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'Los otros', brillantísimo castillo de naipes

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Están por todas partes. Dicen que esta casa es suya.

-Anne

No tengo absolutamente nada en contra de la ambición. Recuerdo que en cierto pasaje de ‘La niebla’, la novela de Stephen King adaptada con gran valentía por Frank Darabont en la película homónima, el personaje protagonista afirma que el talento es la maldición de ambicionar. Estoy de acuerdo por completo con esta frase. En realidad, no basta con tener talento, hay que intentar hacer algo con él.

No puedo recordar ninguna película española más ambiciosa que ‘Ágora’. Y antes de que esta existiera, no existió ninguna más ambiciosa que ‘Mar adentro’. Y por supuesto, esta le arrebató el título de “película española más ambiciosa de la historia” a ‘Los otros’, tercera realización de Alejandro Amenábar, con la que volvió a arrasar en los Goya (ups, perdón, “premios de la academia”), y con la que arrasó en taquilla.

Amenábar es un hombre con suerte. Por supuesto, ha trabajado duro para ello, pero la carambola por la que este ‘Los otros’ se hizo realidad, es para escribir una novela. Tom Cruise, que ya había empezado su declive pero que aún podía permitirse caprichos insulsos, decidió hacer un remake de ‘Abre los ojos’, ‘Vanilla Sky’, tan confusa y vacía como la original, mientras que convencía a Amenábar para filmar en inglés su siguiente largometraje y contratar a su rubia mujer, Nicole Kidman, como protagonista. Amenábar, más listo que un zorro, aceptó, claro. Comenzó así la producción de una película que es un hito en esta industria, y que algunos consideran la cumbre del estilo de suspense de Amenábar.

Decía Carlos Pumares que en esta película hasta los fantasmas tienen clases sociales. Es cierto. En la película hay bastantes buenas ideas como esa. Además, tratándose de una producción de gran empaque, el director muestra una profesionalidad encomiable, sin permitir que jamás se le escape nada de las manos. Sin embargo, tanta ambición no responde a lo que hay en el interior de su historia, que se antoja vacío y falto de emoción real. Quizá sea porque ‘Los otros’ no es más que una amalgama de títulos anteriores, un impersonal collage sin alma.

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Estamos ante un obvio homenaje a las películas de casas encantadas, con ‘Suspense’ (Clayton, 1961) y ‘Al final de la escalera’ (Medak, 1980), como referentes inexcusables, y con la intención de lograr aterrorizar al espectador con un espectáculo comercial filmado con buen gusto y mucho empaque. Ahora bien, desde esta película Amenábar decide olvidarse por completo del punto de vista de los personajes y lo filma todo “desde fuera” de ellos. Es imposible establecer una empatía con Grace, porque Amenábar tampoco lo hace. Corta de raíz esta posibilidad con un acercamiento a su propio relato epidérmica y pagada de sí misma.

Hay momentos realmente conseguidos de suspense dentro de esa casa que, al final, es como un personaje más, iluminada de manera excelente por un Aguirresarobe en estado de gracia. Son los momentos en que ambos niños (que caen sorprendentemente antipáticos) juegan entre ellos a asustarse, o algunos buenos sustos que se pega Kidman, o ese gran momento entre la niebla. Amenábar conoce el suspense y sabe manejarlo, pero no hay nada debajo de él. Mientras se ve, ‘Los otros’ entretiene, pero una vez vista, se olvida.

Amenábar es un lince armando sus películas, creando una expectativa exagerada. Pero es incapaz de emocionar, de arrastrar al espectador con él, de entregar algo de sí mismo, más que efectismos y trucos brillantisimos. Quizá porque no tiene nada dentro, o porque está fascinado por un cine de evasión, que niega la capacidad de este arte para acceder a las zonas más oscuras del corazón humano, sino tan sólo a sus más primarios instintos de diversión.

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