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'Enemigos públicos', frío retrato de Michael Mann

'Enemigos públicos', frío retrato de Michael Mann
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En unas horas se estrena en España la muy esperada ‘Enemigos públicos’ (‘Public Enemies’, 2009). Esperadísima por varias razones; en primer lugar, porque es la nueva película de Michael Mann, director de títulos tan memorables como ‘Heat’ o ‘El dilema’; esperada también porque está protagonizada por los carismáticos Johnny Depp y Christian Bale, entre otros, lo que a priori asegura buenas interpretaciones; igualmente, otro factor a considerar es la vuelta al cine negro y al retrato de un poderoso gángster al que nadie puede encerrar o liquidar. Todo esto unido a la escasez de películas realmente satisfactorias, otro año más, hacen de este estreno un plato prácticamente imprescindible.

Por eso, posiblemente, la decepción es tan grande. No sé en qué momento exacto, ni cuánto tiempo había pasado (una media hora, o quizá menos), pero tras intentar por todos los medios encontrar un sitio donde agarrarme, llegó un momento en que resoplé, me di por vencido y me solté de la pantalla, ya totalmente indiferente, y en mi cabeza se formó un pensamiento: “no me interesa nada de esto”. Michael Mann se ha equivocado al abordar la historia de John Dillinger. Exceptuando algunos fogonazos, de realizador experto y hábil, su película es fría, distante, incapaz de sacar todo el partido a un material fascinante.

Lo primero que vemos de ‘Enemigos públicos’ es una fecha: 1933. Se nos aclara que es el cuarto año de la Gran Depresión, “la mejor época para robar bancos”, según las declaraciones de John Dillinger y sus secuaces, protagonistas de la historia que se nos va a narrar a continuación. Acto seguido vemos una prisión y un coche que llega; baja Dillinger, apresado. Poco después ya tenemos la primera secuencia de acción de la película, con una fuga que no sale del todo bien y ruidosos disparos por todas partes. Los supervivientes escapan, y en escasos minutos Mann ya nos ha dejado las primeras pistas de lo que veremos durante el resto del metraje.

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La secuencia inicial evidencia el principal interés del cineasta al llevar a cabo este retrato de unos hombres concretos en una época concreta. Michael Mann desea llevarnos a la década de los 30, pero no al estilo clásico, sino “realmente”, dando la impresión de que más que estar viendo “una de gángsteres”, estamos asistiendo a un espectacular documental moderno. Es como si Mann se hubiera llevado una cámara a los años treinta y grabase la acción tal como sucede, sin dramatismos, interpretaciones ni fotografía cinematográfica. El realizador vuelve a optar por el formato digital en alta definición, un formato al que recurrió por primera vez en ‘Collateral’, con magníficos resultados.

Dice Mann que hicieron pruebas en 35 mm., pero que parecía que iban a hacer una película de época, y eso no es lo que él quería; por el contrario, al ver las pruebas en alta definición, pensó que estaba viviendo en el mismo momento en el que transcurría la acción, y eso era justamente lo que buscaba, meter al público en la vida de Dillinger y sus perseguidores. Bien, en este aspecto, la película está lograda, los acontecimientos parecen reales y parece que hay un cámara invisible captando la realidad, el “presente”, pero esto queda en nada si lo que se cuenta no interesa, si los personajes hablan y no te importa lo que dicen, si hay acción, disparos y muertes, y no sabes del todo qué está pasando, ni quién la ha palmado, ni quien ha escapado, ni si eso es importante o no.

Antes de ver la película, entusiasmado por el tráiler, pensaba que Johnny Depp estaría genial como Dillinger y que posiblemente su nombre sonaría para el Oscar. Ya no. No es que Depp esté mal, al revés, se le ve muy natural, convincente, metido en el papel, no es ningún dibujo animado imitando a un temible, aunque atractivo, gángster; pero su trabajo queda diluido por el enfoque de Mann, preocupado más por la ambientación y el realismo que por los personajes. Así las cosas, este Dillinger es un criminal ingenioso, violento y prepotente, que sabe que necesita ganarse a la gente y a todos los amigos que pueda para poder escapar de la justicia… pero no es una figura tan fascinante como otros gángsteres retratados por el séptimo arte, como el Scarface de Paul Muni o el Cody Jarrett de James Cagney.

Christian Bale vuelve a demostrar su versatilidad con un personaje posiblemente más complicado que el de Depp, pues es el “bueno” que debe caer mal al público, que no quiere que acabe cazando al pistolero, al popular ladrón de bancos que respeta a la gente de a pie. Melvin Purvis parece un policía corriente, pero cuanto toca actuar se transforma en un letal perro de presa, que no se va a detener ante nada. En realidad no se diferencia mucho de Dillinger, son las dos caras de una misma moneda, dos tipos que hacen lo que saben y lo que pueden en una época muy dura y donde no hay lugar para los sueños, ni para los héroes. Uno eligió morir y matar por la justicia; el otro optó por robar bancos para vivir a lo grande, a su manera.

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El de Dillinger y Purvis tendría que haber sido un duelo antológico en manos de Michael Mann, un dramático western gangsteril con robos, tiroteos y persecuciones que dejaran sin aliento. Los actores hacen su parte, el que los dirige no. Otro elemento que falla en la película es que, exceptuando a estos dos, el resto del reparto pasa muy desapercibido, resultando muy chocante ver a actores tan conocidos en papeles tan breves e insustanciales; Billy Crudup tiene un poco de suerte y le dejan un par de escenas con algo de contenido. Sí tiene más presencia en pantalla la francesa Marion Cotillard, que interpreta a la chica de Dillinger, pero ni el personaje está bien escrito ni la actriz logra, con el poco margen que le deja Mann, hacer algo destacable. Simplemente está ahí y el romance rutinario tiene lugar.

La apuesta del cineasta por un formato actual dota a ‘Enemigos públicos’ de un estilo diferente, pero el buen cine se caracteriza por buenas historias y buenos personajes; aquí pasan los minutos y no hay un drama que atrape, y tampoco ninguna gran secuencia de acción que se quede grabada en la retina. Mann se queda en la superficie, en rodar cine negro de otra forma, pero se olvida de lo más importante: narrar una historia que interese. Lo mejor: la presentación de Purvis (por supuesto, cazando), la fuga de Dillinger, y la secuencia en torno a ‘Manhattan Melodrama’ (curiosamente titulada aquí como ‘El enemigo público número uno’), lo más emocionante de una película que dura demasiado. Poco más destaca aquí; la impresionante ‘Camino a la perdición’, por poner un ejemplo reciente, la deja en pañales. Una gran oportunidad perdida.

2,5

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