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'El expreso de Corea', un trueno continuo

'El expreso de Corea', un trueno continuo
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Un veterano de la guerra de Vietnam, el mayor Charles Rane (William Devane) regresa a casa, pero pronto verá como una peligrosa amenaza altera su vida común con su família y emprenderá un peligroso y violento periplo lleno de sangre y venganza en el que será ayudado por un antiguo compañero soldado (Tommy Lee Jones) y una mujer sin rumbo (Linda Haynes).

Eran, desde luego, otros tiempos. Una película, absurdamente titulada aquí por cierto y uno de los clásicos de traducción delirante más tremendos de nuestro idioma, como 'El expreso de Corea' (Rolling Thunder, 1977) es tristemente inimaginable en el marco actual del cine, en el que parecen primar más la cobardía, los lugares comunes y las estúpidas promesas de lo agradable sobre historias que más bien exigirían todo lo contrario: lo turbio, lo oscuro, lo repudiable y lo que tenga capacidad de mover al espectador hacia lugares donde no se sienta bien.

Pero, como decía, eran, desde luego, otros tiempos. El cine norteamericano se había vuelto loco, y no hacía falta firmar grandes superproducciones para que una película gozara de una distribución, aunque no demasiado masiva si razonable, y se fuera convirtiendo, con toda justicia, en un clásico del llamado cine de culto, cuando aún esa etiqueta tenía sentido, al menos en el sentido estrictamente industrial del término, aquel que hacía referencia a unas condiciones de producción y recepción concretas.

Esta película la dirigió John Flynn y entre los que firman su guión figura el polémico, entonces osado y muy enloquecido Paul Schrader. No resulta, por otra parte, demasiado complicado encontrar los rastros de Schrader, entonces todavía recién salido de la escuela de cine y con una labor crítica inteligente y del todo encomiable, siendo uno de los escasos ejemplos que hay en los Estados Unidos de un crítico de nivel intelectual alto que luego tuvo una larga carrera en el medio.

Schrader lo que está haciendo aquí es una versión nada encubierta de 'Grupo Salvaje' (The Wild Bunch, 1968) película que en su momento apreció por todo cuanto en ella había de humano, es decir, de hombres abandonados a su suerte que aprendían a escoger entre lo justo y lo injusto en unos términos de honor donde quizás eso ya no tenía sentido. Pero a Schrader le interesaban mucho los veteranos enloquecidos de Vietnam, a los que convertía en una mezcla, a veces lograda y otras indigesta, de antihéroe camusiano y personaje bressoniano, lunáticos al borde del western que narraban con voz en off. Por otra parte, hay una concesión al género más tradicional pero también de un modo inusual, dado que la historia de amor con Linda Haynes, en el papel de habitual damisela rendida a los misterios insondables del alma masculina, es de lo más distante, aséptica y desapasionada posible, siendo prácticamente autista y haciéndola más verosímil.

Aquí estas influencias no están, o están ocultas o han desaparecido, y todo ello está ayudado por una inexpresiva interpretación de un magnético William Devane. Lo que quiero decir es que el personaje no habla, no mueve un músculo y todo lo que sabemos de él es por brutales flashbacks donde recordamos el dolor de su guerra. La dirección de Flynn opta por escenarios de iluminación natural, por un naturalismo expresivo, que a veces se traduce en prescindir del trípode y otras en dar a los planos generales un sentido casi documental - como la llegada del protagonista al aeropuerto - del todo adecuado.

Porque esta es una historia de dolor, de cosas que nunca se dejan atrás. Nada satisfactorio sucede al final de esta historia, que en términos digamos meramente argumentales es el relato de una venganza, pero que además recupera el sentido original de la venganza, que es el de comprobar como el reguero de sangre conduce a una catarsis dramática que nunca es una solución moral o una verdadera historia de heroísmo. El héroe trágico se equivoca muchas veces y nunca ha alcanzado la felicidad a su regreso - de hecho, ahí el laconismo de Schrader, necesita la guerra, la muerte, el dolor. La imagen perdurable del protagonista, con su garfio y su escopeta, proporciona un icono de la sesión doble que comenzaron la larga adoración que ha recibido esta película, de manera justa y el descubrimiento de Tommy Lee Jones, aquí joven pero ya con sus hábitos del todo inexpresivos fue también notorio. La escena en la que Rane convoca a su amigo para el asesinato está cargada de una turbiedad impresionante, siendo al mismo tiempo macarra y naturalista, un registro que la película conquista con una facilidad aparente.

Esta película olvidada y valiente, llena de sombra y rabia, nos ofrece además una figura incómoda para un imaginario, el de finales de los setenta, que quiso representar todas las consecuencias específicas que tuvo una contienda bélica en un país en el que la política (también la exterior) quedó desacreditada y se rompieron los sueños de administraciones previas con un escupitajo. En ese sentido, es también un testimonio formidable sobre como tras la guerra no hay aplauso, ni gloria, ni descanso: a estos héroes solamente les queda, otra vez, la guerra.

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