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'Infierno bajo el agua': una pesadilla acuática que destaca gracias a su intensidad y concisión
Críticas

'Infierno bajo el agua': una pesadilla acuática que destaca gracias a su intensidad y concisión

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A veces solo hace falta una película pequeña, modesta, pero perfecta en su precisión y sus intenciones para recordarnos que la nueva oleada de terror "de autor" es estupenda y está revitalizando el género y abriendo nuevas vías expresivas y temáticas. Pero a veces, también el buen cine de terror son intensas pesadillas de hora y media con dos personas y un perro atrapadas con unos cuantos cocodrilos en una casa inundada. 

'Infierno bajo el agua' recupera al mejor Alexandre Aja, uno que exhibe una visceralidad que no veíamos desde su extraordinario reboot de 'Las colinas tienen ojos' de 2006. Pese a la similitud temática con la divertida pero a ratos agotadora 'Piraña 3D', otra peripecia con depredadores bajo agua, aquí Aja deja de lado el humor autoconsciente y se centra en una claustrofófica odisea que, en realidad, a lo que se acerca es a otra opresiva producción de Sam Raimi, la soberbia 'No respires'.

Aja consigue, gracias a un metódico pulido de elementos del guión de los hermanos Michael y Shawn Rasmussen (responsables de mediocridades como 'Encerrada' de John Carpenter o 'The Inhabitants') convertir a 'Infierno bajo el agua' en un modesto prodigio de serie B. Aja rueda con un brío bajo el que no se permite ni un plano sobrante, a veces demostrando una economía narrativa que no practicaba desde, literalmente, hacía más de una década. Algunos buenos ejemplos son los soberbios créditos iniciales, melancólicos e informativos, o la secuencia del ataque a la gasolinera. 

'Infierno bajo el agua' es puro cine de terror de concepto, y por eso exige tanto a su puesta en escena, pero compensa con creces cuando llega a buen puerto: una nadadora de competición frustrada (Kaya Scodelario) que lleva un tiempo distanciada de su padre (Barry Pepper) acude a ver si éste se encuentra bien en una zona de Florida donde se va a desencadenar una tormenta devastadora. Juntos no solo tendrán que hacer frente al apocalipsis metereológico refugiados en su propia casa, que se viene abajo, sino a un grupo de cocodrilos que andan sueltos.

'Infierno bajo el agua': Mandíbulas con tornado al fondo

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Es difícil no torcer levemente el morro cuando se nos echa encima una propuesta de criaturas marinas desencadenadas. Pese a que el primer éxito del género en su encarnación moderna, 'Tiburón', es un clásico, la fauna acuática homicida lleva décadas superpoblada, y cada nueva película garantiza o bien cansina autoparodia inofensiva a lo 'Sharknado', o bien repetición incansable de tópicos con más ('Infierno azul') o menos ('Megalodón') fortuna.

Los cocodrilos, sin embargo, nos han brindado unas cuantas películas para el recuerdo. Desde el tronchante festín de la mejor serie B sin prejuicios que fue 'Mandíbulas' en 1999 a la mítica y memorable 'La bestia bajo el asfalto', pasando por la más reciente, indie y brutalísima 'El territorio de la bestia'. Todas comparten cierta visceralidad que parecen haber canalizado en el tono y los resultados de 'Infierno bajo el agua'

Aja reduce a un solo escenario la capacidad de movimiento de sus personajes, y se revela rofundamente claustrofóbico en el arranque (un padre malherido en un sótano sin salida que se va inundando) y sorprendentemente versátil en la segunda mitad de la película, cuando la casa se va transformando literalmente bajo los pies de los protagonistas al paso de la inundación. El guión se construye en torno a set pieces tan valiosas y extraordinariamente bien rodadas como la del acoso en el baño, quizás el mejor anuncio de mamparas de ducha jamás rodado.

Todo ello podría dar pie a una excelente película de tensión veraniega, pero Aja consigue que se eleve incluso más allá gracias a su atención a elementos que el género suele descuidar. Por ejemplo, la fe de Aja en la interpretación altamente física de Scodelario, una jovencísima pero ya veterana actriz ('Skins', 'El corredor del laberinto', 'Extremadamente cruel, malvado y perverso') que funciona a las mil maravillas como heroína de acción más cercana al músculo y presencia de los iconos de los ochenta que a los excesos CGI actuales.  

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Todo ello, sumado a un desvío sistemático a los tópicos argumentales, casi con tono de desafío (¿todos estos secundarios que podrían dar pie a aburridos desvíos en la trama llenos de lugares comunes?: no te fíes), pone en pie una de las propuestas más estimulantes de este tramo final del verano. Porque a veces, para hacer bien una película de terror, solo hay que hacerla bien. Sin más.

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