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'Elephant', conquistando el futuro del cine

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“Y lo más importante…divirtámonos”

Alex (Alex Frost)

¿Cómo mostrar lo inimaginable? ¿Cómo expresar un punto de vista con el espanto, como fundir una imagen con ello? Dicen que la muerte y el sexo no se pueden filmar…pero de una u otra forma se han filmado. Quizá lo que no se puede filmar es el horror, la atrocidad absoluta. Algunos han querido dramatizarlo, como en las numerosas películas sobre la pesadilla nazi, pero muy pocos artistas han estado a la altura del horror, muy pocos han mirado con nobleza y compasión en los agujeros más tenebrosos. Uno de ellos fue Claude Lanzmann, cuyo monumental filme ‘Shoah’ (id, 1985) se negaba a emplear fotografías de archivo de la barbarie nazi contra los judíos, y se centraba en la historia oral de los testigos, de los victimarios y las víctimas. Lanzmann lograba así una hazaña tremendamente difícil de describir: hacer del horror el vacío de una imagen que no existe, porque no la vemos. Es peor imaginarla. Y uno de los pocos directores norteamericanos que son verdaderos artistas y que está a la altura de semejante hazaña es Gus Van Sant, que en 2003 indagó en horrores parecidos: la locura por la locura, la sangre por la sangre, la bestialidad como algo cotidiano, infernal, inexpugnable, impenetrable.

Van Sant se aventura, sin vuelta atrás, en pesadillas similares a aquéllas, pero que ahora aparecen en los telediarios como si tal cosa. Y lo hace de un modo muy diferente a su colega, aunque en su cine permanece un sustrato de espíritu puramente documental, que muestra las imágenes, los personajes y las situaciones con absoluta falta de énfasis, pero también otorgando al conjunto la viveza y el lirismo de una poesía trágica, de un documento sumamente estilizado bajo cuya apariencia de sencillez late uno de los filmes norteamericanos más bellos de las últimas décadas. ‘Elephant’ (id, 2003) exprime en sus poco más de ochenta minutos un collage de rostros, movimientos, gestos, voces y miradas que se erige, en sí mismo, como una sinfonía, verdadero cine-música en el que cada plano no existe sino como compañero fluido de otros planos, como eslabón perfectamente incrustado en un todo. Con ella, Gus Van Sant alcanza el techo de la genialidad, nos estremece hasta la última célula de nuestro cuerpo, y nos hipnotiza con una puesta en escena luminosa, de muy compleja elaboración pero de ejecución transparente.

Hay que tener las ideas muy claras, las convicciones muy férreas y la mirada muy afilada para hacer un filme como ‘Elephant’. Para Van Sant la masacre de Columbine, instituto en el que en 1999 trece personas fueron asesinadas a manos de dos adolescentes, podría haber sido una excusa para presentarnos, una vez más, a sus muchachos tan bellos que parecen muchachas, a los institutos de su Portland natal, pero hay mucho más. En un principio Van Sant planeaba un documental para televisión sobre el mismo Columbine, pero poco a poco fue naciendo en él la necesidad de una representación poética, personal, de los acontecimientos, más que un acercamiento periodístico, porque él sentía que así se acercaría mucho más al enigma que encierra tanto dolor y tanta locura. Escribió un guión abierto y, durante los ensayos y el rodaje, instó al equipo de actores a que, de forma libre y espontánea llenaran los huecos y los diálogos con sus reacciones más libres. Y la llamó ‘Elefante’ en honor a la película de mismo nombre de Alan Clarke de 1989 creyendo que se refería a la parábola de varios hombres ciegos describiendo un elefante.

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En esa parábola, varios hombres ciegos tratan de describir un elefante. Para uno, es como una serpiente. Para otro, como una pared. Para otro, como una lanza. Todos tenían razón y todos estaban equivocados. Ésta parábola puede aplicarse a la película de Van Sant en la cuestión del punto de vista, que salta de un personaje a otro con total fluidez, muchas veces superponiendo tiempos y espacios (en un guión sensacional, aparentemente sencillo, de nuevo, pero muy intrincado y lleno de detalles inquietantes), y lo que es más importante, creando la sensación de un tiempo capturado, un tiempo con un ritmo muy definido y muy personal, que acaba introduciéndose en el ánimo del espectador y volviéndose completamente real para él. Como reales se vuelven los pasillos y las paredes del instituto. Reales y fantasmagóricos, opresivos hasta un punto insoportable. Para Van Sant los institutos son lugares extraños, en los que la sonrisa y la libertad parecen proscritos, y sus criaturas deambulan perdidas…

‘Elephant’ está situada en un estadio más allá de lo narrativo, y por eso las normas y corsés del cine narrativo y convencional no pueden aplicarse aquí, y por eso muchos que no soportan el cine sin planteamiento, nudo y desenlace huyen de ella como de la peste. Pero la puesta en escena de Van Sant, con larguísimos planos sin corte en los que sus personajes caminan sin cesar o la cámara se detiene y examina, siempre con gran profundidad de campo, es de una belleza y un ascetismo que envidiaría el mismo Bresson. Con excelente fotografía de Harris Savides (en casi cuadrado formato 1.37:1), habitual de Van Sant y de David Fincher, por ejemplo, el exiguo presupuesto de la película se emplea hasta el último céntimo en actores, cámara y registro de sonido. El sentido visual de Van Sant hace el resto y el poema alcanza la categoría de conquista del futuro del cine, despojado de trama y de retórica visual, reinventando el suspense y la secuencia, de la mano de otros visionarios como Lynch o Malick.

Su Palma de Oro fue una forma de confirmar que Van Sant había llegado lo más lejos posible en la representación artística del infierno en la tierra. Y su premio al mejor director en dicho festival, la forma de decir del prestigioso festival que Van Sant había aportado muchísimo a la evolución del cine como arte, en sus formas antes que en su temática. Muchos sentirán rechazo, cuando no indiferencia, hacia las imágenes de esta película. Otros la vemos como una sinfonía de las tinieblas que el ser humano se empeña en imponer sobre este mundo, pero también de la esperanza de que ese ser humano sea capaz de dejar atrás todo esto alguna vez. Tiene Van Sant la mirada dolorida y dura, pero también serena y conciliadora.

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