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'Hairspray': me quedo con John Waters

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A dios pongo por testigo, que no volveré a ver Pink Flamingos ni que me paguen por ello, por muy de culto que sea, pero me gusta John Waters, sobretodo desde que con películas como Hairspray empezó a mostrar su lado más amable.

Podría nombrarse también como su lado más comercial, pero ahí esta la nueva versión del musical dirigida por Adam Shankman para demostrar que el cine comercial es otra cosa, y que cualquier película, por gamberra que sea, es susceptible de convertirse en “para todos los públicos”.

A pesar de que me resulta algo (bastante) exagerado, pensar que Nikki Blonsky, protagonista de Hairspray (2007) se merece una nominación al Oscar, coincido con mis compañeros Chico Viejo y Red Stovall en que la película resulta agradable, entretenida, divertida y consigue contagiar el espíritu del baile.

En general no está mal, pero no aporta nada (excepto quizá la simplona pero efectiva banda sonora compuesta Marc Shaiman) que no tuviera la original. En cualquier caso, le resta.

Por que entre una auténtica Divine y un John Travolta revestido de falsa carne, hay una diferencia tan grande, como la de la estridencia de los peinados y los vestidos entre una versión y otra. Porque, entre otras muchas cosas, nos han dejado sin los besos con lengua, los granos de pus, y las sesiones de electroshock para curar la pasión interracial.

En este nuevo film no hay lugar para el caos, la irreverencia ni el esperpento cuando se supone que, como todo el cine de Waters, debería reivindicar lo diferente.

Michelle Pfeiffer está estupenda (que alegría volver a verla) pero ¿cómo comparar su sexy maligno personaje con el demonio sin temor al ridículo al que da vida Deborah Harry? Y así con todo.

En definitiva, me dio la sensación de estar comiendo la misma sopa, pero sin sal. Con plato y cuchara de lujo eso sí, pero al fin y al cabo, el sabor es lo que importa.

Me quedó la duda de por qué esta vez nadie se había rasgado las vestiduras ante el nuevo Hairspray, esgrimiendo la (archiconocida) frase que se usa siempre en estos casos, de que estábamos ante un remake innecesario.

Quizá por que tal y como está el patio, más vale un Waters desparasitado, que otra cosa...

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