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'Los Cronocrímenes', sorprendente thriller fantástico

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No deja de ser sorprendente que después de tanto retraso por fin logre verse en salas de cine esta película de la que tanto se viene hablando y comentando desde su génesis (el pasado año) en los ámbitos de internet. Su realizador, el debutante en el largometraje, Nacho Vigalondo, tiene buena culpa de ello. Ha sabido utilizar un medio que le ha proporcionado el camino para lograr una distribución que se planteaba difícil. Y solo por este hecho ya merece un aplauso.

Pero está claro que tras ver 'Los Cronocrímenes', la verdadera sorpresa se encuentra en su interior, en una atrapante trama de thriller con tintes rosáceos de género fantástico, que supone el notable estreno de un cineasta, que se intuía y apuntaba interesante (tuvo un cortometraje brillante como carta de presentación), pero que ahora se confirma, para el gran público, como un nombre a tener en cuenta para el futuro (y más en el desierto del género en la cinematografía patria). En la meca del cine ya lo han hecho y, gracias a la buena acogida en festivales en el territorio americano, la cinta ha logrado despertar el suficiente interés para llevar a cabo una versión made in Hollywood, que ya se está gestando.

Una escasez de medios económicos y técnicos obligan a que el realizador concentre su inspiración y afine su sagacidad para llevar a efecto esta historia sin que se ello adolezca como traba para embaucar al espectador. Y ahí, Vigalondo ha salido airoso, gracias en buena parte a un guión ajustado y medido que saca a relucir el suspense narrativo como principal arma. En lo que precisamente carecen muchas grandes producciones, donde los dólares y el esfuerzo mayoritario se vuelcan en ofrecer un envoltorio espectacular, en adornar las escenas brillantes con las suficiente tecnología que dejen boquiabierto al espectador, aquí se demuestra la máxima de que mejor un guión sólido, inteligente y efectivo con una realización (obligadamente) austera puede funcionar e impactar por sí mismos, sin necesidad de adorno con sedas brillantes y otras parafernalias.

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Y es que, para llevar a efecto un relato con viajes en el tiempo y ambientado en un espeso y solitario bosque del norte de nuestro país todo hace pensar (y es a lo que estamos acostumbrados) que es obligado y necesario disponer de unos efectos especiales abrumadores y abundantes. Y este hándicap está solventado de forma brillante, ya que para ocultar la escasez de medios (porque haberlos haylos), Vigalondo se marca un esforzado y acertado trabajo de realización minimalista, con planos ajustados, dejando que el suspense y la profundidad de la narración nos vaya sumergiendo en el creíble y verosímil juego temporal planteado. Y, sin por ello, renunciar a una puesta en escena sobria y fría que hace brillar la trama en las escenas más emocionantes.

La atmósfera del film se va tornado asfixiante conforme vamos acompañando a su protagonista, Héctor, en su discurrir casual, y vamos descubriendo, junto a él (y sus prismáticos), la complejidad de una espiral, que se vuelve a cada escena más trágica, que cobra mayor dimensión, se multiplica y acaba transformando una apacible y tranquila tarde en una verdadera pesadilla, sin vía de escape.

La sencilla trama se va transformando en compleja y, conforme avanza, se acelera (aunque siempre manteniendo un ritmo pausado), se ramifica, crece y consigue resolverse con la misma simplicidad y austeridad con la que se nos presenta. Por ello, se puede afirmar que se trata de una historia redonda, sin fisuras y envolvente que funciona con la precisión de un reloj. Asistimos al descenso al infierno de Héctor desde distintos puntos de vista, a través de ¿flashbacks? temporales, o quizás no (todo sucede de forma lineal), pero sí, desde luego, en un verdadero juego en el que nos dejamos atrapar y que nos obliga, con la tensión y la intriga absorbente, a buscar soluciones a su multiplicidad. Y acabamos descubriendo a un protagonista transformado que acaba desfigurado y mostrando las marcas de su oscuro interior, de forma tan minuciosa y sutil que quizás muchos acaben sin percatarse.

'Los Cronocrímenes' es más un juguete goloso, intrincado y peligroso, al que el espectador no le niega voluntad de jugar y que acaba tan atrapado como el propio protagonista y cuya resolución queda expuesta de la única forma posible sin caer, ni hacernos tropezar, en una trampa fácil. Es lo que más temía y acabé congratulado, por el esfuerzo de ser fiel a la historia, sin concesiones a una resolución masticada.

No todo es brillante, y aunque no existen resquicios en la trama ni lagunas en su narración, se le puede achacar el apartado interpretativo. Un reparto mínimo (apenas cuatro personajes) obliga a su máximo protagonista a cargarse encima buena parte de la historia y eso mismo intenta un meritorio Karra Elejalde, aunque, por momentos aparece plano, caminando sólo, y con la réplica del propio Vigalondo, que le pone pasión, aunque le afloran algunas aristas de limitación en su ajustado trabajo.

También se echa de menos explotar algunos de los elementos planteados, quizás para aportar una mayor riqueza de matices, pero no por ello, la película deja de ser redonda. Sabe sacar gran provecho del escenario natural, de la oscuridad de un bosque que impone una poderosa presencia (similar en gran medida al utilizado en 'Bosque de Sombras', del también debutante Koldo Serra).

Sin duda, un hito en el cine español, tanto por temática, como por su duro camino hacia las salas, algo incomprensible, cuando se trata de una cinta con tantísimo potencial, como esa majestuosa momia rosada, que emerge con una originalidad, fuerza y presencias inéditas en el cine español. Vigalondo ha puesto el listón bien alto para su próximo paso, esperemos que su inteligencia y el buen hacer de su estimulante ópera prima, no se empañe por el color del dinero.

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