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'El árbol de la vida', buenas tierras

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Americana es una palabra que en inglés no designa ni chaquetas ni mujerío nacido y criado en aquella nación sino piezas quintaesencialmente norteamericanas, representantes más o menos emblemáticos del sentir de una nación y que se convierten inmediatamente reconocibles para el todo el público. ¿Qué es esta película de Terrence Malick sino una pieza de americana que hemos visto con esos ojos rendidos al genio de Texas y que se han llevado una palma de oro en Cannes?

Una historia de fe y religión cuyo alcance ideológico no está siendo examinado con suficiente exactitud. Se habla con vehemencia de experiencia inolvidable, recomendable y pasemos a localizar el argumento principal de la película: ese hombre, un arquitecto encarnado por Sean Penn, perdido que rememora su viaje divino, su epifanía, recordando esa infancia en la que se verá dividido por la figura de su padre castigador y severo (Brad Pitt) y por la de una madre santa y pura (Jessica Chastain) portadora de una gracia divina. Con los celos hacia el talento de su hermano, el hombre descubrirá el fin de la infancia hasta que la epifanía le lleve a un reencuentro con Dios, uno al que él suponía cruel y asesino.

No podemos negar que la formación filosófica de Malick se hace evidente. Dice con sabiduría Juan Francisco Ferré que Malick no parece haber leído y no dudo de su sarcasmo (ejemplar, pagano), pero mucho me temo que ese Dios castigador es un concepto nietzscheano (o tal vez filtrado a través de William Blake) al que el cineasta responde con su particular versión de los hechos. Tampoco que Malick usa y abusa de su retórica para que su película sea un asunto relevante, hermoso.


Concebida, quizás, para ser leída como respuesta (cristiana) a la muy evolucionista (y como tal, superior) ‘2001’ (2001: A space odyssey, 1968), este viaje épico nos lleva al nacimiento y evolución del planeta, mostrando a unos dinosaurios que serán extinguidos por un meteorito, no sin antes de mostrar, en un momento chusco de veras, a un depredador teniendo una piedad insólita (¡el respeto divino! Nos dice en una metáfora especialmente vergonzosa) aprendida quizá de la naturaleza divina.

Pero ¡ah! Ahí está ese Nietzsche que había desmontado al cristianismo como religión cruel y ahí está la pérdida del hombre talentoso de la família así como la figura del padre frustrado que explica al hijo que será exitoso, pero lo hará a través de las trampas. ¡Y Malick lo subraya encuadrando siempre a Sean Penn con rascacielos mirando al cielo! No una vez, no, subraya ese plano para que lo veamos: todo lo que hace el humano, se dice con grandilocuencia, es para tocar el cielo, incluso esa ambición pequeña.

Y ahí está la paradoja de la película: Malick mueve la cámara como un pintor crea un óleo, se demuestra prodigioso para hacer del trabajo extradiegético una fuente de sugestión, incluso se permite inspiradas elecciones musicales (de Zbnegiew Preisner a Schubert), pero también abusa de subrayados visuales y comete un disparate ideológico, simplificador, alejado de ese cristianismo neoplatónico heredero de William James y del sensualismo del discípulo de éste, el del poeta Walt Whitman, y más cercano al de otros tejanos que han visto la luz, como Rick Perry y George W. Bush. Porque si todo lo que tenemos que hacer es esperar, estoicos, el perdón divino mientras la madre suburbial es una santa y el padre un bastardo, podrá decirse que el éxito es un pecado y que el suburbio norteamericano es el mismo paraíso en la tierra.

Y para esta enorme, tremenda banalidad no hacía falta un relato cargado de tantas resonancias.

A mis compañeros les ha dividido: Abuín se muestra aburrido y Massanet creyente como el también partidario Caviaro.

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