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'Camino a la libertad', cine grande, cine de verdad

'Camino a la libertad', cine grande, cine de verdad
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Un tipo como Peter Weir (Sidney, 1941) no se lleva en el cine mainstream actual. En realidad es una rareza en el cine maistream de las últimas décadas. Y no debería ser así. Debería ser la norma. Los productores deberían hacer realidad los proyectos para directores como él, y los espectadores deberían estar educados en su destreza audiovisual. Pero así están las cosas, con el cine de género en manos de videocliperos enfarlopados que no saben hacer otra cosa que pegar planos, a veces demasiados por minuto, para ocultar sus carencias, y con proyectos para chavales más acostumbrados a jugar a la consola (conste que yo estoy enganchado a cierto juego de la PS3) que a ver cine de verdad. Sin embargo, vuelve Peter Weir ocho años después de la estupenda ‘Master and Commander: Al otro lado del mundo’ (‘Master and Commander: The Far Side of the World’, 2003), siendo fiel a sí mismo, y eso hay que celebrarlo, me parece. Algo así como un oasis que bien vale acercarse al cine en peregrinaje.

Porque vuelve con una película tan emocionante e intensa como cabría de esperar, que contiene algunos de los mejores momentos del cine de aventuras (el cine maltratado y pisoteado por excelencia, a la vez que ha caído en un estúpido descrédito) de los últimos años, y que confirma a Weir, una vez más, como un artesano de gran valía, capaz de enfrentarse a proyectos muy distintos y casi siempre con éxito, último superviviente de la gran generación de directores australianos (George Miller, Bruce Beresford, Philip Noyce...) y poseedor de un estilazo dirigiendo que ya quisieran muchos supuestos grandes directores que ganan mucho más dinero con sus películas, pero que no aportan absolutamente nada al cine. Supongo que ‘Camino a la libertad’ (‘The Way Back’) no hará mucho dinero, pero sus ciento treinta y tres minutos de angustia y viaje penoso se los traga uno con placer, y todavía quieres más.

A Weir le importó bien poco que el libro de Slavomir Rawicz (‘The Long Walk’) fuera cuestionado por algunos ex-convictos del mismo gulag de Siberia. Quedó enamorado de la historia, regresó a su oficio después de narrar tan bien las aventuras de Jack Aubrey, y se puso a filmar en localizaciones tan dispares como India, Marruecos, Bulgaria y Australia, con un grupo de técnicos y de actores formidable, y terminó la película a finales de 2010. El guión que escribió con Keith R. Clarke ya era de una solidez irrefutable, pero su puesta en escena, su traslación a imágenes, creo que no podría haberse hecho mejor a partir de ese material. Nos metemos con admirable rapidez en la increíble peripecia de los presos fugados de un temible gulag soviético, en 1941, que se vieron obligados a atravesar a pie centenares de kilómetros casi sin esperanza. Y nos metemos en la piel de más de media docena de personajes apasionantes, increíblemente vivos y plausibles, que vuelven a contarnos que a veces es más fácil echarse a morir que continuar viviendo.

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Ocho caminantes

Del gulag soviético, que nos trae reminiscencias de algunas de las mejores películas de evasiones bélicas, se escapan siete hombres. Es mérito de Weir que, muy al contrario de lo que se considera necesario en el cine actual, él no cuenta demasiadas cosas acerca de cada uno de ellos hasta que no queda más remedio que saberlo para hacer avanzar la trama. Es decir, que no explica, sino que muestra, no es obvio, sino que confía en la paciencia y el interés del espectador más valioso. Sólo así consigue mantener el interés hasta que va dejando caer rasgos de personalidad de cada uno de ellos, poco a poco, disfrutando de ese desvelamiento como disfrutamos los espectadores. Al mismo tiempo, queda desterrado de la pantalla todo rastro de lugar común. Y nada de sentimentalismo barato. Y cero clichés del cine épico. La cámara siempre a la altura de la mirada humana, sin alardes ni salidas de tono de ninguna clase, sin grúas innecesarias, empleando el scope a lo grande, dejando que los actores creen el ritmo y el espacio, creyendo en la historia y en el receptor de la historia.

Nos movemos en un mundo cruel, en el que el comunismo parece campar a sus anchas, aniquilando más gente y más libertades que el fascismo, y en una naturaleza despiadada, que no entiende de héroes ni de buenas personas. En ese mundo, los compañeros evadidos lucharán contra el hambre y nosotros aprenderemos lo importante que es el agua potable. Y es muy de agradecer que Weir sólo emplee la estupenda música de Burkhard von Dallwitz en contadas ocasiones, nunca para hacer un subrayado, y sí para apoyar de manera muy elegante los sentimientos de los personajes. Entre ellos, el guía, Janusz, interpretado con gran solidez por el casi desconocido Jim Sturgess, o el cínico y silencioso americano interpretado con genio (cómo no) por el gran Ed Harris. Pero todos son grandes personajes, desde el macarra y peligroso asesino ruso Valka, al que encarna con gran talento Colin Farrell (ya va siendo hora de que alguien diga lo gran actor que es el irlandés), al resto de compañeros, con especial mención para Saoirse Ronan, que clava el único papel femenino.

La formidable fotografía de Russell Boyd, y el ajustado diseño de producción de John Stoddart, terminan de redondear la propuesta. Merece, y mucho, la pena, acercarse a cine a ver esta historia, y pasar frío y hambre (y mucho calor en el desierto) con unos personajes tan reales como la vida misma, que le roban la cena a unos lobos hambrientos, y que se arrastran como serpientes para encontrar agua, y que aún así mantienen su dignidad, se enfrentan a sus dolorosos errores del pasado, perdonan a los seres queridos que les fallaron y les dejaron en la ruina anímica. Una verdadera odisea que llega a asfixiar y a extenuar, pero que elevan y engrandece a quien la ve.

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