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Especial Mission: Impossible | La saga toca techo con Bird
Críticas

Especial Mission: Impossible | La saga toca techo con Bird

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Me encanta la primera parte, y aunque no colija con algunas opiniones que la tachan como la mejor de la saga, si que aprecio en lo que vale el muy diferente thriller de acción que De Palma construyó en torno a dos secuencias de acción inolvidables. Aborrezco la segunda. Y no creo que haya mucho más que añadir a lo que sobre ella dije hace un par de días. Adoro la tercera, tanto por suponer un giro radical que se alejaba de los postulados estúpidos de su antecesora como por el hecho de que sirvió para demostrar que la valía de Abrams tras el objetivo no se limitaba a la pequeña pantalla.

Y, como se puede inferir del titular de esta entrada, cuando toca valorar la puesta de largo de Brad Bird en lo que a imagen real en la gran pantalla respecta, no me queda más remedio que afirmar que 'Misión imposible: Protocolo fantasma' ('Mission: Impossible – Ghost Protocol', 2011) es la mejor entrega de los cuatro filmes que la franquicia iniciada en 1996 ha ofrecido hasta el momento. Y lo es, ante todo y sobre todo, por cómo demuestra con autoridad que ejecutar un blockbuster es algo que puede hacerse con suma elegancia y con un nivel de inteligencia que no suponga un insulto al respetable.

Un esquema llevado a sus últimas consecuencias

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Consideraciones de calidad momentáneamente al margen, lo que las dos horas y diez de 'Protocolo fantasma' ponen en evidencia es que, a la hora de establecer el patrón que anima una acción imparable, esos dos viejos conocidos de J.J.Abrams que son André Nemec y Josh Appelbaum —escritores ambos de 'Alias' (id, 2001-2006)— tiran de aprender lecciones derivadas de la trilogía previa insuflando a éstas tanta adrenalina como les es posible para que sea el filme el que menos descanso de al espectador y el que, al tiempo, le ofrezca las mejores set-pieces de la franquicia.

Hay, como es marca registrada desde que De Palma diseñara el robo de Langley, incursiones imposibles —tres en lugar de las dos que nos ofrecía la tercera parte—, persecuciones que quitan el hipo y, sobre todo, más ganas que nunca porque la sorpresa sea la sensación constante que atenace al espectador haciéndole olvidar que todo peligro que corre Hunt durante el metraje es momentáneo, y que la ominosa amenaza nuclear que se cierne sobre la humanidad por acción de ese villano sin personalidad que es el Kurt Hendricks encarnado por Michael Nyqvist, será solucionada in extremis por el equipo del IMF.

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En favor de ese proceso de olvido al que el respetable es sometido, juegan factores como lo impredecible que la cinta se vuelve desde que vemos reventar el Kremlin a espaldas de un atónito Tom Cruise —y qué duda cabe que dentro de ese talante no hay mejor exponente que el momento en el que el coche que ocupan Hunt y otros dos personajes es atacado por rusos— y, en términos muy diferentes, la vulnerabilidad a la que quedan expuestos tanto el protagonista como sus compañeros cuando se quedan sin el respaldo del IMF después del incidente de Moscú.

Una vulnerabilidad que tres de los cuatro protagonistas ya arrastran y que, potenciada por no poder contar con ningún apoyo más que el suyo propio, dibuja de forma magnífica a los personajes de un Cruise más auténtico que nunca y unos Patton y Renner que exponen a la perfección el gran trabajo que Nemec y Appelbaum hacen con ellos. Lástima que, como apuntaba antes, sea sólo con ellos y no con un villano que hace que echemos en falta, y cómo, el locuaz y oscuro verbo de Philip Seymour Hoffmann en el filme anterior.

'Misión imposible: Protocolo fantasma', acción de altos vuelos

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Pero más allá de lo bien que funciona el libreto en el trabajo que se hace con (casi) todos los personajes —y aquí también habría que dejar lugar para alabar la soberbia definición, con cuatro trazos, de los que encarnan Josh Holloway y Lea Seydoux— hay en 'Protocolo fantasma' un nombre al que atribuir un muy alto porcentaje de la responsabilidad última de que la cinta funcione como lo haga. Y ese no es otro, obviamente, que Brad Bird.

Viendo cualquiera de los tres filmes de animación que el cineasta había firmado hasta ponerse al mando de la cuarta entrega de la saga, pocas dudas podíamos albergar al respecto de la gran inventiva visual que siempre ha poseído tan soberbio director —y sigue poseyendo, que ya deje claro lo que me pareció la maravillosa 'Tomorrowland' (id, 2015)—. Una imaginación que aquí se pone al servicio de las muchas y muy variadas set-pieces que jalonan el metraje, concretando al ser sumadas una duración en términos de acción que supera con amplio margen a lo que hasta 2011 habíamos visto en los filmes predecesores.

Trascendida la fuga inicial, que hace gala de un humor muy Abrams, y aunque sin lugar a dudas me quedo con la media hora de reloj en los que la acción se mueve a Dubai —y ahora hablaremos sobre ellos— no se puede negar que tanto la secuencia del Kremlin, y ese recurso del falso pasillo, como todo lo que tiene lugar en esa otra media hora que ocupa el clímax final en Mumbai son ejemplos de lo mejor que el concepto de blockbuster ha tenido a bien ofrecernos en la última década. Y eso es algo que ya habla por sí solo, y mucho, de lo que cabe encontrar en éste magnífico filme.

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Como mucho es, y ya lo apuntaba en el párrafo anterior, lo que cabría desgranar de 30 minutos que son un ejemplo alucinante de ritmo y narración cinematográfica, del tremendo compromiso que Cruise ha tenido desde un principio para con la saga —no creo que haga falta insistir en lo "real" de la escalada al Burj Khalifa— y de cómo rubricar una secuencia que empieza en lo más alto —literalmente— con una persecución en medio de una tormenta de arena que es, a todas luces, la menos convencional y más espectacular de cuántas hemos visto en 'Misión imposible'...y en la gran mayoría de cintas de acción que nos han llegado en, qué sé yo, los últimos tres lustros.

Tan superlativo es el conjunto de esa media hora —y me presten ustedes atención a la música de Michael Giacchino, inspiradísimo de nuevo— que por muy efectivo, espectacular, soberbio y consecuente que sea el clímax del filme, a servidor le sigue sabiendo a poco. Algo que también me pasaba con la comparación entre el punto intermedio y final de la inmediata predecesora de 'Protocolo fantasma' y que, en ninguno de los dos casos, sirve para disminuir ni un ápice las espléndidas sensaciones que se derivan de ambos filmes y el calificar al presente, a falta de saber si es verdad que la quinta supera a todas las anteriores, como el culmen de la franquicia.

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