'The Mauritanian': un incendiario drama legal que Jodie Foster y Tahar Rahim elevan por encima de todas las candidatas al Óscar 2021
Críticas

'The Mauritanian': un incendiario drama legal que Jodie Foster y Tahar Rahim elevan por encima de todas las candidatas al Óscar 2021

No toca entrar a valorar las películas nominadas al Óscar 2021 o ir repasando sus virtudes y defectos para determinar por qué la extraordinaria ‘The Mauritanian’ (2021), de Kevin Macdonald, disponible en Movistar, no está entre las seleccionadas. Puede que no toque, porque no repasa eventos recientes en la sociedad americana, y cuando decimos recientes, no referimos a los eventos del 2020. Trump, el Black Lives Matter, la pandemia o el asalto al capitolio.

Puede que sea porque el hueco de las películas con juicio ya estaba copado por Netflix y su divertida ‘El juicio de los siete de Chicago’ (The Trial of the Chicago 7, 2020) y los artefactos políticos resuenan mejor haciendo eco de la lucha racial con películas más que dignas pero con inconsistencias como ‘Judas y el mesías negro’ (Judas and the Black Messiah, 2021), pero sencillamente, tras ver la película de Mcdonald, impacta repasar el listado de nominadas y comprobar su ausencia.

Una historia Cubana

Quizá lo que cuenta y explica no conviene airearlo artísticamente, puesto que las películas de denuncia quedan bien cuando hay una cabeza visible y clara sobre la que satanizar, pero cuando la vergüenza recae sobre todo el país, quizá no es el momento para premiar la historia de un hombre que pinta una expresión cínica en la gran sonrisa de la democracia. El relato de Mohamedou Ould Slahi incomoda porque no es un caso famoso en los 60 y los 70 que demuestra “cómo nada ha cambiado” como tantas películas revisionistas actuales.

Su historia es historia de antes de ayer, tanto que el tormento al que fue sometido acaba tan solo hace 4 años y lo peor de su caso es que es solo uno de los 799 de los presos en Gitmo, de los que, como informan los créditos, tan solo han sido juzgados y condenados 8, con tres de esas condenas anuladas en apelación. La dilapidación de su propia legislación y de cualquier garantía de la declaración de los derechos humanos es uno de los episodios más penosos de la civilización occidental del siglo XXI.

The Mauritanian’ presenta la historia de Slahi con un guion que se inspira en gran medida en sus memorias ‘Diario de Guantánamo’, que se convirtió en un éxito de ventas en varios idiomas en 2016 tras haber sido censurado por el ejército estadounidense, para luego ser publicado en su totalidad después de su lanzamiento. En las manos de Rory Haines, Sohrab Noshirvani, M.B. Traven, cuenta cómo el escritor fue internado en el campo de detención de Guantánamo bajo sospecha de haber reclutado a los secuestradores del 11 de septiembre.

Bay bay, Guantánamo Bay

Lo más interesante del film de Mcdonald, es cómo narra de forma alternativa la odisea de los principales oponentes en el caso Slahi, la abogada defensora Nancy Hollander, interpretada por una rotunda Jodie Foster, y el fiscal militar Stuart Couch, un Benedict Cumberbatch que no desentona como americano, pero tampoco convence, y cómo partiendo de posiciones diametralmente opuestas, se acaban encontrando cuando chocan contra el muro de los secretos oficiales, en un montaje preciso en el que se ajusta la información en sus nada pesados 129 minutos.

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Dentro de la perspectiva de Hollander, se crea una estupenda subtrama con su joven ayudante Teri Duncan (Shailene Woodley), que, habiendo presentado una solicitud de Libertad de Información para los documentos relevantes, reciben una montaña de cajas cuyos documentos están censurados casi al 100%, y cómo ambas reaccionan de diferente forma, conforme van descubriendo lo que esconden. De la profesionalidad y defensa del derecho sobre el individuo de Hollander, al idealismo pijoprogre de Duncan, sus dos posturas definen el arco de sus personajes con sutilidad y verismo, logrando que en este recodo palpite el corazón de la película.

