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'Men in Black', lo que pudo ser y no fue

'Men in Black', lo que pudo ser y no fue
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“Esta cosa originó el gran apagón de Nueva York de 1977. Una broma de mal gusto del gran attractor. Se creía la hostia de gracioso.”

- K (Tommy Lee Jones)

Cuando uno tiene dieciocho añitos (la edad que yo tenía cuando fui a ver esta película al cine) y uno, además, es un flipado y un creidillo, pues se lo pasa bomba y no se para a cuestionar los defectos de lo que está viendo. Simplemente, se queda con sus virtudes (que las tiene), y la defiende por “tomarse poco en serio a sí misma”, por su gamberrismo incontestable y por la coña marinera que la impregna desde el primer al último fotograma. Pero cuando uno va evolucionando en sus ideas y gustos cinematográficos ocurre como con otras cosas en la vida: te puede gustar mucho Metallica pero averiguas que Black Sabbath es lo mejor que le ha ocurrido al heavy, te das cuenta de que los actores anglosajones son los mejores del mundo, y peliculitas como ‘Men in Black’ (id, Barry Sonnenfeld, 1997) se quedan en un justo lugar de tu memoria. Un lugar no demasiado preferente, aunque tampoco en el saco de lo desdeñable, por la sencilla razón de que sus responsables se han esforzado mucho en que así sea. Y es que en el fondo los que nos dedicamos a escribir todos los días sobre cine terminamos dándoles la razón a las películas.

No es que ‘Men in Black’ me parezca desaprovechada por ser una comedia sobre un tema que, sinceramente, me interesa mucho. Eso es lo de menos. De hecho, la encuentro una película muy divertida y con algunos momentos realmente hilarantes. Lo que ocurre es que hay un concepto que algunos cineastas parecen ignorar abiertamente: nosotros, espectadores, tenemos que creernos lo que pasa en la pantalla, sea lo que sea. En una película de fantasía, o de sci-fi, o en un western, o en una historia de terror o de comedia, aunque se cuestionen sus límites y la misma naturaleza del relato, el narrador omnisciente (el director, vaya…), debe creerse el mundo en el que nos sitúa, y hacerlo vivo y real, porque es lo fascinante del cine, hasta el punto de que nos parezca cierto sin el menor atisbo de duda aunque sepamos que no es posible, o altamente improbable. Pero cuando, como aquí, se utiliza la excusa de la comedia desvergonzada para hablar de cuestiones como la cohabitación con seres de otros mundos o de agencias secretas, o de combates con cucarachas intergalácticas, todo queda demasiado desvirtuado y al final el conjunto termina sabiendo a muy poco. Una pena, podría haber dado para bastante más.

Pero ya desde el mismo comienzo nos encontramos con un cómic hiperbólico de escasa densidad conceptual. Los títulos de crédito, con el mosquito zarandeado por el viento para terminar aplastándose contra el parabrisas de una furgoneta, son un ejemplo perfecto de lo que quiero decir. Esa imagen es una buena metáfora de lo minúsculo que es el hombre en la inmensidad del universo, y creo que la intención del autor del guión va por ese camino, como en otras imágenes de la película, pero no llegan a cuajar porque da la impresión de que a Sonnenfeld, en el fondo, le da lo mismo. Él está filmando un blockbuster de acción y aventuras con una superestrella (Will Smith) y pasa por encima de las posibilidades del libreto, que eran bastantes. Un libreto firmado por Ed Solomon, que adapta un estupendo (muy oscuro y muy cínico) cómic de Lowell Cunningham, edulcorado y vaciado de gran parte de su carga crítica en la traslación, pero que aún poseía suficiente atractivo, finalmente echado a perder por Sonnenfeld, muy preocupado porque los adolescentes que acudan en masa a ver su película no salgan defraudados y así poder reunir una buena cantidad de dinero en taquilla, como finalmente sucedió.

No estamos solos

La literatura acerca de las paranoias conspiratorias, sobre todo acerca de agencias secretas que colaboran con alienígenas (de paso o residentes…) es ingente. El cine, en su condición de enorme inferioridad respecto a ella (por imperativos comerciales y gustos del respetable…) aporta lo que puede. Tiene su gracia la forma en que esta película enfoca una agencia que es secreta hasta para el gobierno de Estados Unidos (“preguntan demasiado…”) en la que sus miembros padecen de un estrés considerable, y que cuando no se enfrenta a una plaga cósmica dispone de unas pocas horas para evitar la destrucción del planeta entero. Introducir en ese ambiente un tono de humor salvaje me parece hasta apropiado, pero a Sonnenfeld se le va el tono continuamente y entramos en el terreno de lo chabacano y lo trivial. Sin embargo, del mismo modo que una crítica negativa jamás podrá destruir una buena película, un director miope jamás podrá destruir las buenas cualidades de una historia, y aquí está la prueba irrefutable de ello. La trama que nos cuenta como un alienígena insectoide llega a la Tierra buscando guerra está muy bien hilada, así como su caza por parte de los dos agentes de negro, que tardarán en comprender la magnitud de aquello a lo que se enfrentan.

