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'The Cove', obra maestra sin paliativos

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Quizá a muchos lectores les puedan parecer exageradas o poco creíbles las siguientes palabras, pero voy a escribirlas igualmente. ‘The Cove’ es una de las películas más importantes estrenadas en los últimos años, tal cual. Ganadora del Oscar 2010 al mejor largometraje documental, no sólo es una magnífica película, es en sí misma un acto de heroísmo indescriptible, un canto a la vida y a la dignidad. Mientras otros se dedican a emplear el cine como vehículo para lucimiento (y enriquecimiento) personal, hay individuos humildes que hacen uso de él para contarnos verdades con sinceridad estremecedora.

Es el caso de esta película, que se ha estrenado hace unos días en muy pocas salas españolas, y a cuyos pases nunca acudirá un público masivo (en el pase en que me encontraba yo, éramos seis personas), pero que se erige en un pedazo de vida imprescindible, en un material audiovisual aterrador y liberador, y en una denuncia desesperada pero al mismo tiempo, extrañamente, esperanzadora. Pero también irónica, divertida, impredecible, hay muchas expresiones válidas para ‘The Cove’.

A veces me canso de decir que el documental es el género más importante (si es que los géneros realmente importan) de todos, y trabajos como este lo demuestran. Debut en la realización de largometrajes de Louie Psihoyos, antiguo e importante fotógrafo de la publicación ‘National Geographic’ y verdadero enamorado del mar, no puedo imaginar un debut más complejo, arriesgado (sobre todo en lo físico) y suicida que este. Psihoyos, que durante muchos años se preocupó de mostrar el deterioro de los océanos, conoció al importante activista Richard O’Barry y ahí cambió su vida y comenzó la gestación de este trabajo documental.

O’Barry es uno de los mayores expertos en delfines del planeta y el directo responsable de las capturas de los cinco delfines hembra que sirvieron para dar vida a ‘Flipper’ en los años sesenta. Cuando la más brillante e inteligente de estas hembras, Cathy, se suicidó en sus brazos (literalmente, dejó de respirar, pues para estos cetáceos es un acto consciente y deliberado) O’Barry, destrozado, se dio cuenta de que mantener en cautividad a seres tan inteligentes (y tan conscientes de sí mismos) era una atrocidad, y desde entonces se ha dedicado a su liberación por todo el mundo, sintiéndose culpable del fenómeno Flipper, que ha dado lugar a una multimillonaria industria de delfinarios y acuarios por todo el mundo.

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El principal proveedor, en la actualidad, de estos delfinarios con ingresos fabulosos, es Japón, y en concreto el pueblo de Taiji, en cuya ensenada, llamada The Cove, tiene lugar un crimen abominable contra la naturaleza. Allí los delfines son aterrorizados por los pescadores, que eligen a los más vistosos para venderlos (uno vivo provee de 150.000 dólares a su captor) y torturan y matan al resto para vender su carne. Anualmente, asesinan a más de 23.000. Allí, un equipo de investigadores y activistas logró la hazaña de introducir unas cámaras a pesar de la persecución del gobierno y, camuflados como soldados en el frente, obtuvieron un material escalofriante y valiosísimo.

Y nos quedamos anonadados observando hasta dónde pueden llegar los gobiernos (en este caso, el de Japón) para continuar con una demencial política de pesca, y nos sorprendemos llorando al descubrir la infinita crueldad y ambición del hombre para con unos animales que tanto nos han ayudado desde el principio de los tiempos. Y no sólo eso, sino que admiramos un montaje sincopado, muy hábil e ingenioso, con dos cámaras frenéticas y fluidas, que nos transportan a una pesadilla que no podemos creer que sea este mundo.

Pero no se queda Louie Psihoyos en la mera anécdota, por terrible que esta sea. Al contrario. Indaga en la ignorancia y el arribismo de los gobiernos acerca de los océanos, en la censura que los medios de comunicación despliegan frente a determinados actos consentidos por una minoría, en la necesidad de que el gran público, el pueblo, despierte y sepa verdades terribles como esta (que, estamos seguros, no será la única ni la última). Y lo hace sin juzgar pero sin piedad, tratando al espectador con inteligencia y limitándose a grabar lo que le rodea, aportando información que pone los pelos de punta.

En definitiva, un documental imprescindible, desolador pero redentor, que nos muestra hasta qué punto hemos perdido el norte en todo lo relativo a una convivencia armoniosa con la naturaleza. Su visionado deprime y desespera, pero las personas que lo han hecho posible inspiran y enardecen el espíritu.

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