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'El señor de los anillos: La comunidad del anillo' (1)

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“Acertijos en la oscuridad…”

- Gandalf (Ian McKellen)

Una tarde, en la filmoteca de Madrid, tomando una cerveza antes de un pase, oí a uno de esos contertulios que tanto abundan por allí, hablar del cine de fantasía, y despachar velozmente a ‘El señor de los anillos’ de Peter Jackson con un lapidador “no hablemos de eso, eso es basura”. En efecto, hasta en las filmotecas a la gente le encanta hablar con los dos grandes epítetos: “obra maestra” o “puta basura”. Soslayando el tema de que es diíficl encontrar a contertulios cinéfilos interesantes, creo que podemos empezar a situar correctamente, o a intentarlo, la trilogía de Peter Jackson, casi una década después de su estreno.

En las navidades de 2001 apareció la primera película. Había muchas dudas, lógicas, en torno a ella. Pero lo cierto es que, en general, los espectadores salimos del cine bastante satisfechos. Jackson no había filmado una obra maestra imperecedera, pero había cogido un material literario muy difícil de adaptar y había salido vivo de la hazaña. No era poco. Ahora bien, siendo una película tan larga, con tantos elementos narrativos, y con tantas secuencias, y dado el hype que había provocado, no resultaba fácil hablar con justicia sobre ella. A mí me parece una digna película de aventuras. Vamos a analizarla:

El prólogo: concisión, brillantez y tosquedad

Era imprescindible situar al espectador, tanto aquel que se hubiera leído el libro (el más exigente…) como aquel que no (para que no se perdiera). Y había que hacerlo con rapidez, pero atando todos los cabos, para empezar a contar la historia de Frodo cuanto antes. Y se puede afirmar que estos primeros minutos tienen grandes virtudes, aunque también defectos. Como toda la trilogía. Era necesario una voz en off, y quién mejor que Cate Blanchett, que interpretaría a Galadriel. Su narración es estupenda, con su hermoso timbre y su voz atenorada, sin perder jamás el tono. Así, nos situamos en un pasado remoto en el que se explica la creación de los anillos, y la capacidad del anillo único para dominarlos a todos.

Tiene lugar, por tanto, la primera de las diversas batallas de la película, y se agradece que sea breve e intensa. Sin embargo, hay poca fisicidad en esta batalla, y un tratamiento del color algo exagerado. Le falta algo de épica también. Parece un cómic tosco e hiperbólico, y ver a Sauron corporeizado (uno de los aspectos más controvertidos de la adaptación, pues en la novela esto nunca sucede de manera gráfica) le resta algo de misterio, por mucho diseño de armadura y casco que le dedicasen. Así mismo, la escena de la muerte de Sauron queda algo forzada. Para entendernos, mucho efecto y poco sentido visual.

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Tampoco es especialmente brillante la muerte de Isildur, con una cámara ralentizada (que Jackson empleará, por desgracia, bastantes momentos más en esta primera película), y una falta de épica preocupante. Sin embargo, tiene mucha atmósfera (gracias también a la inspirada música de Howard Shore) todo lo relativo al hallazgo del anillo por parte de Gollum, y el momento en que lo encuentra Bilbo. Imágenes certeras, rápidas pero acertadas, que narran con rapidez y concisión una historia muy larga. Concluye así el primer prólogo, y pasamos a otro prólogo no oficial, que a mí particularmente me parece que baja mucho la intensidad de la película. Desgraciadamente, todo este bloque era necesario para contar la historia.

Bilbo, Gandalf, La Comarca

He de decir, para empezar, que Ian Holm me parece un actor magnífico, y su Bilbo es estupendo y perfectamente dibujado. No puedo decir lo mismo de Elijah Wood, un actor muy tendente a la sobreactuación, que encarna a un Frodo que no me acaba de convencer, pues le falta carisma, densidad, contención. Los enormes ojos azules y la cara de niño de Wood le bastan, pero suele esforzarse en “actuar”, y muchas veces es ñoño, obvio o zafio. Parece hipervitaminado, y su caracterización (el cabello, el vestuario) poco realista. En comparación, prefiero con mucho a Sean Astin, que dibuja un Sam más cerca del espíritu del original literario.

Peter Jackson dibuja una Comarca idílica, en plan pueblo primaveral de cuento. Está bastante potable todo el diseño del pueblo Hobbit, aunque se echa en falta, como casi siempre, una mayor sensación de vida, de veracidad, y un dibujo menos caricaturesco de estos personajes. Es decir, parece más una postal que otra cosa, pero está decente, sobre todo, insisto, por el trabajo de Ian Holm, a quien le atribuyo gran parte del mérito de que sea un bloque más o menos interesante. Ian McKellen, como Gandalf, parece en estas primeras escenas algo forzado, como si el traje o el sombrero le estorbaran. Por suerte enseguida mejora (concretamente, en la fiesta de cumpleaños), y esa extraña sensación desaparece.

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La novela comienza con el cumpleaños de Bilbo, y en la película obtenemos un cumpleaños que se acerca bastante a lo que podíamos imaginar leyéndola. Nos presentan también a Pippin (Billy Boyd) y a Meriadoc (Dominic Monaghan), que serán el contrapunto Hobbit cómico a los casi siempre muy serios Sam y Frodo, y a los que estos dos actores se esforzarán en dotar de credibilidad, teniendo tan poco trasfondo con el que trabajar. Hay bastante coña (Gandalf bailando entre los pequeños hobbits, el episodio del petardo gigante) y buen ambiente, y Jackson sabe pasar del ambiente distendido del exterior, a la opresión creciente que le causa el anillo a Gandalf en el interior de la casa de Bilbo, con talento. También es bonita la despedida entre Gandalf y Bilbo.