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A su vez, la presentación del personaje de Will Smith es excelente, así como su progresiva introducción a un mundo que desconoce. Lamentablemente, y esto creo que es poco discutible, el filme termina desequilibrándose del todo por la presencia de la estrella afroamericana, y sin duda habría ganado en credibilidad con otro actor, uno que no se preocupase por hacerse el gracioso en cada plano y que ofreciera una digna réplica al de Tommy Lee Jones, que es uno de los mejores y más completos actores norteamericanos en activo. Will Smith ha crecido como intérprete en los últimos años, pero aquí no ofrece absolutamente nada más que la imagen de tipo duro atractivo y respondón. El personaje de Tommy Lee Jones es mucho más interesante, y no en vano goza de los mejores diálogos, algunos realmente buenos, mientras que el de Smith sobre todo suelta chascarrillos, la mayoría sin demasiada gracia. No me parece una casualidad. Todo queda limitado a la típica comedia de pareja de polis de las que hemos visto miles, cuando podrían haberla trascendido para llegar a algo más. Aunque hay que reconocer que ambos actores gozan de bastante química entre ellos, y es un placer observar al veterano K vacilar todo lo que puede al novato J, mientras anhela regresar a su antigua existencia junto a la mujer de su vida.

Sonnenfeld, que antes que director fue director de fotografía (sobresaliendo en trabajos como ‘Muerte entre las flores’ (‘Miller’s Crossing’, Joel y Ethan Coen, 1990), tercera y última colaboración con los famosos hermanos) sorprende por extraer de un operador tan competente, y a veces brillante, como Don Peterman (por cierto, muerto hace justo un mes) una fotografía tan plana, tan carente de inspiración, de categoría, como la de esta película, con un aspecto visual que no sobresale prácticamente en nada, y que hubiera necesitado de un cineasta más imaginativo que Sonnenfeld. Puestos a soltarse la melena, como parece que tenían ganas de hacer, se quedaron en poca cosa, pero es que parece que se quedan a medio camino de todo: a medio camino de la sci-fi, a medio camino de la película de acción, de la comedia loca, de cualquiera de los varios géneros y sub-géneros que va tocando con ligereza y sin llegar a nada. Pero, pese a ello, la historia avanza bien, y la mayoría de los chistes funciona, por mucho que se eche en falta una mayor oscuridad y densidad en la trama, que no hubieran sido obstáculo para disfrutar, más bien todo lo contrario.

En el apartado de secundarios, sorprende ver al desaprovechado Vincent D’Onofrio en el papel del infortunado Edgar, cuya piel servirá de máscara al peligroso alienígena (y, por cierto, fabuloso el maquillaje de Rick Baker...), y a la aún más desaprovechada Linda Fiorentino, que pese a tener poca relevancia en la historia, borda su papel de forense solitaria y obsesionada con las conspiraciones. Realmente es una pena que esta gran actriz no haya conocido mayor fluidez en su carrera. Rip Torn es el perfecto jefe de los hombres de negro, y aparece por ahí el gran Tony Shalhoub en un pequeño papel. Entre los alienígenas que vemos viven entre nosotros, las pantallas muestran a Sylvester Stallone o Steven Spielberg, astuto productor de esta cinta. Lo cierto es que los actores están todos bien conjuntados, y ayudan a pasarlo bien, a pesar de que el clímax final sabe a bastante poco y de que se podía esperar bastante más de un producto de estas características.

Conclusión e imagen favorita

Sin llegar a ser una calamidad de película, ha envejecido bastante mal, pero posee, sobre todo en ideas de guión, en algunos diálogos estupendos, en un par de situaciones brillantes algunos atractivos que todavía la sostienen. El más importante, seguramente, Tommy Lee Jones, un actorazo que hace grande cualquier papel que le cae en gracia. Mi imagen favorita le tiene a él como protagonista, como no podía ser de otra manera. Después de volarle la cabeza al personaje de Shalhoub, y de hacerle las pruebas pertinentes al de Smith, trata de convencerle de que se una a ellos. Por un momento, uno intuye la gran película de aventuras que podría haber sido (y nunca es) en el monólogo en que le explica todo, y le advierte de los sacrificios que deberá tomar si se hace un hombre de negro. Una vez más, el talento de un actor es mucho mayor que el de un director, pues él solo crea la secuencia y casi hace que nos lo creamos todo.

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