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'Amor y letras', literatura cursi

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Jesse Fisher (Josh Radnor), encargado de las admisiones en una prestigiosa institución universitaria neoyorquina, acude a la jubilación de un antiguo profesor suyo (Richard Jenkins) y conoce a una joven estudiante, Zibby (Elizabeth Olsen) por la que comienza a sentir un interés romántico.

La segunda película como director de Josh Radnor es un poco menos tópica que la primera que hizo, 'Happythankyoumoreplease' (id, 2010) pero eso apenas indica nada: la leve mejoría se ve, de nuevo, desvirutada por un guión repleto de personajes planos y situaciones menos interesantes de lo que deberían.

Radnor acude, de nuevo, a la vocación literaria (o a una parte de ella) para construir su película y presenta a un alter-ego, un treintañero en una crisis vital, muy a la manera de los antihéroes que pueblan el cine de Woody Allen. Sin embargo, entre la generación de Allen, marcada a fuego por la liberación sexual, y la de la bajona y antidepresivo hay una distancia: la fascinación profesor-alumna nunca termina en encuentro sexual y todo se mantiene en el marco de la moralidad vigente.

'Amor y letras' (Liberal Arts, 2012) quiere ser muchas cosas: un poco una película otoñal de Richard Linklater, otro tanto una más ajustada al molde de Zach Braff, otro actor televisivo que ha probado suerte en la gran pantalla. Pero no consigue el tono de ninguna de las dos, en parte porque ninguno de sus personajes parece vivir en un universo remotamente verosímil.

Para empezar, acudamos a la encantadora Elizabeth Olsen, que presta toda su simpatía para hacer más creíble un personaje femenino que no solamente parece dispuesta y encantada de lanzarse a un desconocido con todo tipo de atrevidas maniobras sino que, glups, no ha tenido experiencia previa.

Radnor es un elitista, somos dichos. Hay un personaje muy interesante, el del alumno extraviado y depresivo, que lee, claro está, 'La broma infinita' del (talentoso) escritor David Foster Wallace (cuyo suicidio recuerdo todavía con viveza y algo de melancolía). Pero más allá de eso, no sabemos en qué consiste su elitismo: bueno, si, el de amar la literatura y desprestigiar 'Crepúsculo' (hasta después de leerlo!) para hacer sentir mal a su, por otra parte, educada y adoradora estudiante.

Las mujeres lo esperan: responden perfectamente a las necesidades de su personaje para avanzar, en ningún momento vemos una tensión individual frente a su yo. Y eso es un problema de la película que, por no irnos del referente, Allen tuvo la inteligencia de convertir en el propio tema de la película: el ego de los personajes de Allen termina cansando a sus ficticias mujeres, algo que aquí no sucede.

Se agradecen, no obstante, las buenas intenciones: la película habla de la aceptación de la edad pero pone a sus personajes a hablar de lo que les sucede. De repente, Zibby, aparece para dar la metáfora sobre su propio capricho ¡con tan solo unos meses de distancia! ¿Y qué decir del flirteo con la librera, que termina en un discurso, de buenas intenciones, sobre el futuro compartido?

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Agradezco, y esto es quizás lo más refrescante de su propuesta, que Radnor quiera hacer una película que funcione como respuesta a una generación alérgica a la madurez, pero no ha encontrado las corrientes dramáticas para que su historia sea verosímil primero y relevante después.

En breves y memorables roles, aparecen Allison Janney, como una desencantada profesora de literatura romántica y Zac Efron, siendo ambos lo mejor de una función sin energía o capacidad observacional, dos defectos lo suficientemente notorios como para quitar interés alguno a los personajes y a la historia y sus posibilidades.: antes que a una invitación a recuperar la literatura romántica, estamos ante un ejemplo, cinematográfico de la literatura cursi, aquella que no toma riesgos ni explora miradas más allá de lo establecido. Tanto mi compañera Lucía Lucía como Sergio fueron bondadosos con la película.

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