Un arranque algo lento

Con la aparición de los Espectros del Anillo (una creación bastante notable, llena de imaginería siniestra), la historia comienza a arrancar, aunque con algo de lentitud. Hay fuerza expresiva en esos jinetes negros que se lanzan en la búsqueda del anillo, y una creciente atmósfera de pavor alrededor de la Comarca. Con Frodo por fin partiendo de su hogar hacia Rivendel, acompañado de Sam, podemos decir que comienza de verdad la historia. Sin embargo, no me convence demasiado el humor zafio de Jackson, que reemplaza la cálida camaradería entre los cuatro hobbits, y que aquí se traduce, como mucho, en un tratamiento algo cursi de su amistad.

La presentación de Saruman es muy potente (un Christopher Lee tan impresionante como acostumbra), pero se diluye bastante en cuanto entra con Gandalf en la torre. Los movimientos veloces de la cámara de Jackson dan un tono de cómic vistoso que le resta misterio a la puesta en escena y al relato de fantasía que nos quieren armar. El combate de magos está bastante trabajado, pero no es una gran secuencia. Queda vistoso y poco más. Tampoco es una gran secuencia (Jackson el suspense lo maneja a ratos), el famoso momento en que los cuatro Hobbits se esconden en un agujero del primer Espectro. Queda forzado que acaten la orden de Frodo de esconderse, y el director falla a la hora de atemorizar al espectador.

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Sin embargo, la huída de los cuatro hobbits por el bosque nocturno tiene una fuerza visual sorprendente. Da la sensación de que Jackson estaba aquí con ganas de filmar bien, mientras que en otros pasajes se dedica a pegar planos sin mucha gracia. Hay una energía y una atmósfera notables, como el momento en que Frodo salta a la barca en el último segundo, y mira hacia los jinetes que comienzan a seguirles por la orilla, en una imagen a cámara lenta. La densidad, la veracidad poética de este momento, no la alcanza Jackson como realizador nada más que en momentos aislados como este. Pero por suerte llegamos al bloque del pueblo humano, y del Poney Pisador. Y llegamos a la presentación de Aragorn, que le sube a la película cien decibelios.

Todo el bloque de la posada es tal como se podía imaginar, y Viggo Mortensen está tan metido en su papel de Aragorn, que parece realmente un montaraz que llevase un mes durmiendo en el monte. Es un actor muy físico y muy natural, que suele fracasar cuando se las da de actor del método, pero que aquí está estupendo, con barba de varios días y aspecto de no lavarse hace mucho. Le da a este momento de la película una energía que ya iba necesitando. Su presentación es brillante, y sus diálogos los mejores (“¿Tienes miedo? no lo bastante, sé quién te persigue”). A continuación es interesante cómo está contada la infiltración de los espectros, y cómo han sido engañados, con un montaje en paralelo bastante brillante.

Momentos inspiradísimos

Y aquí llega uno de esos momentos que parecen cazados al vuelo y que se echan en falta más a menudo en esta trilogía: Aragorn explica a los hobbits lo que son los Nazgûl, y Jackson ofrece una serie de planos muy bellos sobre las palabras de Mortensen, que producen una gran inquietud e intriga en el espectador acerca de estos sinuosos seres. Lástima que lo termine de la peor manera posible, con un corte abrupto que nos arranca de esa belleza con tosquedad, para un plano del quinteto saliendo de Bree. Y para rematar, pone en paralelo con esa salida un plano sin continuidad de los mismos Nazgûl cabalgando por un camino. Un sinsentido.

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El corazón de esta trilogía, a mi modo de ver, es el viaje de Frodo, tanto psíquico como físico. En este primer trayecto, tampoco el viaje con Aragorn es especialmente emocionante. Se echa en falta más fisicidad, más realismo, menos planos desde un helicóptero, más sentir la mugre y la dureza del camino. En ese aspecto, esta trilogía fracasa rotundamente, salvo en la parte final, cuando ya Sam y Frodo caminan juntos por Mordor, donde algo de esto sí que hay. Pero aquí no tenemos la sensación de un relato de camino, de itinerario. Sin embargo la cosa mejora bastante con el ataque de los nazgûl, que propicia dos momentos bastante bellos.

Por un lado, una polilla acude a ver a Gandalf en su cautiverio, para comunicar su situación a la gran águila. Es un plano muy hermoso, cuya segunda mitad es una vertiginosa caída hasta las minas de Saruman. Por otro, la aparición de Arwen, que a los ojos de un moribundo Frodo, posee una luz y un vestuario, muy diferentes de lo que ven el resto. Son momentos aislados de gran sabor de cine fantástico. La persecución a Arwen está lograda, pero le falta más ingenio, y un montaje menos caótico. Aunque para montaje caótico, y planificación desastrosa (y dirección de actores pésima, con un espantoso Orlando Bloom), la secuencia del concilio de Elrond, que es un desbarajuste total, por momentos hasta risible.

Hasta aquí la primera parte de la película, que se salva por momentos puntuales, interpretaciones brillantes (algunas, las de Mortensen, McKellen o Holm), y alguna escena particularmente afortunada (los hobbits en el bosque nocturno, la aparición de Aragorn, la polilla con Ganfalf). Por suerte, la segunda parte de esta primera película está mucho más trufada de virtudes.

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