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'Night of the Eagle', arde, bruja, arde

'Night of the Eagle', arde, bruja, arde
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Dentro de poco se editará en DVD en nuestro país una joya de Jacques Tourneur —uno de esos directores que merecerían un revisionado completo de su obra para que no caiga en el olvido—, 'La noche del demonio' ('Night of the Demon', 1957), magnífica muestra del cine de su autor, que mezclaba muy inspiradamente el Film Noir —en el que su director destacó con obras maestras como 'Retorno al pasado' ('Out of the Past', 1947)— con el género de terror, concretamente en una vertiente poco explotada en aquella época, el satanismo. Dicho film tiene entre otras particularidades, el ser una de las películas más influyentes del género. Y precisamente, una de las obras en las que más se nota su sombra es este 'Night of the Eagle', que dirigió en 1962 el poco conocido Sidney Hayers.

Hayers fue un realizador prolífico sobre todo en televisión, en cuyo campo dirigió numerosos episodios de un buen montón de serie conocidas de los años 60, 70, y 80, nada menos. En cine consiguió cierto prestigio por films como el que nos ocupa, que fue distribuido en los USA por la American International Picture —la respuesta americana a la mítica Hammer Films—, y que cuenta en sus créditos de guionistas con Richard Matheson, del que ya hemos hablado con anterioridad. Curiosamente el autor de 'Soy leyenda' no suele mencionar este trabajo cuando se le pregunta por su aportaciones al séptimo arte.

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Anotemos que la película es un adaptación de la novela 'Conjure Wife' de Fritz Leiber Jr., que conoció tres versiones cinematográficas, siendo la que nos ocupa la segunda de ellas, y también la más destacable. La sinopsis nos cuenta cómo un hombre, Norman Taylor (Peter Wyngarde) de ciencia que no cree en cosas como la brujería o los fenómenos paranormales se irá dando cuenta de que tal vez las cosas no son como él pensaba, cuando descubre que está casado con una mujer, Tansy (Janet Blair) que afirma ser una bruja, la cual pone en práctica una serie de conjuros que hacen que la vida del matrimonio sea apacible y provechosa. Norman no puede creer que sus éxitos como profesor sean producto de supersticiones.

De esta forma el personaje central recuerda al interpretado por Dana Andrews en el film de Tourneur, aunque 'Night of the Eagle' luego va por otros derroteros, muy cercanos al drama psicológico y el cine de suspense. Uno de sus aciertos es mimar, por así decirlo, con mucho tacto la ambigüedad del relato, en el que hasta llegar al tramo final no sabremos si realmente todo es producto de la brujería, o por el contrario, Tansy está loca y obsesionada con el tema debido a un viaje que hizo a Jamaica. Hayers va introduciendo poco a poco elementos visuales, esclarecedores y muy sutiles que conducirán hacia el clímax del relato, lleno de acción y sorpresas varias. En ese aspecto es encomiable la tensión que se va produciendo en la historia, producto del perfecto ritmo del film. Eran años en los que el cine británico demostraba sus superioridad en el terreno fantástico, género en el que además demostraban una gran capacidad de síntesis, palabra que parece haber desaparecido del diccionario de los actuales directores y guionistas.

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Cuando el film presenta todas sus cartas, coincidiendo con la ruptura de creencias por parte de Norman, se producen dos cambios trascendentales en el film. Por un lado, observamos que Norman, siendo un hombre muy inteligente —dicha inteligencia le lleva a descubrir al verdadero culpable de todo—, se siente superado en todo momento por algo que no entiende y en lo que no cree, a pesar de que ya tiene evidencias para hacerlo. Esto curiosamente le lleva a no ser precisamente el héroe de la función, un riesgo que no se tomaban en otras producciones similares. Por otro lado, el film abre todo un catálogo de fantasía al concentrar la furia de la bruja malvada en un águila de piedra que cobrará vida ante los atónitos ojos de Norman, y sobre todo del espectador. Atención a los efectos visuales de ese tramo, absolutamente eficientes y asombrosos por sencillos.

Si algo le achaco al film es su repentino y quizá algo forzado final, en el que se piensa más en el espectador que en la coherencia de la historia. Hubiese sido mucho más interesante que cierto personaje se hubiese salido con la suya, pero los productores saben que el espectador está enamorado desde siempre de los finales felices. Con todo, esto no perjudica considerablemente una cinta llena de apuntes originales, y momentos de gran intensidad, como aquel en el que una foto de Norman cae por accidente en el fuego de una chimenea, provocando una inquietante locura en su esposa, que se altera ante un inminente peligro, mientras el espectador se debate entre la incredulidad y la fe.

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