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'La habitación del hijo', cobijar el dolor

'La habitación del hijo', cobijar el dolor
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Nanni Moretti ganó la Palma de Oro con esta preciosa y conmovedora película que obvia todos los sentimentalismos y prefiere lidiar, con una sorprendente delicadeza, con todos los sentimientos. La historia es simple pero no carece de matices, lo cual es una razón para admirar a su director y escritor.

¿Qué película sería vista de un modo más convencional? Seguramente una con músicas tremendas. Una basada en explicar la unión feliz, exageradamente feliz de la família, y en dar los golpes allí donde más duelen. No es esa la estrategia que escoge su inteligente, sensato cineasta y bien merece atención, pues ahí radica la importancia de su reflexión.

La película examina el dolor, y lo hace desde una perspectiva de clase. En este caso, la clase media. La clase media es, tal y como aquí se describe, la felicidad. Un nido de tranquilidad, pequeñas anécdotas, preocupaciones mundanas, buen y dulce sexo ocasional con una esposa, dos hijos, planes para el domingo. Moretti, tan combativo e izquierdista, dudoso y bohemio, en títulos anteriores visita un nuevo mundo y sale airoso del reto.

Le ayudan los actores, por supuesto. Hay pocas actrices tan subestimadas como Laura Morante, que aquí ejerce de madre sin aparente pompa o circunstancia. Y Moretti escoge una cámara menos vigorosa que la de sus anteriores aventuras, menos guiada por la prisa o por la necesidad documental de embellecer lo que le rodea.

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Su cámara es estática, como la petrificación de una família en medio de un dolor. El epílogo es hermoso, porque promete una vida dificultada, manchada, rota, pero seguramente unida por la certeza de que no existen caminos espirituales para sobrevivir al dolor. Al menos no en el mundo en el que Moretti ha encontrado una voz tan persuasiva.

Estoy tentado, por supuesto, de hablar de esta película como una obra maestra. Tal vez sería exagerado. Pero todas sus escenas funcionan orgánicamente, su iluminación es naturalista y sus usos musicales o literarios no quieren epatar, añadir intensidad. Es todo lo contrario con Moretti. Busca los matices, los encuentra, examina con suma y pasmosa facilidad la avalancha de sentimientos contradictorios.

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