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'Robin de los bosques', la felicidad hecha cine

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Vamos, Sir Guy, no mataríais a un hombre por decir la verdad, ¿no es cierto?

- Robin Hood

Echando un vistazo a un periódico, ojeo sin querer las últimas páginas, que casi siempre suelen traer la programación diaria, y me sorprendo de ver que esta noche, La 2 de Televisión Española va a deleitarnos con ‘Robin de los bosques’ (Michael Curtiz, 1938). Eso sí, a partir de las dos menos veinte de la madrugada (que serán las dos en punto, conociendo como conozco la impuntualidad de dicha cadena). Me parece que algo anda muy mal cuando programan esta maravilla a tales horas, obligándonos a levantarnos al día siguiente con unas ojeras de impresión. Pero claro, hoy en día lo que copa las horas más importantes son las series de televisión, y no van a desplazar ninguna por una vetusta película de aventuras filmada hace la friolera de setenta años.

Las cosas como son, en La 2 rescatan material a la altura de los paladares más exigentes, y si quieres ser un iniciado en eso de ver cine del bueno, tienes que dejar de dormir. No tengo nada en contra. Yo pienso quedarme, aunque seguramente los chavales de 8 a 15 años no lo hagan, y son los que más deberían verla. O quizá se queden, pero jugando a la consola. Reconozco ser un viciado como el que más, pero esto son palabras mayores del cine de aventuras. Quizá tenga algo de poético que la echen tan tarde: prueben a verla, a pesar de que les den las tres y media seguirán tan despiertos como al mediodía.

El poder hipnótico de la imaginación

Robin Hood es una leyenda en torno a la cual se funden toda suerte de improbables historicismos y romas fuentes documentales, que no aciertan a establecer si en verdad existió alguien similar, o si no se trata más que de una amalgama de personajes populares aderezados con el punto justo de folklore y de gusto por el folletín novelesco. Por supuesto, lo que ha trascendido ha sido la obra de Howard Pyle, que ejercía de crisol de todas las aventuras que salpicaban la vida de este fantasma vestido de verde, incluso aquellas inventadas por Alejandro Dumas en su ‘El Príncipe de los Ladrones y Robin Hood el Proscrito’, que poca gente ha leído.

En realidad, Robin no es más, ni menos ciertamente, que una representación poética del sueño de los pobres de que un tipo valiente de la cara por ellos cuando los poderosos les dejan sin razones para existir. Pero no como El Zorro, que luchaba solo, sino con ánimo de que todos se unan a él en una cruzada cuyo objetivo último es la libertad personal. Robin Hood es un icono anarquista puro, un luchador díscolo pero encantador, capaz de robarle los anilllos a una marquesa rica, mientras con su sonrisa logra que no le odien por ello.

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Sublime Errol Flynn

¿Y quién mejor que el incomparable Errol Flynn para encarnar, de manera proverbial, a este encantador ladrón de buen corazón? Nunca le he considerado un actor de raza, porque ni lo era ni lo necesitaba. Flynn era un pedazo de carne arrolladora, un animal pleno de vida, sinvergüenza y vividor, entrañable y gamberro. Nunca nadie pudo, ni podrá, jamás igualarle, porque había nacido para este papel. A sus 29 años se encontraba en un estado de forma asombroso, un verdadero atleta y un rompecorazones, un saltarín con una carcajada inolvidable. Él se calzó las polainas verdes sin los complejos que luego demostraron otros, y se erigió en la imagen suprema de la virilidad.

A su lado, nunca Olivia de Havilland, que por entonces contaba con 22 años (por cierto, sigue viva), estuvo tan guapa, nunca. Ni siquiera en ‘Lo que el viento se llevó’. Confieso que vi esta película cuando yo era muy pequeño (de hecho, podría ser la primera película que ví en mi vida), y desde entonces me enamoré por completo de esta Marian de ojos enormes y brillantes, inteligentísimos, y de rostro duro pero dulce. Ambos actores formaron una de las parejas artísticas más famosas de su tiempo, y aquí su relación es algo así como la cumbre del romanticismo en el cine de años treinta.

Pero todo el reparto brilla de forma asombrosa en una película en la que los colores vibran como nunca lo hicieron en una pantalla de cine. Los rojos, azules, violetas, verdes y amarillos de este filme son la paleta más enérgica y vitalista que se pueda recordar. Pero no sólo los colores, también las sombras, pues Michael Curtiz (el inconfeso maestro de Spielberg, al que da sopas con honda) dibuja, en los combates y en las escenas de acción, claroscuros y siluetas bellísimos, que muchos trataron de imitar, y que pocos lograron siquiera igualar.

Robin Hood, es, en fin, la felicidad hecha cine. No un regreso a la infancia, sino un triunfo de esta. No una conquista del mundo, sino la certificación de que el mundo es nuestro. No la gracia lúdica de la evasión, sino la bendición emocional que nos regala el placer por la aventura. Esta noche, todos arriba.

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