Mientras, a Couch se le niega el acceso a las circunstancias de la confesión de Slahi, ya que están clasificadas como un registro reservado solo a inteligencia, lo que crea una jungla paranoica de bloqueos para encontrar lo que necesita, hasta que **se muestra que la confesión de Slahi fue coaccionada tras 70 días de tortura******, incluyendo golpes, privación del sueño, música atronadora, posiciones estresantes durante horas, ahogamiento y humillación sexual, amenazas de arrestar a su madre y llevarla a Gitmo para ser violada…

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Todas las escenas de Guantánamo de la memoria de Slahi se cuentan cambiando el formato panorámico a un 1:66 que encajona al personaje en su celda, su “patio de recreo” de unos pocos metros cuadrados y las tremendas secuencias de torturas, que le dan a sus bitácoras un sentido de autenticidad poderoso, incluso opresivo, gracias al encajonamiento vertical del ratio de aspecto mutante. Aunque en realidad no son esas penurias, terroríficas, sí, desagradables, las que crean más indignación en el espectador.

Lo que hace que ‘The Mauritanian’ se eleve frente a su propuesta de denuncia y encuentre su propia personalidad es el impresionante trabajo de Tahar Rahim como Slahi. Desde que saltó al estrellato como el encarcelado de ‘Un profeta’ (2009) de Jacques Audiard, Rahim destaca por confrontar personajes en situaciones dramáticas con un carácter inusual y aquí, logra transmitir una integridad interior, con toques de un irónico sentido del humor, que mantienen un carisma que le convierte en un personaje merecedor de su propia ficción, un Papillon moderno al que los repugnantes tratos a los que es sometido solo forjan su discurso paciente.

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El monólogo final ante el juez en su juicio, renunciando a la ira justificada (“estoy tratando de perdonar”) es un modelo de dignidad serena, que conecta con el personaje que tenemos oportunidad de vislumbrar en las escenas finales con el preso real, que algunos han tildado de autocomplacientes, pero que, además de simpáticas y liberadoras, ni desentonan ni sobran en un film que se plantea como un documento del lado de la justicia y la búsqueda de la verdad.

Una verdad incómoda

Hay una escena que se repite en ‘The Mauritanian’ durante dos periodos de tiempo diferentes. La abogada Hollander sube por las escaleras de un Hall de la administración en el que hay dos cuadros con las fotos de George Bush Jr y Dick Cheney. Más adelante, podemos volver a ver otro momento en el que la cámara capta el mismo espacio con dos fotos diferentes en los mismos cuadros. Esta vez, en las fotos aparecen Joe Biden y Barack Obama, el hombre que vio la captura de Bin Laden bajo su mandato.

McDonald no planta este detalle de forma baladí. El primer efecto inmediato es el del paso del tiempo, dándonos una idea del tiempo que ha pasado con la penosa situación sin resolverse, el tesón de la abogada por llegar hasta el final en distintos periodos. Pero también deja un recado fácil de captar justo ahora que Biden es el nuevo Presidente de los Estados Unidos de América. Siempre se ha achacado la responsabilidad de la creación (y ocultamiento) de las vergüenzas a la administración Bush, pero el brutal corte a créditos final de la película abre los ojos.

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Slahi, a pesar de haber sido absuelto por un tribunal de EE. UU. Cinco años antes por falta de pruebas, no fue finalmente liberado hasta 2016, después de haber pasado 14 años en el campo de Gitmo. Un retraso resultado de una apelación contra el veredicto de la corte por parte de la administración Obama. ‘The Mauritanian’ es de las películas sobre hecho reales que rascan, sirven y deberían ser vistas por todo el mundo, pero sobre todo, tiene una entidad cinematográfica sólida, actores que dejan huella y un guion inteligente, es una de esas películas que se echaba en falta en la anémica temporada de pandemia y no solo porque haga palidecer a las seleccionadas para los Óscars.

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