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Ciencia-ficción: 'Five' de Arch Oboler
Críticas

Ciencia-ficción: 'Five' de Arch Oboler

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‘Five’ (id, Arch Oboler, 1951) pertenece a ese grupo de películas de ciencia-ficción de los años cincuenta que ha caído en un injusto olvido, a pesar de lo más que interesante de su propuesta, una de las más logradas cintas acerca de las consecuencias de una hecatombe nuclear. De hecho estamos ante el primero de una larga serie de películas que, a lo largo de la historia del cine, se han acercado ante uno de los miedos más grandes de la humanidad, al menos en aquellos años, teniendo muy cerca el recuerdo de lo ocurrido en Hiroshima.

Escrito, producido y dirigido por Arch Oboler —desconocido director que también posee algunas películas dentro del Film Noir—, el film contó con un muy ajustado presupuesto de 75.000 dólares, aprovechado hasta el último centavo. Cinco actores completamente desconocidos, filmación por entero en exteriores —incluidas las tomas de una ciudad desértica, realizadas a las cinco de la madrugada—, y toda una serie de reflexiones acerca de la condición humana en situación límite. El resultado es un extraordinario film, con toques de terror, y que se apartaba por completo de lo que realmente se hacía en el género en aquellos años.

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Solos en el mundo

‘Five’ da comienzo con panorámicas de diferentes ciudades del mundo, todas capitales importantes; sobre ellas se efectúa un muy discreto truco de montaje, pero muy efectivo, con una especie de nube negra que simula el desastre mundial. A continuación, el único personaje femenino de la función, Roseanne (Susan Douglas), una mujer embarazada, camina perdida por un desolado paisaje, yendo a parar a una casa apartada —la propia casa del director, construida por nada menos que Frank Lloyd Wright— en la que se encontrará con Michael (William Phipps), otro superviviente. Michael, de abierto carácter pesimista, piensa que nadie más queda vivo. Pronto descubrirá que está equivocado.

Con la aparición de dos nuevos personajes, el cajero de banco Mr. Barnstaple (Earl Lee), y el portero del mismo lugar, Charles (Charles Lampkin), los cuatro supervivientes intentarán formar una comunidad en la que el respeto y la comprensión es lo primero —a pesar del más que lógico intento de violación de Michael a Roseanne, atrevido detalle de guion que aplica verosimilitud al relato—. En un paisaje desolador, en el que la vida parece haber desaparecido por completo, reinará la armonía, hasta la aparición de un conflicto en forma de quinto superviviente: Eric, un montañero, que tras escalar el Everest se encontró con la desgracia mundial, y comenzó un largo periplo desde Asia hasta Estados Unidos.

A pesar de lo extraordinario de la historia de Eric —James Anderson anticipándose con un personaje malvado al que realizó años más tarde en la imprescindible ‘Matar a un ruiseñor’ (‘To Kill a Mockingbird’, Robert Mulligan, 1962) —, ésta resulta perfectamente creíble cuando es relatada por el propio personaje en uno de los abundantes monólogos que pueblan el film. En el rostro del actor podemos ver reflejado el horror a la soledad durante tanto tiempo, siendo testigo además de la muerte que puebla todo el planeta. Ingeniosa forma de anticipar lo que será un comportamiento vil y mezquino, cuando no ayudará en el trabajo colectivo, y sólo le mueva el saber si hay supervivientes en las ciudades más cercanas, pero sobre todo, la avaricia ante la idea de poseer todo aquello que pueda coger, que, dada la situación, es absolutamente todo.

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Sin concesiones

De nada disimulado carácter racista —lo que le traerá graves problemas con Charles, que concluyen trágicamente—, Eric representa todo lo peor del ser humano, en clara contraposición con los demás personajes. Sin embargo, al igual que el resto, está lleno de matices, logrando que sea algo más que un cliché. Su postura de intentar sobrevivir más allá de la casa en la que residen, de luchar ante lo evidente, o buscar más supervivientes, posee una lógica abrumadora, casi terrorífica, pero de incuestionable acierto. Lamentablemente, su decisión se verá premiada con uno de los destinos más terribles jamás pensados.

En el tramo previo al desenlace, aquel que posee mayor carga de desolación y apuntes del género de terror —Roseanne descubriendo si su marido está vivo o no, con su bebé en brazos—, muestra la aceptación final de la situación. Oboler, con una puesta en escena que hereda formas del cine europeo, sobre todo en lo que respecta a los primeros planos, no realiza concesiones de ningún tipo con ninguno de los personajes. Como muestra, el fatídico destino del bebé —real en todas y cada una de las secuencias, incluida una caída—, como terrible predicción al destino final de la vida humana.

Desoladora y cruel, poética por momentos —atención al soliloquio de Lampkin, que en una era de racismo, debió dejar estupefactas a las audiencias—, y de abierto carácter humanista, ‘Five’ propone una distopía absolutamente fascinante, con varios personajes enfrentados a un problema que supera toda creencia. Sólo la aceptación de la nueva situación, con el inquebrantable espíritu de supervivencia, podrá significar algo en el nuevo mundo que se extiende ante los protagonistas. Así lo muestra el travelling final, que parece liberar algo de tensión para ofrecer una, mínima, esperanza.

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