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'El invisible Harvey', la mágica locura

'El invisible Harvey', la mágica locura
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Cuando hace unos días os hablaba de ‘Abyss’, la excelente película de James Cameron, subrayaba el hecho de que era un trabajo que recordaba aquellos años en los que el espectador poseía una inocencia que se ha ido perdiendo con el paso del tiempo. ‘El invisible Harvey’ (‘Harvey’, Henry Koster, 1950) es una película que funciona como perfecto ejemplo de ello, una de esas cintas clásicas que permanecen incólumes al paso del tiempo, y que paradójicamente también es una de esas películas que no podrían hacerse en estos tiempos. Existió un proyecto por parte de Steven Spielberg para realizar un remake de la misma, el único director vivo que podría acercarse a esta historia sin temor a estropearla. Sin embargo el Rey Midas parece que ya no está asociado al proyecto, y aunque éste continua pululando por los despachos de Holllywood en busca de un loco —nunca mejor dicho— que quiera hacerse cargo de él, todo indica a que dicho remake puede que tarde en ver la luz.

No seré yo el que se queje en caso de que el remake no vea jamás la luz —dejadme soñar, por Dios, qué es gratis— pues ‘El invisible Harvey’ —redundante título del original— es una de esas cintas que pueden disfrutarse una y otra vez descubriendo en cada visionado cosas nuevas. Su director Henry Koster será siempre recordado por ser el firmante de ‘La túnica sagrada’ (‘The Robe’, 1953), la primera película estrenada en Cinemascope, formato que supuso toda una revolución para el medio. Sin embargo la valía de Koster hay que encontrarla en films como ‘La mujer del obispo’ (‘The Bishop´s Wife, 1948), de la que sí hay un horrible remake, o la que nos ocupa.

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Tomando como base la obra teatral de Mary Chase, ‘El invisible Harvey’ narra la historia de Elwood P. Dowd, bebedor, bondadoso y con un amigo muy peculiar: un conejo invisible de dos metros de altura con el que va prácticamente a todos lados, presentándoselo a todo el mundo. Esto supone una gran problema para la hermana de Elwood, Veta Louise, quien quiere casar a su hija y Elwood termina estropeando toda reunión social gracias a su peculiar amigo. Veta deciden entonces recluir a su hermano en un sanatorio mental donde se produce una desternillante situación, confundiendo al loco con un cuerdo y viceversa.

Precisamente ése es uno de los grandes aciertos de ‘El invisible Harvey’, el juguetear con el mundo de la locura y la cordura a través de la sorprendente existencia de un conejo gigante. En la película nada es lo que parece y aunque en determinados momentos podamos presenciar puertas que se abren solas, en realidad nunca llegamos a saber claramente si Harvey existe o simplemente es un invento en la mente de un hombre. La primera interpretación sería demasiado facilona, demasiado evidente y me juego algo a que será la elegida a la hora de realizar el remake en estos tiempos en los que la sutilidad no interesa. Pero la segunda da lugar a mucho juego, si Harvey es una invención, es una maravillosa invención que influye en todo aquel que se acerca a Elwood.

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Es imposible no sentirse fascinado por el personaje al que da vida un increíble James Stewart. Elwood tiene tintes caprianos y la esencia de su ser se resume en una línea de dialogo que él mismo recita al recordar a su madre dándole un consejo para vivir en este mundo, o ser muy listo o ser agradable. Elwood eligió ser agradable, y ésa es la razón de su éxito o sin ir más lejos, del hecho de que no esté bajo observación médica. Su extrema amabilidad hace que todo el mundo le acepte de buen grado, interesándose por él y Harvey, al que incluso llegan a envidiar. En cierto modo, algunos se sienten contagiados de la filosofía de Elwood, como su hermana quien llega a hablar de Harvey como uno más en la familia. O también el director del sanatorio mental, que pasa de la total rectitud a estar completamente fascinado por Harvey, o tal vez porque se ha contagiado del buen humor de Elwood.

‘El invisible Harvey’ tiene un gran poder de sugestión, algo muy difícil de alcanzar, sobre todo en una historia de estas características. Es como si Koster jugase todo el rato con el espectador. ¿Existe Harvey o realmente queremos que exista y nos contagiamos de la mágica locura de Elwood? ¿Quién está más loco, Elwood o aquellos que no ven más allá? ¿El director también se ha vuelto loco? ¿Vuelve Harvey con Elwood porque ha cumplido el deseo del director o simplemente prefiere a Elwood? Todas esas preguntas están sujetas a nuestra libre interpretación y he ahí el máximo acierto del film además de unas inspiradas interpretaciones donde destacan James Stewart, cómo no, en uno de sus papeles más recordados, y Josephine Hull que se llevó un merecido Oscar por su interpretación.

Una maravillosa película que a cada nuevo visionado parece querer decir que existe un lugar en el que cordura y locura se dan la mano. ¿Será allí donde Harvey existe realmente? A mí me gusta pensar que sí.

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