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Biutiful, tengo un amor en la calle

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Alejandro González Iñárritu es experto en un tipo de cine en las antípodas del de Luis Buñuel. A Buñuel le bastan pocos recursos, incluso expresivos, para redondear algunas de sus mejores películas, fijad la vista en la etapa mejicana. A González Iñárritu le hacen falta todos y cada uno de sus recursos expresivos para rodar un drama intimista. Así fue en sus tres primeras películas, todas coescritas con Guillermo Arriaga, alguien que ha demostrado tener algo más que decir y sin esa histeria.

González Iñárritu, en adelante AGI, está muy preocupado por rodar-el-drama-definitivo. Esta película es un ejemplo perfecto de histrionismo de manual. El argumento sigue las andanzas de un personaje, encarnado por Javier Bardem haciendo de Javier Bardem interpretando a un hombre de la calle (esto es: exagerando los rostros, pareciendo estólido pero excesivo, siendo conmovedor, siendo como la vida misma nen) al que le han sucedido muchas cosas.

La primera es la pobreza. La segunda es el destino fatídico, nunca explicado, que le impide, incluso en una democracia liberal del siglo veintiuno, convertirse en un ciudadano que paga impuesto. La tercera es una enfermedad, creo que adivináis que terminal. La cuarta es un pequeño al que dejar un buen legado y toda la mandanga – porque AGI está muy preocupado por eso. Y la quinta son Los Chichos, joder.


“Tengo un amor en la calle / un amor de compra y venta “ cantaban los Chichos. Y es que dice un antiguo refrán que antes bruta que puta, pues eso le pasa a Bardem, os parezca inverosímil o no. Le ha salido una meretriz por novia y cuentan felices su relato de cuando hicieron un viaje muy cutre – AGI en ese momento cree que está hablando de la gente que de verdad es desgraciada y entonces exagera el momento con un kitsch conmovedor – como un lugar increíblemente feliz, como si la gente desgracia y miserable pensara que ¡eso es el paraíso! – porque AGI sabe y cree y confía en que la ignorancia de estos muchachos es tal que van a confundir un lugar modesto con el mejor en la tierra.

Porque estamos lejos de Vittorio de Sica, aquí hasta los Mossos desalojando un top manta son una operación espectacular-de-represión-y-ejército digna de, glups, el 15M o de una de las películas del caso Bourne. ¡En siete años no he visto tal escena con los tipos del top manta, pero AGI ha ido al raval, nen, y no veas el colega lo ha rodado todo! Esos rostros, esos rostros ásperos, exóticos y curtidos, esos rostros de los que no ha sacado otra cosa que clichés.

Bueno, también ha sacado otros clichés. Hay una historia de fantasmas y de Guerra Civil, Bardem el hombre-de-la-calle-que-lo-sufre-y-joder-le-nominaron-al-Oscar dice con gesto conmovedor: Tu abuelo no se sabía estar callado. ¡Faltó nombrar la bicha! Por supuesto, no hay ninguna visión de nada. Bueno, hay chinos, hay tragedia inesperada y hay, eso sí, mucha desgracia inmigrante, muchos chándals y muchos planos medianos, generales, hasta primeros de almacenes y de sitios más-allá-del-Raval-baby-donde-la-peña-se-mete.

En el fondo, esta película, y AGI al mando, es el pequeño placer de todo espectador contemporáneo: comprobar que, después de todo, los pobres siguen siendo miserables, desgraciados, no han cambiado y son gente-muy-intensa-y-muy-distinta-a-vosotros. Os apuesto lo que queráis a que el director cree que está diciendo lo contrario.

Pero decidme ¿cuantos disfraces conoce la condescendencia?

Mi compañero Caviaro se mostró también distante con la propuesta.

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