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Terrence Malick: 'La delgada línea roja' - En el barco

Terrence Malick: 'La delgada línea roja' - En el barco
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“Ahí se equivoca, Top. Yo he visto otro mundo. A veces pienso…que fue sólo mi imaginación”

-Soldado Witt

Tras el primer capítulo de este análisis, en el que analizábamos el bellísimo prólogo de este relato, pasamos a un bloque muy distinto, que contará brevemente las consecuencias de la deserción de Witt y su anónimo compañero, y luego pasará a presentarnos al resto de los personajes importantes de un reparto coral que dibuja las jerarquías de la compañía C del ejército norteamericano, poco antes de desembarcar para la crucial batalla de la Guerra del Pacífico en Guadalcanal. Es este un bloque de gran complejidad y del que merece la pena destacar multitud de detalles de puesta en escena y estructura, pues en él Malick comienza a perfilar la profundidad trágica de su visión del hombre y del mundo.

De hecho, el plano con el que se abre, alargado y extraño, parece anunciar un nuevo capítulo temático, tras arrancar a Witt del Edén. Un barco de guerra negro como la noche, se recorta contra el cielo y el mar en un atardecer muy Malick (esa hora mágica de la que él está enamorado y que muy pocos saben usar así). Witt está arrestado por ausentarse sin permiso y su sargento, Walsh (Sean Penn), intenta comprender el por qué de su actitud en un diálogo al mismo tiempo tenso y cómplice. Esta es la relación, entre las varias que hay, más importante y compleja de la película. Walsh es el reflejo de Witt, todo lo que en este es misticismo e iluminación, en aquél es cinismo y amargura.

Diversas facciones de un mismo rostro

Puede que Welsh sienta algo por Witt, pues le evita un consejo de guerra. Interés y compasión. Con todo, a Witt parece importarle poco pasar la noche en el calabozo, y es capaz de hacer volar la imaginación a un probable (y mudo) episodio de su infancia, con el heno volando entre él y su padre (imposible no acordarse de ciertos planos de ‘Días del cielo’), y se queda mirando misteriosamente una cerilla encendida. El corte al siguiente plano no puede ser más brusco, con el barco hendiendo las olas y cortando el anterior plano como de raíz, para pasar a los acontecimientos en cubierta, presentando al importantísimo personaje del coronel Tall (un imperial, grandioso Nick Nolte) en lucha interna con sus propios terribles y encontrados sentimientos, aunque siempre pendiente de agradar al general de brigada Quintard (sorprendente John Travolta).

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La voz en off de Tall no es una más dentro del abanico de voces corales que va a convivir dentro del filme, sino posiblemente la más desgarradora de todas. Y es interesante que sólo va a tener lugar en este bloque del barco, mientras que de ahí en adelante nunca más tendremos acceso a sus pensamientos. Pero sí que podremos intuirlos o sospecharlos gracias a esta secuencia. Tall es un frustrado coronel de edad madura que se ha reenganchado al ejército en plena guerra, ambicionando la gloria (una muy distinta a la de Witt, sin duda) y la fama militar. Pero una pequeña chispa de conciencia le corroe y le fustiga sin piedad. Piensa: “cuánto hubiera dado por amor”, y después “demasiado tarde”. Dentro de él sabe que está malgastando su vida y que muy probablemente provoque la muerte absurda de muchos soldados…pero sigue haciéndolo. Es un sujeto pétreo y sinuoso, de gran calado trágico.

En sus paseos por cubierta al lado del general, palpamos la tensión en el ambiente, la respiramos, en los momentos previos a la batalla (y gracias también a la hermosa y profunda voz de Nolte). Pero con el corte (nuevamente de la quilla del barco, aunque desde muy diferente ángulo, como desde el punto de vista de Tall) pasamos a las entrañas del buque, y al primero que vemos es al soldado Train (John Dee Smith), con cuya voz en off, extrañamente, comenzaba la película, y que va a tener más importancia como narrador filosófico que como personaje físico (por cierto que sus textos en off figuran en la imdb como de Witt, en un error habitual). Pero también vemos al soldado Fife (un casi adolescente Adrien Brody, que iba a protagonizar, o eso creía él, la película, y vio reducido su papel en un 85%), y a otros soldados rasos que van a disponer de algunos momentos decisivos en la historia.

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Pero sobre todo, conoceremos al capitán Staros (formidable Elias Koteas, un actor claramente infravalorado), del que nada más presentarle, con el tema de Zimmer de la compasión, sabemos que es un hombre de gran nobleza y capacidad de sacrificio por sus hombres, a los que observa con detalle, como un padre mirara a sus hijos. Se establece así el reflejo del coronel Tall (como Welsh lo es de Witt), en otra importante relación de la película. Pero antes de que ambos hablen por primera vez, sentiremos un logradísimo agobio (acentuado por un diseño de sonido magistral, con un uso psicológico del sintetizador, y con ecos metálicos sinuosos), como si fuéramos un soldado más esperando a desembarcar. Por último, conoceremos a Jack Bell (un buen Ben Chaplin), un ex-oficial, que renunció a su cargo para no separarse de su esposa (bellísima Miranda Otto), y cuyos recuerdos (imágenes de verdadero ensueño) con ella son su fuente de fuerza para luchar.

Por fin llega el momento de desembarcar (por cierto, como detalle curioso señalar que Sean Penn en algunos planos lleva el pelo considerablemente más corto, aquí y en otras secuencias, fíjese el lector) y Malick tiene el exquisito gusto de atenuar el sonido de la sirena y del caos de los soldados para continuar prevaleciendo la voz en off de Bell, hablando mentalmente con su esposa, y sus palabras (“si me voy antes, te esperaré al otro lado de las oscuras aguas”) pueden extrapolarse al resto de soldados, como suele suceder en Malick, tanto física (van a cruzar el canal para desembarcar) como anímicamente. Y es muy hermoso que la voz en off termine en cubierta, justo cuando Bell se coloca su casco (como si éste ocultara de momento sus pensamientos), mientras el sonido ambiente sube hasta quedarse en primer plano sonoro.

Tall y Staros hablan antes del desembarco, y ya está claro que no hay la menor conexión entre ellos. No se miran a los ojos y su lenguaje físico, estudiadísimo, avisa de que son hombres en las antípodas en cuanto a personalidad y espíritu. Y a continuación uno de esos planos que justifican el pago de la famosa y pocas veces tan bien empleada grúa Akela, que otros cineastas piden a producción por el simple deseo de lucirse o de disponer de más opciones. Pero Malick, uno de los directores con más sentido visual de la historia, hace un uso de ella que creo deberían estudiar los futuros operadores de cámara en las escuelas de cine. El vértigo y la desazón que produce este prodigioso movimiento son indescriptibles. La cámara parte de una posición muy similar al punto de vista de cualquier soldado y se levanta a gran velocidad, efectuando un ángulo picado que descubre la barcaza situada a un lado del buque, y mucho más abajo de cubierta, por donde ya “descienden” los soldados.

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Pocas veces hemos visto una representación tan nítida de la tensión previa a una batalla. Malick puede tener intereses ulteriores alejados del cine bélico, pero al mismo tiempo inscribe con letras de oro su película en la tradición de este ilustre y difícil género, tanto por el “antes” como por el durante y el “después” de la batalla. Sus criaturas, de gran imperfección interior, son lanzadas sin remisión a enfrentarse cara a cara con la muerte, pero eso lo veremos en el siguiente capítulo.

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