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'Valor de ley' ('True Grit'), un western olvidable

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Si me dicen a mí, hace ahora casi veinte años (coincidiendo con el estreno de ‘Barton Fink’ (id, 1991), la cual triunfaría ese año en Cannes), que dos décadas después los Coen recaudarían ciento cincuenta millones de dólares solamente en la taquilla de su país, que tendrían diez nominaciones a los Oscar, o que en los carteles de su película rezaría un “Recompensa 2011” (en una campaña de promoción, por lo demás, absolutamente brillante), no lo habría creído. Que Steven Spielberg sea el productor ejecutivo de la película es casi una anécdota en comparación con todo eso. No tiene nada de malo, ni voy ahora a esgrimir el manido argumento del cine de autor en oposición al cine comercial, pues hay cine comercial con más autoría que mucho cine de autor, y viceversa, pero sí es una constatación de cómo cambian las cosas y de cómo pasa el tiempo. Y aún menos me hubiera creído de qué forma, los hermanos más aguerridos e indómitos del cine norteamericano de los años noventa, han perdido toda su personalidad hasta el punto de quedar irreconocibles, mientras reciben todo tipo de elogios, bajo mi punto de vista tremendamente inmerecidos.

Nueva versión (según los Coen, no es un remake, y no se van a cansar de repetirlo…) de la emocionante, y homónima, novela corta de Charles Portis, publicada en 1968, este nuevo ‘Valor de ley’ es un lujoso, preciosista y extraño juguete en manos de los famosos directores, que sigue punto por punto el texto original, y que por lo tanto es imposible no comparar con la película de Henry Hathaway de 1969 (que, recordemos, hace pocos días comentaba Alberto Abuín en una apasionada crítica), con la que no resiste ninguna comparación, porque mientras la película de Hathaway era una hermosa reflexión acerca de lo injusto de la justicia (tanto terrenal como divina), del papel de la mujer en un mundo de hombres acostumbrados a la supervivencia extrema, o de la soledad redimida gracias a los no deseados compañeros de viaje, la de los Coen no es más que otro ejercicio retro más (y llevan…) que en ningún momento emociona ni cautiva, que indaga en los ancestrales rituales de la caza del hombre por el hombre con irritante ligereza, y que se olvida a los cinco minutos de verse.

De lo que no cabe ninguna duda, es que los hermanos Coen son los más listos de la clase. En astucia y pericia narrativa, les igualan muy pocos, y eso es mucho decir. Finalmente reciclados y engullidos, pese a su alteridad, por los patrones más ortodoxos del cine de género de hoy en día, era cuestión de tiempo que se atreviesen con un western. Ya en ‘Sangre fácil’ (‘Blood Simple’, 1984) o en ‘Arizona Baby’ (‘Raising Arizona’, 1987) se percibía que el género por antonomasia no andaba lejos, y en posteriores trabajos le han homenajeado, siempre a su manera, en no pocos detalles y personajes, con ‘No es país para viejos’ (‘No Country for Old Men’, 2007) como definitivo acercamiento y, de alguna forma, preludio a este ‘Valor de ley’, en el que la ambientación es prácticamente perfecta, en el que los disparos de revólver suenan como jamás sonaron ni en ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, John Ford, 1956) ni en ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’, Clint Eastwood, 1992), y que para muchos es el título más importante del género en muchos años, como si eso fuera algo representativo.

¿Los Coen?, domesticados

El que espere algo a la altura de ‘Muerte entre las flores’ (‘Miller’s Crossing’, 1990) o ‘Fargo’ (id, 1996) no lo va a encontrar aquí. La impresionante carrera de los hermanos Coen se terminó en 1998 con ‘El gran Lebowski’ (‘The Big Lebowski’) y, desde entonces, su cine, siempre de factura perfecta y a menudo con actores famosos y taquilleros, es mucho menos interesante. ‘Valor de ley’ es, en cierta forma, muy parecida a las siete películas que filmaron en la pasada década: una trama mínima y gélida, un personaje central con un papel muy agradecido (ya sea de comedia, drama, tragedia o sátira), una fotografía sensacional, una puesta en escena mecánica y previsible, una sensación global de que estos directores no se ponen el listón de la autoexigencia demasiado alto, un resultado final agradable y digno de ver, pero en modo alguno notable. El subversivo espíritu que animara ‘Arizona Baby’, la negrura visual y anímica que presidiera ‘Muerte entre las flores’, el existencialismo que brota por los poros de ‘Barton Fink’, la increíble mala hostia y crueldad con la que construyeron ‘Fargo’, han desaparecido de su cine. Ahora adaptan una novela, jurando por sus muertos (o casi, y jugando en mi opinión al despiste, para evitar siempre la temida palabra “remake”) que no han pensado en la primera adaptación en absoluto, y lo hacen con precisión pero sin alma

