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'Super 8', mirar los cielos

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Cuenta John Baxter en su biografía de Steven Spielberg que tuvo el director una epifanía reveladora en una autopista angelina: la visión de la ciudad más allá de la colina, de su espectáculo inverosímil de luces iluminó al entonces principiante cineasta y así nació ‘Encuentros en la tercera fase’ (‘Encounters on the Third Kind’; 1977) una película que cambiaría para siempre, y para mal según Peter Biskind, el Nuevo Hollywood y que se sumaría a ‘Star Wars’ (id, 1977) al nacimiento del blockbuster. Pero lo cierto es que Spielberg fundó un tipo de película que ha degenerado notablemente y no lo hizo con una conciencia total, a excepción, quizás, del primer Indiana Jones, perfecta sucesión de set pieces. Si tomamos como ejemplo ‘E.T.’ (id, 1982) y su gestación, tenemos la historia de una película pequeña, personal que, de repente, se convierte en fenómeno de masas. Y en ese tiempo, un infante J.J. Abrams crecería bajo el influjo de esas experiencias mágicas y restauraría las películas en super 8 del mítico cineasta.

Pero todo esto son anécdotas, una parte de la historia y de la gestación de sus creadores. La historia posterior no es otra que la de la madurez del cineasta Spielberg, cuando digo madurez no me refiero a que su primera etapa fuera inmadura sino a que parece actuar con una libertad (no dada por los presupuestos sino porque sus películas dejan de ser predecibles), y el nacimiento del creador televisivo Abrams, famoso por sus series de televisión ‘Alias’ (2001-2006), ‘Lost’ (2004-2010) y ‘Fringe’ (2008-) en las que crea un renovado sentido de la autoría al tiempo que delega funciones creativas gustosamente. En cine, suya es la idea original y su supervisión como productor de ‘Monstruoso’ (Cloverfield, 2008) y como director ha funcionado como traductor de series televisivas al tiempo que productor de secuelas con ‘Misión: Imposible 3’ (Mission Impossible 3; 2006) y ‘Star Trek’ (id, 2009).

En una época en la que el blockbuster será remake, reboot, secuela, derivado (spin-off), franquicia, adaptación de libro o de tebeo o no será, resulta refrescante esta propuesta, por supuesto. Pero además resulta ideológicamente interesantísima. Porque ‘Super 8’ (id; 2011) no es, efectivamente, otra cosa que una novedad, pero es una novedad anclada en la familiaridad: ¿no es acaso su tráiler una promesa de revivir no solamente el díptico alienígena de Spielberg sino, por extensión, el sabor de producciones de la Amblin (muchas veces con la marcada presencia creativa de Spielberg) como ‘Los Goonies’ (The Goonies; 1985)? ¿No es eso un síntoma claro de que cualquier cosa que no sea familiar es aterradora para el cine contemporáneo y mainstream? ¿Y no es el gesto de Abrams industrialmente subversivo al tiempo que culturalmente lógico? Detrás de la añoranza de un cine pasado no está la búsqueda de ese mismo efecto, de generar un espacio similar (entonces podríamos decir que los herederos naturales de ese Spielberg personal y melancólico que era capaz de asombrar con una cara asombrada y un plano espectacular son los animadores, guionistas y cineastas forjados en Pixar), sino el aprendizaje de algunas de sus estrategias narrativas al tiempo que el diálogo natural con un (declarado) maestro con el que parece compartir temas, entre ellos esa gran historia americana de padres e hijos con relaciones complicadas, de famílias en un suburbio desestructurado y de comunidades idílicas amenazadas por desastres más grandes que la vida.

La premisa de ‘Super 8’ presenta a un grupo de pre-adolescentes rodando una película de zombies, entre ellos el recientemente huérfano Joe Lamb (Joe Courtney), que descubrirán accidentalmente un cargamento secreto, protegido por el ejército. Mientras que el cargamento ha sido liberado y amenaza con destruir toda la ciudad, Lamb y sus amigos emprenderán una aventura para descubrir toda la verdad tras el secreto. Por supuesto, el interés amoroso de Lamb, Alice Dainard (Elle Fanning), jugará un papel clave para estimular toda la aventura, pese a que un evento del pasado les prohíba ser amigos.


Robert McKee dejaba claro en su manual para guionistas que el tercer acto debía ser el mejor. No importaba ya si el primero era aburrido, era en el tercero donde se producía el pay-off. No considero a McKee un gran teórico de cine, pero si que considero que las películas de Spielberg aquí referenciadas y evocadas tenían todas un gran final. De hecho, ese final no es explicable gracias a los aciertos de guión sino a la insensatez formal de Spielberg. El adiós de E.T. y la revelación de Roy Neary no son grandes desenlaces per se, sino que es el espectáculo, una épica que parece tomar toda la búsqueda espiritual (y su aire de gran espectáculo americano, circense) de Cecil B. DeMille, el que puede sobreponernos a todo. El sentido de la maravilla, en definitiva, que une el destino de hombres corrientes que fuerzas mayores a las de nuestro planeta. Mirar los cielos como si toda la película fuera una búsqueda de esa epifanía, ante una poética forjada en la intensidad del asombro, en la propia naturaleza incansable y obsesiva del mismo, no es posible derivado sino convicción en lo que se cuenta, no es posible resolver de manera efectiva los conflictos sino de manera insólita y hermosa. Solamente he visto alguien capaz de llevar esa poética spielbergiana a territorios incluso más desconocidos, y dejo al margen Pixar, y ese cineasta es M. Night Shyamalan. Nada de eso hay en esta película cuyo desenlace se sufre más como una apresurada versión de E.T. antes que una convincente y rotunda apropiación.

J.J. Abrams da una lección de cine, planos de grúa y ejercicios de composición simétricas para expresar las conexiones emocionales, elude al monstruo con ingeniosas metáforas visuales, se revela grandioso en su uso de la profundidad de campo en medio de una (conmovedora) confesión que da sentido al trauma de Lamb. O los juegos metaficcionales, siendo el más memorable aquél en el que los niños ruedan con trasfondo militar y la siguiente escena es más o menos una versión seria de su parodia, sugiriendo que la propia textura de su realidad es la versión espectacularizada de una gran película de niños (lo cual es una madura reflexión sobre el motor creativo de Spielberg), o el más emotivo en el que Alice se revela una actriz sensacional pues no solamente descubrimos el impresionante talento de la intérprete Fanning sino que Abrams parece estar reescribiendo ‘Mulholland Drive’ (id, 2002) con infantes.

Toda su musculatura formal se pierde en su ridícula conclusión, aunque debo admitir que la puesta en escena abramsiana es ya por naturaleza más urgente, más aceleradora, más alocada y cuando llegan las explosiones uno diría que está presenciando la destrucción misma del sistema americano, con todas sus tecnologías derruidas para mayor gozo del alboroto. Pero en este relato está la promesa de una obra redonda, una que sepa canalizar el relato íntimo, magnífico y acotado con aristas inesperadas (la rivalidad por Alice está resuelta con una escena tierna y conmovedora) con un misterio que sepa finalizar con coherencia sus líneas narrativas (tras dos primeros actos en los que el profesor de biología entronca, estupendamente, el relato de militares y niños, el talento de Abrams se reduce a una versión del ente bondadoso y spielbergiano de manera inverosímil). Pero si somos justos, esta cinta es casi perfecta y su director parece tener una jovial e insólita madurez tras la cámara. ¿Podrá sobreponerse a su propia ansiedad de la influencia? Durante noventa minutos responde con soltura para después echarse atrás. La carrera de Abrams espera destinos mayores, ya lo verán.

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