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Encuesta de la semana | Cine y sexo

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Encuesta de la semana | Cine y sexo

Hoy va a ser un miércoles calentito. Aprovechando que mi compañero (estrictamente profesional) Alberto nos ha dejado su particular lista de los diez polvos de cine, he considerado conveniente centrar la encuesta de esta semana en el mismo tema. Si bien, para ampliar el abanico de posibilidades, y que las lectoras no tengan la oportunidad de tacharnos de simples o poco románticos, no vamos a limitarnos únicamente al sexo en la gran pantalla, incluimos también los besos más apasionados y los momentos más eróticos, así como las películas que han representado el acto de amar (o el follar). Podríamos haber añadido más categorías (amores platónicos o mejor masturbación) pero creo que con esas ya vamos muy bien servidos.

Como siempre, os aclaro que no es necesario contestar las cuatro preguntas, solo las que querías, y las opciones que os pongo son simples sugerencias, podéis añadir los actores y los títulos que queráis, no es un cuestionario cerrado. Sin más, vamos al lío, os invito a participar (en la encuesta):

Actualización: Terminó el plazo para votar. Gracias a todos los que habéis participado, en breve publicaré los resultados.

PD: Vamos pasando de la metáfora y la sugerencia al sexo explícito, ¿creéis que se está perdiendo el morbo?

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Walter Murch, el genio en la sombra

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Walter Murch (Nueva York, 1943), está completamente enamorado de su oficio. Basta oír el vídeo que he incluido encima de estas líneas para darse cuenta de ello. Pero también para darse cuenta de más cosas: de lo muy en serio que se toma el sonido en las películas, de su vasta cultura y sabiduría narrativa, y de su afabilidad y serenidad proverbiales, gracias a lo cual se ha ganado el respeto y la admiración de sus colegas de oficio y de los directores más importantes de su país. Pertenece a esa raza de individuos absolutamente geniales que siempre están a la sombra de los grandes focos mediáticos, aunque probablemente gran parte del mérito “técnico” (una expresión despreciada por muchos de manera tan absurda) en su más alta acepción: que todo aquello que el espectador necesita escuchar, aunque no lo sepa, está ahí, en las imágenes, y que el montaje es algo más que un corta-pega, para erigirse en verdadera herramienta visual.

Viendo su cara de tipo corriente, y escuchando su voz humilde y tranquila, no se imagina uno a este tipo enfrentándose a la inmensa hazaña de montar y sonorizar la ingente cantidad de material, el caos absoluto, que le llegó de la jungla filipina en 1978 con el nombre ‘Apocalypse Now’ impreso en las latas de celuloide, ni siendo parte indispensable de las imágenes convertidas en música de ese prodigio inexplicable que es ‘El paciente inglés’ (‘The English Patient’, Anthony Minghella, 1996). Ha conquistado esas cumbres, y otras, y lo ha hecho siempre al servicio absoluto de las historias que sus directores querían contar, sin crear un estilo propio identificable, ni nada por el estilo, pues al parecer para este hombre todo lo que huela a divismo por parte de un montador o un sonidista le tira de espaldas.

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'El paciente inglés', amores que matan

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'El paciente inglés', amores que matan

Quizás el cine sea un misterio incluso para los propios directores, y una vez que desentrañan ese misterio, como un acertijo interior, los que durante un tiempo hicieron trabajos mediocres o menores, deslumbran con una creación poco menos que sublime, impensable hasta ese momento por su trayectoria previa, aunque en ella puedan encontrarse trabajos estimables. Tal podría ser el caso del bueno de Jonathan Demme con su excepcional ‘El silencio de los corderos’ (‘The Silence of the Lambs’, 1991), o de Anthony Minghella con ‘El paciente inglés’ (‘The English Patient’, 1996), hasta el punto que resulta extraño e incluso irrelevante que ambos consiguieran el Oscar por ellas. Minghella, que había alcanzado un prestigio bastante notable en el teatro, la radio y la televisión británicas, sólo había dirigido dos largometrajes antes de presentarse con esta maravilla, y con ninguno de ellos había destacado especialmente. Una vez más se demuestra que para convertirse en un artista lo más importante es una pasión arrolladora, como la que Minghella experimentó cuando leyó la novela.

Ví por primera vez esta película hace muchos años, casi quince, y no pude explicarme qué extraña tensión psíquica produjo en mí, hasta el punto de olvidarme completamente de su historia y de quedarme atrapado en sus imágenes y sonidos. La he vuelto a ver (por segunda y tercera vez consecutivas) y me ha emocionado profundamente y de nuevo he vuelto a olvidarme de sus tramas secundarias y a quedarme atrapado en gestos, miradas, planos, cortes y movimientos. Como en la sinfonía de ‘Casino’ (id, Martin Scorsese, 1995) o en el barroquismo melódico de ‘Drácula de Bram Stoker’ (‘Bram Stoker’s Dracula’, Francis Ford Coppola, 1992), ‘El paciente inglés’ convierte una suerte de tragedia o melodrama en verdadera música. No incluyendo grandes temas orquestales en su partitura para manipular los sentimientos del espectador y para sonsacarle las lágrimas, sino convirtiendo los elementos sonoros y visuales más básicos en una partitura, en un todo armónico que se percibe como tal desde el subconsciente, y que se enrosca en el ánimo, elevándolo en un adagio que no deseas que termine nunca.

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