‘Solo nos queda bailar’: un conmovedor y prodigioso drama iniciático que explora el amor y la danza

‘Solo nos queda bailar’: un conmovedor y prodigioso drama iniciático que explora el amor y la danza

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‘Solo nos queda bailar’: un conmovedor y prodigioso drama iniciático que explora el amor y la danza

En un momento de ‘Solo nos queda bailar’, el duro profesor del protagonista afirma que la danza georgiana no solo es vueltas y músculo sino "el espíritu de la nación". En este momento, se codifica el juego que lleva la obra para exponer** la relación entre la cultura del arte y la de los ciudadanos**, revelando el marco de una nación con tolerancia cero para la homosexualidad. El concepto de pureza también aparece en las lecciones.

Una pureza y masculinidad que debe ser expresada con lenguaje corporal. Entre otras exigencias, el baile requiere una condición física excelente, pero, sin embargo, y no por casualidad, la película muestra a unos alumnos que fuman y beben en exceso y tienden a trasnochar y llegar de empalmada a los ensayos, transgresiones de juventud que no parecen nunca tan graves como la feminidad en los movimientos, puesto que la sociedad georgiana es heterosexual militante.

And Then We Danced

Los padres del director Levan Akin son georgianos y este estuvo en Tbilisi muchas veces mientras crecía. Cuando los participantes de un pequeño desfile del orgullo gay en 2013 fueron salvajemente atacados por grandes multitudes alentadas por la Iglesia Ortodoxa, decidió profundizar en la situación de esas personas. Puede que no lo tuviera en cuenta, pero en las manifestaciones de 2018 hubo hasta 20.000 personas bailando en la calle, convirtiendo la danza en un acto político.

Georgia, danza y homofobia institucional

La historia arquetípica de iniciación que cuenta Akin se centra en Merab (Levan Gelbakhiani), un bailarín muy ambicioso que busca llegar a la excelencia "por todos los medios", el estilo de Miles Teller en ‘Whiplash’ (2014). A diferencia de lo que puede parecer a simple vista, la danza tradicional en Georgia es una forma de expresión hipermasculina, que gira sobre la rigidez y la fuerza. Como David (Kakha Gogidze), el severo y agresivo tutor de Merab recuerda a sus alumnos: "no hay sitio para la debilidad en el baile georgiano".

El problema de Merab, es que no es tan masculino como sus compañeros, y su feminidad, por extensión, se percibe como fragilidad. En esas llega un nuevo bailarín y explota su verdadera naturaleza sexual, a pesar de estar “saliendo” con Mary, su compañera de baile desde los 10 años. La forma en la que todo esto ocurre es tan delicada y orgánica como la de ‘Call me by Your Name’ (2017) pero, con todo el respeto por el film de Guadagnino, en ‘Solo nos queda bailar’ es mucho más creíble y significativa.

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Lejos de contarnos una simple historia de amor y de florecimiento sexual, el entorno de Merab está tan bien emplazado y dispuesto en la película que la inmersión emocional es absoluta, Akin cuenta la historia con un fuerte sentido de autenticidad, tanto en las animadas sesiones de ensayo como en las noches de fiesta. Cada escena funciona junto a la anterior para construir una sólida estampa de una sociedad en la que los roles masculinos y femeninos están fuertemente definidos, y cualquier variación es inaceptable.

Un prodigioso relato de amor y destino

El relato de Saza, un bailarín que fue “sacado del armario” y enviado a un monasterio, para terminar haciendo la calle, deja clara la perspectiva vital que tiene el aceptarse a uno mismo en el país, y esa restricción mental entra en conflicto directo por el júbilo irracional del primer amor, con lo que la lucha de Maleb contra sí mismo implica una gran variedad de capas. Al quid dramático del destino de los hombres homosexuales como él en Georgia se une la falta de perspectiva profesional dentro de un mundo durísimo como es la danza.

Las decepciones, los descubrimientos, el esfuerzo, el amor, el sexo, la amistad, la familia. Todo en ‘Solo queda bailar’ está a flor de piel y explota en un cúmulo de remolinos emocionales devastadores y preciosos que acaban con una lírica expresión física que une la belleza plástica del particular estilo georgiano con la expresión de Merab que solo nosotros entendemos en toda su dimensión. Un clímax minimalista, catárquico y agridulce que redondea un film que encuentra lo prodigioso en su sencillez.

A diferencia del cuento de hadas romántico burgués, y algo autocomplaciente, de ‘Call Me by Your name’—con todo, una película estilísticamente superior— ‘Solo nos queda bailar’ es mucho más sincera, rotunda y atrevida a causa del emplazamiento de la historia y la riqueza de significados en cada acto, hasta casi convertirse en un manifiesto revolucionario que denuncia la hegemonía homofóbica del propio arte que quiere abrazar por el valor de su arte y no por su tóxica e inútil interpretación de la tradición. Una película obligatoria.

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