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Porque a estas alturas del negocio, los Coen se las saben todas, y filman como si respirasen. La magnífica dirección de fotografía de su habitual Roger Deakins, que lo mismo justifica una iluminación nocturna con la luz de la luna y el fuego del interior de una cabaña, que una diurna con el sol perfectamente en raccord o con el brillo de los copos de nieve, se suma al fenomenal diseño de producción de Jess Gonchor, en su cuarta participación con los Coen, que construye un universo western realista y minucioso. Los directores, por su parte, planifican con su brillantez habitual (propensos a la falta de espontaneidad, dada su obsesión por dejar todos los planos diseñados previamente, y de manera férrea, con un storyboard muy detallado), y el reparto está muy ajustado. Lástima que para estos cineastas, un western se limite a acentos marcados de paleto norteamericano, a caracterizaciones extremas y sin fuerza, y en general a arquetipos mil veces vistos con anterioridad y que jamás pueden erigirse en una nueva mirada a un género, simplemente en un ejercicio retro en el que no veo esa pretendida desmitificación ni realismo, porque es un western aséptico, con poco dolor, menos mugre y ninguna oscuridad, a pesar de la historia que cuenta.

Mattie Ross (interpretada con soltura y valentía por Hailee Steinfeld, aunque en mi opinión bastante inferior a la maravillosa Kim Darby de la película original) es una cría de inquebrantable fuerza de voluntad, que no parará hasta vengar a su padre, asesinado por Tom Chaney (aquí Josh Brolin, también bastante inferior a esa presencia brutal de Jeff Corey en el original), y que consigue convencer al granuja (alcohólico y de gatillo fácil) Rooster Cogburn para que cace al escurridizo criminal, acompañados ambos por el ranger LaBoeuf (un muy menor Matt Damon). De alguna forma, Rooster significaba una muy imperfecta figura paterna y LaBoeuf un hermano, y la dureza de la persecución terminaba uniendo fraternalmente a tres caracteres tan distintos. Por otra parte, el relato de Portis era apasionante en la forma y muy conservador en el fondo, con los rangers y los marshalls ejerciendo como héroes, con los bandidos castigados, con la venganza como forma de justicia, y con la niña sobreviviendo al viaje y creciendo como persona. Todo eso está en la película de los Coen, tal cual.

Como están, intactos, la mayoría de los diálogos originales, que tan bien salen de la boca de un Jeff Bridges en su recién asumida condición de actorazo legendario, al que le basta un gesto, una mirada, y ya tiene en el bolsillo a cualquier espectador. Su caracterización, con el parche y el vestuario, con su voz ronca por el licor, bastaría para muchos actores de menor valía, y él la explota al máximo, sabiendo que es un bombón de personaje. Repitiendo con los Coen tras su ya mítico El Nota, ni siquiera tiene que esforzarse demasiado, al igual que ellos. Es lo más destacado, junto con el humor negro, de una película incapaz de emocionar, en la que la consabida cabalgada final sabe a muy poco, en la que Mattie observa la aparente renuncia de Cogburn sin que le importe demasiado (y si no le importa a ella, a nosotros menos) o se encuentra cara a cara con el asesino de su padre o se enfrenta a una muerte casi segura, y apenas sentimos una desazón o una tensión, todo lo contrario que con Darby en la primera película. Pero ya la relación entre ella y Cogburn es increíblemente superficial, y jamás se llega a acceder a la verdad que encierra su compleja amistad. El cierre de la película nos confirma a unos Coen que por poco narran un cuento de hadas, incapaces de dotar de épica a una historia tan épica.

Conclusión

Diez nominaciones al Oscar para esta película me parecen, a todas luces, exageradas. No dudo que los merezca en disciplinas como la fotografía o la dirección artística, pero ya en guión adaptado, en dirección o en película, creo que la única razón de que esté entre las finalistas, como ocurre con ‘Origen’ (‘Inception’, Nolan) o ‘La red social’ (‘The Social Network’, Fincher), se debe a que tampoco hay mucho que nominar. ¿Alguien se imagina a alguna de estas compitiendo en 1991, disputándole el codiciado premio a obras maestras como ‘El silencio de los corderos’ (‘The Silence of the Lambs’, Demme) o ‘J.F.K., caso abierto’ (‘JFK’, Stone)? No es en absoluto una “mala película” (concepto que cada vez entiendo menos), pero se trata de un cine de escaso vuelo artístico, prediseñado, artificial, sin fuerza y sin demasiado interés. Ni una sola gran secuencia, ni una sola idea visual realmente poderosa. Los Coen han hecho lo que jamás creí que serían capaces: una película “bonita”.

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