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'Downton Abbey' amplifica sus virtudes y sus defectos

'Downton Abbey' amplifica sus virtudes y sus defectos
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La segunda temporada de ‘Downton Abbey‘ era uno de los estrenos más esperados en el Reino Unido. Después de sorprender a propios y extraños con una primera entrega que vieron más de 11 millones de personas a través del canal ITV, la expectación por ver cómo retomaría Julian Fellowes era tan alta, que hasta resulta comprensible que los críticos británicos se hayan dedicado más a buscar inexactitudes históricas en la ambientación y en los diálogos y a sacar todos los defectos de la serie, por muy insignificantes que fueran, que a ver la serie como lo que es, un melodrama que avanza a la velocidad del rayo y al que nunca se le ha dado bien hacer alusiones a los hechos históricos que los Crawley y sus sirvientes tienen que vivir.

Los puntos fuertes de ‘Downton Abbey’ están, como ocurría en su primera temporada, en las intrigas personales que involucran los sentimientos y los principios de sus personajes. Todos están inmersos en los cambios sociales que empieza a acarrear la Primera Guerra Mundial, y aunque ese hecho es muy importante para el desarrollo de la serie, no siempre está bien manejado. Quizás ahí no han ayudado demasiado esas elipsis locas marca de la casa, que han hecho que los ocho episodios de esta segunda entrega (descontando el especial de Navidad) hayan abarcado tres años, desde 1916 hasta 1919, minando situaciones que, con un poco más de espacio para respirar, habrían tenido más fuerza, como la desaparición en el frente de Matthew y William. Algunas referencias a hechos históricos también se notaban un poco forzadas (como las conversaciones entre Branson y Sybil sobre la lucha de Irlanda por su independencia de Inglaterra), pero ha habido otras cuestiones que se han visto reforzadas y han ganado más peso.

El año de Lady Mary

Se puede decir que esta segunda entrega ha sido la de Lady Mary, que después de rechazar a Matthew (que es el heredero de Downton), ha de buscarse un marido que le asegure una posición en la sociedad, que era la única opción de futuro que tenían las mujeres de clase alta, más aún si eran aristócratas. Se decide por un magnate de la prensa con muy pocos escrúpulos, una opción de la que se arrepiente enseguida y no sólo porque no puede olvidar que todavía siente por algo por Matthew, que ahora está prometido con una joven a la que conoció durante uno de sus permisos. La relación entre Mary y Matthew, llena de cosas que no se dicen y de obstáculos varios (el último, los principios morales de Matthew tras la muerte de Lavinia), ha sido el punto más alto de la temporada, incluso a pesar de curaciones milagrosas. Si alguien merece este año recibir nominaciones a premios de interpretación, ésa es Michelle Dockery.

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La historia de amor entre Anna y Bates, por otro lado, se ha visto un poco estancada, ya que los problemas de él con su mujer siempre acababan dando vueltas sobre lo mismo, pero al menos han dado el paso de casarse en el último capítulo (a pesar de que Bates acabe detenido por el supuesto asesinato de su mujer; sí, suena muy de culebrón), y algo similar ocurre con Branson y Lady Sybil, cuya relación ha acabado teniendo el desarrollo inevitable en los dos últimos episodios, después de estar también moviéndose en círculos durante los anteriores. Sybil es la que ejemplifica un poco esos cambios sociales que vendrían en el periodo de entreguerras, y también la que ha facilitado que la condesa viuda de Grantham tuviera un último capítulo espectacular. Maggie Smith ha seguido robando limpiamente cualquier escena con las maquinaciones de su personaje para garantizar la felicidad de sus nietas.

Un ritmo veloz

Ha habido algunos otros toques interesantes, como el dilema de Daisy entre hacer feliz a William antes de marcharse al frente (y de morir) o ser honesta y actuar de acuerdo a sus sentimientos y sus principios, pero es cierto que ha habido otras subtramas muy predecibles y un poco sacadas de ninguna parte, como ese amago de infidelidad de Lord Grantham con la doncella Jane. Veremos también en qué queda el compromiso de Lady Mary con Sir Richard Carlisle (Iain Glen es Jorah Mormont en ‘Juego de tronos‘, así que no sé cuánto podrán usarlo en ‘Downton Abbey’) y si de verdad habremos asistido al fin de sus esperanzas de casarse con Matthew. Es un tema demasiado jugoso como para olvidarlo, pero sí es cierto que muchas de las parejas de la serie han resuelto sus tramas principales esta temporada.

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A veces, da la sensación de que Julian Fellowes va quemando trama como si no hubiera mañana, pero tampoco debería pillarnos por sorpresa. Al fin y al cabo, entre dos capítulos de la primera temporada pasaron casi dos años, pero sí es cierto que parece que las cosas buenas y las malas se han visto más acentuadas en la segunda temporada. En la tercera entrega, el ritmo se ralentizará a la fuerza, porque sus ocho episodios cubrirán algo más de un año, y así a lo mejor se podrá dar más fuerza a historias como la del supuesto regreso de Patrick, el heredero de Downton que murió, en teoría, en el Titanic, y que podría haber dado para más de un capítulo. Pero, como decimos, a cambio hemos tenido la divertidísima pugna entre la condesa viuda, Lady Grantham y la señora Crawley por dirigir la casa mientras es un hospital de convalecencia para oficiales, o las dudas de Mary ante su compromiso con Carlisle, o la evolución de Edith hacia alguien con más humanidad y menos abofeteable.

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Es muy difícil que una serie que se estrena siendo un bombazo supere las expectativas puestas en ella cuando vuelve a las pantallas, y no es raro que le lluevan las críticas por las cosas más triviales, pero el nivel de escrutinio al que ha estado sometida ‘Downton Abbey’ tampoco ha sido muy normal. A pesar de algunos diálogos poco inspirados, el reparto ha vuelto a funcionar como un reloj, y con Carlisle han introducido un villano todavía más efectivo que O’Brien y Thomas, siempre al borde de la autoparodia. Sigue estando elegantemente dirigida (el millón de libras que cuesta cada episodio se nota en pantalla) y siendo una experiencia muy disfrutable. El factor novedad puede haberse pasado, pero que eso no es impida juzgar la serie por lo que es: un melodrama de los de siempre.

En ¡Vaya Tele! | ‘Downton Abbey’ confirma una tercera temporada

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