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El Justiciero de Elia Kazan

El Justiciero de Elia Kazan
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Cuando en 1999 se entregaron los Oscars correspondientes al año 1998 muchos famosos de Hollywood mostraron su inconformidad cuando se le entregó un Oscar honorífico a Elia Kazan. Era la forma de algunos de responder al comportamiento que Kazan tuvo en los años 50 durante la famosa Caza de Brujas delatando a muchos de sus compañeros. Curioso, siempre tenía entendido que los Oscars se entregan por trabajos cinematográficos y la gente que allí acude va por esos motivos y no por comportamientos políticos o por inclinaciones sexuales. Si sólo por esas dos cosas tuviéramos que juzgar a los cineastas me parece que más de medio Hollywood ya estaba crucificado. Afortunadamente, aún estamos aquellos que nos fijamos en lo que verdaderamente importa cuando se habla de cine: en la película en sí. Kazan fue, y siempre será, uno de los grandes. Películas como 'Un Tranvía Llamado Deseo' o 'Al Este del Edén' así lo atestiguan. 'El Justiciero' pertenece a su primera época, cuando aún no era un director famoso pero ya su forma de hacer películas levantaba alguna que otra ampolla, sobre todo política.

El film, basado en un hecho real, narra cómo en una pequeña localidad es asesinado un cura muy querido por todos. La policía no tiene más pista que la descripción del asesino: un hombre alto vestido con un traje oscuro y un sombrero. Con tremenda descripción es imposible obtener nada, pero pronto la gente empieza a ponerse nerviosa y exigir a las autoridades todo tipo de responsabilidades. También aparecerán las presiones políticas. Hay que encontrar un culpable, sea cómo sea. Detendrán a un pobre don nadie que tuvo una pequeña discusión con el párroco, y que porta una pistola con la que pudo cometer el asesinato. Siendo una película de Elia Kazan es fácil deducir que no nos encontramos ante un film cómodo de ver, sino más bien todo lo contrario. Kazan pone en tela de juicio todo el sistema judicial de un país reflejado en esa pequeña comunidad, y va más allá cuando sugiere que el poder político está por encima del bien y del mal siendo capaz de determinar quién puede ser ajusticiado o puesto en libertad dependiendo de si hay que ganar o no unas elecciones. Espinoso terreno de rabiosa actualidad, y eso que la película es de 1947.

Kazan va directo al grano con un comienzo de lo más espectacular y atrayente: un asesinato cometido en plena noche en una calle casi concurrida de gente. A partir de ahí y con un clarísimo dominio del ritmo nos va envolviendo en toda una espiral de acontecimientos a cada cual más tenso hasta llega a unos 15 minutos finales verdaderamente prodigiosos en los que un fiscal del distrito expone un caso presentado unas pruebas de lo más sorprendentes. Ya dije antes que el film está basado en un hecho real, y también procuraron mantener casi todos los nombres auténticos de los que se vieron involucrados en dicho hecho. No obstante nos encontramos ante una película y por mucho hecho real que haya sido, el cine siempre se mueve dentro de unos parámetros de pura ficción. Aún así, resulta estimulante imaginarse al verdadero fiscal exponer el caso con la misma energía y convicción con la que lo hace Dana Andrews en la película (muy cinematograficamente).

Andrews, actor un poco mediocre, esta bastante convincente en su papel. Jane Wyatt interpreta a su mujer y es el típico papel femenino de relleno y que no pinta nada. Arthur Kennedy, casi siempre secundario, interpreta al preso que todos quieren ver muerto. Y luego nos encontramos con dos actores típicos en el cine de Kazan. Lee J. Cobb, como siempre tan efectivo, en el papel de jefe de policía duro, y Karl Malden como uno de sus ayudantes que aunque sale poco protagoniza una de las escenas más fuertes del film. Sin desvelar nada diré que se trata de aquella en la que Malden quita del juzgado y por la parte de atrás al acusado y un montón de ciudadanos, desesosos de venganza lo están esperando. Una escena incomodísima genialmente resuelta y con la que Kazan se permite el lujo de criticar la inutilidad de las masas movidas por absurdos motivos de venganza, los cuales provienen de la ignorancia.

Al film sólo hay que reprocharle cierta trampa argumental que por supuesto no revelaré, pero hay una información que se le oculta al espectador de forma descarada, con lo que ciertas reacciones de algún personaje están de más. Aún así, un film muy bueno, muy en la línea de su director, poniendo siempre el dedo en la llaga y ofreciéndonos gran cine, como casi siempre era habitual en él. Una pena que luego muchos se dejaran cegar por otros temas y le dieran la espalda como cineasta. Entre aquellos que ni se levantaron ni aplaudieron había gente como Ed Harris, cuya cara de cabreo era antológica, y uno que aplaudió pero no se levantó fue el señor Steven Spielberg, quien sólo se moja en sus películas.

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