Con motivo de su paso por el Festival de Berlín, 'No Good Men' se ha convertido en una de esas películas que, sin hacer mucho, llegan envueltas en una mezcla de rareza, riesgo y urgencia política. Dirigida por la cineasta iraní Sharmano Sardat, la película se sitúa en Afganistán en el momento previo al regreso del régimen talibán y sigue la mirada de una mujer que intenta ejercer su independencia personal y profesional en un contexto de opresión extrema, violencia estructural y amenaza constante.
A través de una ficción que bebe directamente de hechos reales, la película construye un retrato íntimo y áspero sobre la vida cotidiana bajo un sistema que castiga especialmente a las mujeres, al tiempo que rinde homenaje al periodismo que intenta contar lo que sucede cuando todo se derrumba alrededor.
Una perspectiva concreta
Desde el Festival de Berlín, Alejandro G. Calvo contextualiza 'No Good Men' dentro de un problema que, según él, se repite en los grandes festivales: la dificultad para encontrar una película inaugural potente. Para él, la película encaja claramente en esa categoría de elección desconcertante.
Al hablar de la película en sí, explica que la propuesta de Sharmano Sardat le parece que podría haber encajado mejor en secciones paralelas o en otros festivales. Subraya que la directora “escribe, dirige y protagoniza” el film, y que lo que cuenta es “la mirada de una mujer afgana en el año 2020, 2021, justo antes de que los soldados americanos abandonaran el país y los talibanes retomaran el poder”, con un retrato especialmente duro de lo que supone ese régimen “siempre para las mujeres, muy duro en general, pero especialmente para las mujeres”. En su lectura, la película articula ese retrato a través de una doble memoria femenina y de un homenaje explícito a la prensa que intenta trabajar “frente a un régimen autoritario y dictatorial”, incorporando a la ficción un atentado real contra periodistas en Kabul.
El crítico también tiene dudas sobre el futuro comercial del filme, reconociendo que es “una película muy pequeñita” en un contexto en el que “nunca en la historia de la humanidad se habían producido tantas películas”, y se pregunta abiertamente si va a “poder encontrar su sitio en la cartelera” o si acabará “en una plataforma, sin pasar por cines”. Para ilustrar esa dificultad, recuerda que incluso Jafar Panahi, con una película premiada y de gran prestigio, ha tenido problemas para llegar al público, y se pregunta: “si no lo consigue Panahi, ¿cómo lo va a conseguir Sharmano Sardat?”.
Por último, Calvo se detiene en el significado del título y el dilema moral que plantea la película. Explica que 'No Good Men' parte de la idea de que “no hay hombres buenos en Afganistán” como una metáfora más amplia, casi como decir que “no hay hombres buenos ya en el mundo”, pero señala que esa visión se tambalea cuando la protagonista empieza a trabajar con un periodista respetado, introduciendo una grieta en su propio discurso.
También destaca que, pese al tono durísimo del contexto, la película se permite “momentos de comedia” y escenas cotidianas que humanizan a los personajes, y relaciona la mirada de Sardat con una nueva generación de cineastas iraníes que ya no siguen las estéticas del cine iraní clásico de los 90, sino que beben más del realismo social europeo para construir retratos críticos de sociedades atravesadas por restricciones brutales.
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