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'Diamantes en bruto' es descomunal: una salvaje odisea urbana en lo más alto del catálogo de Netflix
Críticas

'Diamantes en bruto' es descomunal: una salvaje odisea urbana en lo más alto del catálogo de Netflix

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Aunque siempre hay lugar para alguna que otra agradable sorpresa, la tónica general en la industria actual, centrándonos en todo momento en los grandes estudios norteamericanos, invita a pensar en una sequía creativa en la que plantillas y fórmulas dominan el grueso de producciones. Pero dentro de este desolador y nada estimulante desierto, una —cada vez menos— pequeña compañía como A24 se ha ganado a pulso la etiqueta de oasis fílmico.

Desde sus inicios, la productora de la Gran Manzana nos ha brindado piezas de la talla de 'Under the Skin', 'Ex-Machina', 'Lady Bird' o 'Hereditary', destacando entre su catálogo del año 2017 una brutal 'Good Time' que puso en la candelero el nombre de los hermanos Safdie, reafirmándoles como un dúo de cineastas tan brillantes como únicos en cuanto a sello autoral respecta tras haber enamorado al público indie con su 'Heaven Knows Why'.

Con 'Diamantes en bruto', Ben y Joshua han llevado un paso más allá la propuesta de la cinta protagonizada por Robert Pattinson en un ejercicio de estilo descomunal, tan arriesgado como jugarse una final de conferencia con un triple en el último segundo. 135 minutos de pura adrenalina sin cortar encabezada por un Adam Sandler gigantesco que ya tiene un hueco reservado en mi top con las mejores películas de un 2020 que acaba de empezar.

Una torbellino de sensaciones

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Si algo hace tan grande al —buen— cine, es su capacidad para generar sensaciones genuinas y extrañamente orgánicas en el respetable. Desde su paso por el Festival de Telluride, han sido muchas las voces que han reivindicado 'Diamantes en bruto' como lo más parecido a un ataque de ansiedad cinematográfico a lo que podamos enfrentarnos; algo que puedo corroborar después de haber pasado dos horas con las palmas de las manos empapadas de sudor y respirando a bocanadas.

Esta reacción a lo acontecido en pantalla es posible, en parte, gracias al endiablado ritmo que han insuflado Los Safdie a su violenta odisea neoyorquina. Tras una breve secuencia introductoria y una transición imposible, el detonante no tarda en aparecer, desencadenando una auténtica maratón entre rascacielos y suburbios ante la que es complicado no terminar exhausto.

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'Diamantes en bruto' posee un magnetismo impensable para tratarse de un filme que te golpea una y otra vez sin ningún tipo de piedad a cada revés que sufre su protagonista. Una deliciosa tortura que impide apartar la mirada, filmada con un nervio próximo al caos ordenado —las conversaciones son antológicas—, capaz de sacar de sus casillas al espectador más templado, y narrada en un crescendo constante, de esos que te hacen apretar la mandíbula y rechinar los dientes inconscientemente.

El dominio de la cámara y la maestría en la puesta en escena de los Safdie se ven enriquecidos por un tratamiento formal casi temerario. Rodado en un 35mm dominado por el grano y las texturas más crudas, el largometraje aísla a su protagonista y le oprime contra los escenarios de la jungla de asfalto en la que intenta sobrevivir, combinando zooms, focales largas y movimientos de seguimiento imposibles en una apuesta visual que va mucho más allá de su espíritu ochentero.

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Ha quedado claro que, formal y narrativamente, 'Diamantes en bruto' es un auténtico prodigio; pero aún queda una bala en la recámara, con nombre y apellido, para terminar de volarnos la cabeza por completo. Esta no es otra que un Adam Sandler libre y desatado que nos regala la mejor interpretación de su carrera, perilla en ristre, y enfundado en una abrigo de cuero que grita 2012 —año en que se ambienta la película— a los cuatro vientos.

'Diamantes en bruto' toma todo lo que hizo grande a 'Good Time' y lo eleva a la enésima potencia con una salvaje representación de la conjunción latina "lupus est homo homini" que, desgraciadamente, el público español no podrá disfrutar en todo su esplendor —verla en pantalla grande, además de un privilegio, es una experiencia impagable—. Por suerte, el buen cine sigue siéndolo independientemente del tamaño de la superficie sobre la que se proyecte.

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