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'En realidad, nunca estuviste aquí' reformula los códigos del thriller urbano apoyada en un excelente Joaquin Phoenix
Críticas

'En realidad, nunca estuviste aquí' reformula los códigos del thriller urbano apoyada en un excelente Joaquin Phoenix

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La nueva película de Lynne Ramsay establece un peculiar puente entre tres géneros, un trío de enfoques similares para un mismo tipo de historia, cuyo núcleo es el aislamiento casi patológico que vive su protagonista. Un personaje asocial, con escasísimos asideros emocionales y que deja pasar los días de una vida replegada sobre sí misma.

Esas tipologías de peliculas son, por un lado, los justicieros urbanos del cine de los setenta y ochenta, que en los últimos tiempos viven una reformulación mas centrada en la psique del antihéroe, lo que ha acabado despolitizando parcialmente el género. Por otra tenemos el thriller de los setenta donde un héroe mas o menos cotidiano descubre un submundo criminal oculto, a veces con trazas de conspiración.

Y finalmente, el propio cine de Ramsay, normalmente lejos del género de acción (aunque se está intentando vender de ese modo, 'En realidad, nunca estuviste aquí' es, más bien, un drama intimista con puntuales explosiones de violencia), y siempre recreándose en personajes con profundas heridas psicológicas. Desde los chavales de 'Ratcatcher' al traumático duelo de 'Morvern Callar', pasando por la crisis de una maternidad conflictiva en 'Tenemos que hablar de Kevin'.

Aunque estos tres grupos de peliculas tienen rasgos en común ('Hardcore: un mundo oculto' de Paul Schrader, por ejemplo, podria pertenecer a cualquiera de los dos primeros grupos), es la labor de Joaquin Phoenix la que unifica el trío de subgéneros. Su Joe es un asesino a sueldo, vinculado emocionalmente solo a su madre, cuyo último encargo, relacionado con la hija secuestrada de un alto cargo político, tiene efectos insospechados en su vida.

'En realidad nunca estuviste aquí': violencia contenida pero constante

Está claro que Ramsay no quiere elaborar un espectáculo de acción en 'En realidad, nunca estuviste aquí'. De hecho, parece jugar con las expectativas del habitual del género: los códigos del asesino a sueldo que borra cuidadosamente todas sus huellas o el profesional inhumano e imposible de rastrear se entremezclan con detalles de su vida personal que poco tienen que ver con la pulcritud de un psicópata distinguido. Toda la meticulosidad que Joe aplica a su trabajo se desmorona en un día a día sucio, inflado de espesa cotidianeidad y apuntalado en terribles flashbacks de su traumático pasado.

Una traición a las expectativas del espectador se da, del mismo modo, en el tratamiento de la violencia: cuando Joe compra una pistola irrastreable o adquiere un martillo barato en una ferretería, podemos predecir una devastadora oleada de violencia. Sin embargo, Ramsay la filma sin recrearse, a veces marcando los sangrientos impactos con cambios de plano, o jugando con lo visto y no visto a través de cámaras de seguridad.

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Son decisiones completamente conscientes y llenas de significado por parte de Ramsey, como demuestra que la novela de Jonathan Ames en la que se basa haya sido podada de material sobrante -y eso que Ames también hace de la concisión una virtud, con solo 90 fulminantes páginas-. En el libro el trasfondo vital del ex-agente del FBI y los detalles sobre su depresión tienen más importancia y se enmarcan en cierto estilo de novela negra.

Pero Ramsay reduce al mínimo los precedentes y ni siquiera se entretiene con lo obvio: la improvisada relación paterno-filial entre Joe y Ekaterina Samsonov no tiene las derivas esperables hacia el humor o la tragedia, y queda solo como una puntilla en la delicada definición de personajes que gesta Ramsey. Porque al final, por encima de un thriller urbano (uno inusualmente onírico, eso sí, gracias a la vaporosa fotografía de Thomas Townend), 'En realidad, nunca estuviste aquí' es un inclasificable drama de personajes.

El responsable es, sobre todo, un Joaquin Phoenix que no carga las tintas ni en la inexpresividad a la que nos abocan invariablemente los retratos de la apatía y la depresión, ni a las explosiones de furia inevitables en la crónica de las andanzas de un asesino a sueldo. La delicadeza de su composición de Joe corre pareja al gusto de Ramsay, que serpentea en torno a las manifestaciones de la violencia y no se resiste a coquetear con su exposición, pero las reprime con inteligencia para ofrecer una de las películas más emocionalmente demoledoras del año.

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