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'Irrational Man', el crimen como inspiración
Críticas

'Irrational Man', el crimen como inspiración

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‘Irrational Man’ (id, Woody Allen, 2015) es la cuarta película de su autor que hace referencia a Dostoievski, concretamente a la obra ‘Crimen y castigo’, tras haberlo hecho con anterioridad en ‘Delitos y faltas’ (‘Crimes and Misdemeanors’, 1989), ‘Match Point’ (id, 2005) y ‘El sueño de Casandra’ (‘Cassandra’s Dream’, 2007). El tan soñado crimen perfecto que sirve aquí como forma de insuflar ganas de vivir a su fascinante personaje central, interpretado por un Joaquin Phoenix totalmente perfecto, demostrando que es uno de los actores estadounidenses más versátiles y camaleónicos que existen.

El film, además, me ha parecido un retorno a las buenas formas de Allen, sin alcanzar la perfección –ni falta que le hace−, depurando su estilo con una puesta en escena transparente, de señales clásicas, que dotan al film de una agilidad narrativa casi magistral. También puede verse su gusto por lo absurdo tan característico en su obra a lo largo de los años. Absurdo y contradicción a través de este hombre irracional que, según Bernard Shaw, es el tipo de hombre que realiza cualquier tipo de progreso. Filosofía enfrentada a la vida. Palabrería frente al acto. Un drama vital con ribetes de comedia, y viceversa.

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(From here to the end, Spoilers) Joaquin Phoenix da vida a Abe, un veterano profesor de filosofía que llega a una nueva escuela a impartir clases. Su fama le precede, aspecto desaliñado, despreocupado, con gran capacidad para la escritura y con éxito entre las mujeres. De tendencia autodestructiva, llamará la atención de dos mujeres bien diferentes, ambas con pareja, Rita (Parkey Posey), una profesora de ciencias, y Jill (Emma Stone) una alumna. La experiencia y el cansancio frente a la juventud y la inquietud cultural.

Del altruismo al egoísmo

Ambas mujeres −otro de los grandes temas de su director, quien casi siempre ha construido, o dibujado, mejores personajes femeninos que masculinos, o al menos más interesantes para el que suscribe, por motivos lógicos− inspirarán a Abe, en cierta medida. Con mucha claridad, Allen define a una especie de pensador en un momento crítico de su vida, sin inspiración creativa, de la que se deriva la impotencia sexual, como cansado de saber y estrellarse contra la dureza de la vida, encontrando en el crimen una nueva oportunidad de sentirse vivo. Tema espinoso que Allen narra con mucha soltura.

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Mientras en una primera parte establece conexiones tan interesantes como la inutilidad de los pensamientos filosóficos frente a la complejidad de la vida real, en una segunda parte, con la coincidencia y la ironía en el subtexto –la conversación escuchada en una cafetería, y la linterna ganada en una feria−, la trama criminal remite sin disimulo alguno a una de las obras maestras de Alfred Hitchcock, mientras el personaje va desvelándose, poco a poco, como un auténtico egoísta que no duda en volver a repetir una atrocidad que, en el primer caso encuentra el altruismo hacia un mundo mejor como terrible justificación, y en el segundo, simple y llanamente el no ser descubierto, el miedo, real, a no poder gozar de libertad para vivir como siempre ha hecho.

Tercer film consecutivo en el que Allen utiliza de nuevo el formato scope, y la citada transparencia narrativa puede apreciarse en todas las secuencias de los dos personajes centrales, partiendo de sugerentes travellings –irremediable e inevitable atracción−, y sobre todo en los cambios de plano; por ejemplo, cómo muestra de espaldas a Jill con su pareja, señalando así su primer bache en la relación, o una atracción de feria con gente gritando tras uno de los discursos vitales de Abel.

Vital, alegre y triste –esa figura desenfocada frente al mar−, y sobre todo, terriblemente verdadera, con unas interpretaciones que prácticamente son la prueba de ello. Allen no ha perdido la forma. Ni las ganas de vivir.

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