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Alfred Hitchcock: 'Frenesí', perversión y humor

Alfred Hitchcock: 'Frenesí', perversión y humor
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-¿La violó antes de asesinarla?
-Efectivamente, no hay mal que por bien no venga

En la época en la que Alfred Hitchcock hizo ‘Topaz’ (id, 1969) quería llevar al cine un proyecto, entre otros, sobre un asesino psicópata de extraña relación con su madre. El film llevaría el título de ‘Frenesí’, pero su dureza y las similitudes con su mítica ‘Psicosis’ terminaron por convencerle de lo contrario. Hasta que cayó en su manos una novela titulada ‘Goodbye Piccadilly, Farewell Leicester Square’, de Athur La Bern, y que enseguida vio que cuadraba con su estilo, y terminó por ponerle el mismo título que el anterior proyecto.

Lo que tenemos aquí es probablemente la película más retorcida del maestro del suspense, un film lleno de una violencia extrema, con un asesino psicópata que viola y estrangula a sus víctimas, mujeres, ofreciendo a Hitchcock la posibilidad de sacar lo peor del ser humano, con diálogos de una fiereza, como el apuntado arriba, y que a día de hoy sería prácticamente imposible dejarlos en una película. ‘Frenesí’ representa la vuelta a Inglaterra por parte de su director, demostrando estar en más forma que nunca, al firmar la que sería su última obra maestra.

El film es una muestra más del genio de su autor, esta vez con la libertad que los años setenta representaron para mucho del cine que se hizo. En el mismo mezcla suspense, violencia, sexo y humor con un sorprendente equilibrio que lleva al espectador por una montaña rusa de emociones encontradas. ‘Frenesí’ da comienzo con el típico travelling descriptivo de su director sobre el Támesis, en cuya orilla hay un concentración de gente en un discurso, para acto seguido descubrir el cadáver de una mujer desnuda flotando en el río con una corbata alrededor del cuello.

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El falso culpable

A los comentarios de si Jack el destripador ha vuelto, que encuentra respuesta de que él las habría descuartizado, o un ministro preguntado si la corbata no es la que usa él en el club –detalles de humor inteligentemente insertados que advierten del tono que tendrá el film−; Hithcock corta el plano para mostrarnos a Blaney (Jon Finch), atándose una corbata y mostrando un carácter bastante antipático con todo el que le rodea. Hitchcock ha logrado que pensemos que él es el asesino, para al poco demostrarnos que estamos equivocados, el asesino es una de las personas más simpáticas del barrio londinense donde tienen lugar los acontecimientos.

De esta forma uno de los elementos más comunes en la filmografía del director británico, el del falso culpable, se pone en bandeja a un espectador que enseguida descubrirá al culpable en una de las secuencias shock más estimulantes e impactantes del cine de su autor, y por ende, de la historia del cine. Aquella en la que asesina a la exmujer de Blaney (Finch), pasando éste a ser el principal sospechoso de la policía. Con esa especie de enfrentamiento argumental, por así llamarlo, Hitchcock muestra todo un diabólico juego sobre la inocencia, la culpabilidad, los depravados deseos ocultos, enfrentando continuamente hechos siniestros con la cotidianidad de la vida londinense.

Dicho hecho queda marcado por el segundo asesinato, el de la amante de Blaney, y que es narrado fuera de campo, con esa cámara que sale lentamente del edificio en el que vive Robert Rusk –el asesino al que da vida Barry Foster en un papel que era para Michael Caine−, y cuyo plano final es absolutamente impresionante. Una calle de Londres, con su ajetreo diario y tras una de las ventanas que se ven, se está cometiendo un acto atroz. Contrastes que sólo le ocurrían a Hitchcock, quien además era capaz de llenar de sarcástico humor una película con un tema tan grave.

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El humor como bálsamo

Al respecto cabría citar el poderoso instante del camión, en el que Rusk debe recuperar de un cuerpo una prueba que le incrimina como autor de los crímenes. Una portentosa secuencia, larga, y que parte de su “olvido”, instante en el que Hitchcock aprovecha para “encerrar” al personaje entre sombras que simulan los barrotes de una cárcel, mostrando así la amenaza que se le vierte encima. Ya dentro del camión, el cual transporta además de patatas, un cadáver, el director logrará que el espectador empatice con nada menos que el asesino, al que no queremos que pillen.

Cuando uno menos se lo espera, Hitchcock introduce al personaje Oxford (Alec McGowen) inspector de policía que debe resolver el caso mientras sufre las experiencias culinarias de su esposa. Dos conversaciones entre ellos, en su piso, con un prodigioso sentido del ritmo interno, ofrecen un humor calmado pero desternillante, mientras la esposa se convierte en los ojos y voz del espectador, al utilizar la lógica en la resolución de los asesinatos y la identidad del verdadero asesino. Con ellas además Hitchcock empareja de forma retorcida asesinato y comida, una relación presente a lo largo de todo el film, como si lo primero fuera también una necesidad humana.

Blaney parecerá, a los ojos de los demás personajes, como un auténtico culpable, y todo porque su carácter es ser un mal educado. Todo hasta la última secuencia del film incluida, tras el rápido juicio para el que Hitchcock ha estado preparando al público mostrando que efectivamente parece culpable, con el dato de que sabemos que no lo es. Un simple acto, un gesto, que el inspector observa apareciendo detrás de una puerta, basta para cambiar la perspectiva sobre alguien, y que los prejuicios sean tirados por tierra en el final más contundente y seco de la filmografía de su director.

La película sería un éxito considerable. A los cuatro años Hitchcock firmaría su último trabajo.

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