Una de las consecuencias de la constante “eventización” del cine mainstream es que las películas ya sólo las protagonizan estrellas estéticamente apetecibles. Vamos, gente tan guapa que cuesta creérsela como gente corriente, porque sabemos las dietas y tratamientos a los que tienen acceso por su posición para estar así, por lo que se hacen muchas “transformaciones radicales” para dar vida a alguien más mundano.
Pasa desde hace tiempo porque la transformación es un camino muy rápido para llegar al Oscar, o al menos tradicionalmente lo ha sido, pero resulta más palpable ante falta de una alternativa. Ahora se han acumulado esfuerzos muy descarados en la misma línea que han sido profundamente ignorados en los cines, con el caso de ‘Christy: el combate de su vida’ como el más reciente.
Sopapos por todos lados
No hay mayor muestra del fallido intento de Sydney Sweeney de volverse una estrella todoterreno que también aspire a premios que el ninguneo hasta a nivel de industria de una película que habitualmente se llevaba la atención. Su fracaso comercial ha llevado también a que en nuestro país se estrene directamente en streaming a través de Movistar+.
A finales de los ochenta en Virginia Oeste, una joven Christy Martin encuentra pasión y talento para el boxeo, y se decide a convertirse en profesional a pesar de las dudas de su entorno, especialmente de su familia. Sus habilidades consiguen impresionar a entrenadores y promotores, ascendiendo hasta convertirse en un símbolo del deporte a pesar de que su vida personal sigue intentando desmoronarla.
Aquí encontramos un intento disfrazar de biopic deportivo una historia luchas más metafóricas que literales, aderezadas con un poco de exploración desde fuera de la “basura blanca” que suele introducirse en los films recientes de boxeo o pelea profesional. También hay espacio para un relato de abusos domésticos que enfatice el drama todo lo posible y realce el supuestamente impresionante trabajo de su estrella.
‘Christy: el combate de su vida’: afrontamiento básico
Todo está realizado de la manera más básica posible por un David Michôd que sigue sin encontrar su lugar desde que sorprendiese desde Australia con ‘Animal Kingdom’, dejando una increíble distancia con la protagonista y el mundo que la rodea. Las escenas parecen trazadas por brochazos de un algoritmo, y su dirección visual es intrascendente.
Todo esto pone a Sweeney en una posición de intentar levantar por si sola la película, cosa que realmente no está en facultades de hacer. Queda como un falso ejercicio de empatía que esconde una increíble vanidad, retozando en la miseria porque sí y uniéndose a películas de este estilo como ‘The Smashing Machine’ o ‘Springsteen: Deliver Me From Nowhere’ que se sorprenden de que su cine de mínimos y su historias bajoneras no hayan conectado con el público.
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