convertirlos en planos frontales en los que el horror, o la belleza, de la situación, por fin se revela. La fotografía es muy hermosa y valiente, siendo capaz de aunar lo luminoso con lo tétrico, que es el tema de la película. Se advierte también un deseo de emular cierto cine del pasado, en la forma de fotografiar por ejemplo a Laura Dern, como si fuera una estrella de los años veinte.

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Esta es la primera vez que nos adentramos en una de esas atmósferas lynchianas que le han hecho famoso y que han sido imitadas tantas veces. Entre todos los ambientes destaca, por voluntad inherente, el apartamento de Dorothy Vallens, principio y final de toda la trama. Es un apartamento en el que predomina un rojo inquietante, y con muebles lynchianos característicos que nos incomodan (y perdón por el chiste fácil) o nos extrañan. Ese apartamento es la puerta a otro mundo, y su fundamental armario (lugar de escondite y de perversión) se nos queda grabado en la retina.

Lynch se mueve como pez en el agua en esta historia enrevesada y maligna, y es capaz de construir la tensión y el suspense con gran habilidad. La película no es tan salvaje como ‘Corazón salvaje’, ni tan frenética como ‘Carretera perdida’, pero igual de tensa y extraña. Lynch opone, con la música y la planificación, a la dulce y tierna Sandy y a la trágica y sensual Dorothy como dos mujeres muy diferentes que le darán a Jeffrey aspectos muy distintos de la sensualidad y el amor. Los tres son personajes a los que Lynch comprende y respeta, y a los queda una oportunidad, al contrario que al asesino Frank, que no tiene posiblidad de redención.

Conclusión

Obra incontestablemente mayor de Lynch, que entra en una etapa de madurez y consigue su primera nominación al Oscar al mejor director. Tuvo que renunciar a parte de su sueldo, y se vio forzado a reescribir la historia para acortar gastos, pero obtuvo lo que quería: libertad artística total y acceso al montaje final. Este triunfo personal le consolidó como autor consagrado en Estados Unidos, y sus fabulosas críticas le otorgaron la confianza para zambullirse con más energía en ese universo retorcido que continuó indagando en años venideros.

Especial David Lynch

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