Lo que hoy se recuerda como el nacimiento de un imperio cinematográfico perfectamente planificado fue, en realidad, todo lo contrario: un caos creativo sostenido a base de decisiones arriesgadas, improvisación constante y una fe ciega en que algo tenía que salir bien.
'Iron Man', la película que dio origen al Universo Cinematográfico de Marvel, no nació con un guion cerrado, ni con un reparto seguro, ni siquiera con la certeza de que su protagonista fuera una elección acertada. Marvel venía de la bancarrota, jugándose literalmente su futuro en una sola apuesta de más de 500 millones de dólares, y eligió como héroe inicial a un personaje que ni siquiera era el más popular de su catálogo.
Un proyecto nacido del caos
Para entender el origen de 'Iron Man' hay que entender el momento de desesperación en el que estaba Marvel. La compañía había entrado en bancarrota en los 90 y había vendido los derechos de sus personajes más importantes. "En 2005 apostamos 525 millones de dólares para financiar hasta 10 películas", cuenta Dani Mangas en la nueva edición de No es como las demás.
La elección del personaje tampoco fue evidente. Entre opciones más seguras como el Capitán América o Iron Man, la decisión la acabaron tomando unos niños en un focus group. Eligieron al héroe del traje porque era el más y la ironía es que, aunque se eligió por su potencial comercial, "para la primera película apenas se fabricó merchandising", porque nadie confiaba realmente en el proyecto.
Además, el casting fue otra guerra interna. El estudio rechazó a Robert Downey Jr. por considerarlo "inasegurable", pero Jon Favreau lo defendió hasta el final. "Los mejores y peores momentos de la vida de Robert han estado a la vista de todos… y eso es Tony Stark. [...] En el momento en que Robert hizo la prueba, quedó claro que no había nadie más que pudiera interpretar a ese personaje".
A eso se sumaba un rodaje completamente caótico. Jeff Bridges lo resumió como "una película de estudiantes de 200 millones de dólares". No había guion cerrado: los actores escribían escenas el mismo día de rodaje, improvisaban diálogos y el equipo grababa con varias cámaras por si surgía algo inesperado. Pero de ese caos nació un icono que acabó definiendo todo el UCM.
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