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'Cenicienta', Branagh de Shakespeare a Disney
Críticas

'Cenicienta', Branagh de Shakespeare a Disney

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Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, en una lejana filmografía, un príncipe del cinematógrafo destinado a cumplir grandes sueños. Su nombre, Kenneth Branagh. Entró por la puerta grande, maravillándonos con sus planos secuencia y elogioso discursos en su primera adaptación de don Guillermo Shakespeare, con el que demostró siempre buen conocimiento y amistad atemporal. Brilló con más luz que nunca en la primera mitad de los noventa, de nuevo con don Guillermo y convirtiendo al monstruo de Frankestein en una criatura digna del dramaturgo inglés.

Pero pronto la oscuridad se apoderó del reino, y Branagh intentó alejarse del lado oscuro que tanto le tentó cuando fue considerado para dar vida a Obi Wan Kenobi en la segunda trilogía de una larga saga/leyenda, ya mítica, religión de muchos aficionados al cine. Ni la mejor adaptación del príncipe de Dinamarca logró que el nombre de su director volviese a estar en boca de todos, perdiéndose así en películas mal distribuidas y trabajos como actor en productos de dudosa calidad. Tampoco el remake de una de las joyas de Joseph L. Mankiewicz le devolvió la luz, y así permaneció. Dormido, esperando.

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Branagh nunca fue director popular, y mucho menos en una época en la que el séptimo arte contenta a su público mayoritario generalmente con productos de consumo rápido y olvido inmediato, lo cual lleva a creer a muchos de sus consumidores en una falacia enorme, la de que si no se es famoso no se es bueno. De repente, y extendiéndose cual maléfica presencia, la todopoderosa compañía del ratón, ahora dueña de superhéroes y galaxias, sedujo en su momento al joven Branagh para encargarse de un superhéroe con martillo y resonancias shakesperianas. Su autoría quedó entre dicho.

Tras servir la mejor aventura como protagonista de Jack Ryan –personaje literario aburrido hasta la saciedad, que funciona mejor como secundario−, el poder oscuro le trajo de vuelta al mainstream más salvaje y desconcertante, el de las adaptaciones de los clásicos animados que llenaron de felicidad la infancia de muchas generaciones. ‘Cenicienta’ (‘Cinderella’, Kennet Branagh, 2015) es el regreso por la puerta grande de la taquilla y el cine fácil de su autor. Muchos pensamos que el lado oscuro de la compañía influiría sobremanera en las decisiones artísticas de un director con un talento ininteligible para Disney.

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Pasado, presente y futuro

Y hete aquí que ‘Cenicienta’ es, gracias al trabajo del joven Branagh, uno de los productos más sólidos en imagen real que han salido de la factoría, ahora empeñada en violar salvajemente los recuerdos de millones de personas, justificando con las nuevas generaciones, fáciles de convencer y contentar, esa filosofía de comida basura transportada al bello arte del cine. La adaptación es bastante literal al original animado, y salvando las distancias, siempre respetuosas –qué menos siendo Branagh el orquestador−, el film es un digno entretenimiento con ramalazos de genialidad.

Tenemos la joven enamorada del apuesto príncipe –ay, el amor en manos de Branagh, qué bonito y grande es, casi musical−, las dos hermanas idiotas, los efectos digitales en forma de ratoncillos, pájaros, lagartijas o calabazas carroza, la malvada madrastra personificada por una divertida Cate Blanchett, y cómo no, al gran Patrick Doyle para hurgar en nuestros sentimientos más inocentes. No hay montaje caótico, no hay taquicardia digital ni vómitos argumentales. Todo es paz y armonía en el nuevo reino en el que Branagh, ya no tan joven, ha recuperado la sonrisa y el favor del público.

Música, maestro, y a bailar. El hijo pródigo ha vuelto, aunque sea bajo condiciones muy claras. Pero no nos corresponde juzgar, sino en la medida de lo posible disfrutar. Lejos quedan los tiempos de Guillermo y su pasión desbordante, aunque aún se oigan los ecos del más grande escritor inglés, llorando en su tumba al haber perdido al mejor adaptador al cine que sus palabras han tenido. Un eco que irá perdiéndose en la inmensidad de las tres dimensiones y la filigrana.

Y colorín, colarado… este cuento acaba con un discurso otrora pronunciado, y cada vez que veo me encuentra de clasicismo embriagado. Lo que fue ya no es, y nunca será. "We few..., we happy few."

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