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Animales televisivos: José María Íñigo

Animales televisivos: José María Íñigo
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Que levante la mano aquel que no conozca el nombre de José María Íñigo. Realmente, si hay un nombre que me viene a la cabeza cuando hablo de animales televisivos, ese es íñigo, aunque no pienso en él como un señor calvo hasta la médula que mientras supervivía tomó el sol hasta hacer palidecer de envidia al mismísimo Denzel, sino algo más cercano a aquel tipo que colaboraba con Flo, y yo siempre lo recordaré con unas pintas espantosas haciendo de los shows televisivos de finales de los setenta un punto de referencia en el mundo de la comunicación de nuestro país.

Y es que José María íñigo fue, ha sido, y probablemente será, uno de esos animales televisivos que basan su forma de hacer en vivir el presente y revolucionar el medio en la medida de lo posible, aunque paradójicamente siempre haya empleado unos mismos recursos para conseguirlo. De Íñigo hablamos hoy en nuestra entrega semanal sobre animales televisivos.

A mí me suena como que cuando nací ya estaba él en la tele. Pero no me refiero a que cuando nací él tenía programa, que eso está fuera de toda duda, sino que cuando yo era un renacuajo y en casa ponían la tele siempre estaba él allí, hasta el punto de que a veces he llegado a dudar si aquella vetusta Lavis en blanco y negro no sería en realidad el marco de madera de un póster del Moñigo, que ese era el sobrenombre por el que conocíamos en casa a este ser.

Lejos habían quedado ya sus tiempos de discjockey y lejos habían quedado también sus inicios en la tele, allá por el año de Massiel, de la mano de Pedro Olea, director de cine y compañero de mili de Íñigo, un Íñigo que con ‘Último Grito ‘ y con ‘Ritmo 70’ recibió el bautismo de los focos y las cámaras mientras revolucionaba a España con sus ritmos pop, que por aquel entonces suponía algo así como dejar atrás a María de la O para añorar a Eva María después de que se fuera a buscar el sol de la playa.

Abriendo las puertas al mundo

Y entonces llegó el verdadero descubrimiento de José María Íñigo: ‘Estudio abierto’, el primer talk show de la tele española que nació sin conciencia de clase ni apenas conocimiento de la existencia de espacios similares al otro lado del charco, alejados como estábamos del mundo en aquella época en la que los Pirineos y el mar nos separaban de la Humanidad.

Irrumpió en la Segunda Cadena de TVE en 1972, y gustó a la gente que al menos un estudio de la televisión abriera sus puertas de par en par para que cada semana pasaran a visitarlo todo tipo de personajes conocidos, personajes desconocidos y algo de música entre medio, y así comenzó a entrar en TVE una bocanada de aire fresco para deshacer el olor de naftalina que hasta la fecha había invadido los hogares a través del espectro radioeléctrico, que ya tocaba.

‘Estudio abierto’ fue rompedor en forma y fondo. En la forma, ya por la estética del mismo Íñigo, con aquellos pelos largos y aquel enorme bigotón que se le caía por los lados y en el que siempre he pensado que guardaba una colección de aljofainas del mundo, que caberle le cabía, y por su estudiado equilibrio entre el comedimiento imperante en la época y un ligerísimo desenfado en su estilo de llevar el programa; y en el fondo, porque por aquel espacio comenzaron a pasar algunos personajes prohibidos por el régimen franquista... simplemente porque no iban allí a hablar de sus problemas con el régimen franquista sino de a qué dedicaban el tiempo libre.

Aquello fue a ratos un fino ejercicio de bordear toda censura sin caer jamás en el exceso de atrevimiento, que Íñigo — tipo inteligente — nunca estuvo por la labor de buscarse problemas para que luego nadie se lo agradeciera, lo que a la larga generó a su alrededor una aureola de personaje… digamos afín al régimen, algo que, sinceramente, nunca he creído. ¿Embajador del aperturismo? Eso sí, sin dudarlo.

Y es que ahora nos parecerá algo banal, pero podemos intuir por dónde iban los tiros del aperturismo televisivo al ver lo nunca visto antes en nuestra televisión: un invitado que interrumpe su entrevista para darle un escéptico tirón al frondoso mostacho del presentador:

“Y que conste que no me enfado con usted”, acertaba a decir un José María Íñigo de 30 añitos en medio de un contexto ciertamente embarazoso, en una época en la que un programa como aquel llegaba a unos quince o veinte millones de españoles y en un momento social en el que el bigote de Íñigo y sus aljofainas ocultas aparecían en la pequeña pantalla para convertirse en casi un símbolo del cambio de rumbo que se olía en el aire. El programa subió entonces de presupuesto, pasó a la Primera Cadena y a llamarse ‘Directísimo’ y más tarde, ya en 1978, ‘Fantástico’.

Entremedias de estos talk shows, Íñigo fue requerido para otro tipo de espacios, como un innovador ‘La gente quiere saber’ en el que un grupo de personas anónimas (bueno, con nombre, pero no conocidas popularmente) freían a preguntas a un entrevistado, como si fusionásemos el ‘Queremos saber’ de la Milà con el ‘Tengo una pregunta para usted’ del Milà, pero treinta o cuarenta años atrás. Por aquel entonces, José María Íñigo también fue haciendo incursiones en el mercado televisivo latinoamericano, donde recibió algunos galardones por su actividad comunicativa.

Pero la cara de José María Íñigo tenía una cruz, y es que sus shows presentaron algunas estampas difíciles de justificar, como aquella de un tipo de Tel Aviv cuyo cometido vital consistía en engañar a todo quisque diciendo que podía partir cucharas con el poder de la mente, ahí es nada. Uri Geller, se llamaba el amigo, que se presentó ante España pidiendo que la gente en sus casas sacase las cucharas del cajón y se pusieran a hacer el canelo experimento junto a él, y que sacasen los relojes estropeados, las teles y las radios que no funcionasen, y que con el poder de la mente se arreglarían.

Y lo más divertido del caso es que todo el mundo le creyó, y las abuelas se persignaban mientras sus nueras vaciaban cajones repletos de cucharas como si eso sirviese para algo… y como si todos se hubieran vuelto locos. Era como darle alas a alguien que te promete juventud eterna condensada en un potingue o, ya que estamos hoy con los traumas pilosos, milagros capilares gracias a un extraordinario crecepelo descubierto por lejanos monjes transcaucásicos.

Era… el poder de la televisión. Cualquiera que apareciera por televisión en aquella época era adorado como un ser mágico y todopoderoso, y es que la gente adoraba la televisión porque todavía la consideraban un elemento mágico. No comprendían muy bien cómo era posible que una persona entrase en sus hogares para hablarles cara a cara, y ese invento convertía a todos aquellos que mostraba la pequeña pantalla en extraordinarios chamanes. Ese era el poder.

Un poder que Íñigo comprendió a la perfección y que siempre dominó, aun desde la incomodidad de saberse poderoso en los medios a pesar de que el verdadero poder en este país estaba encerrado dentro de un férreo puño dispuesto a golpear una mesa para que España entera temblara; aunque quizá lo mejor sea escuchar al propio José María Íñigo contándole a Julia Otero cómo era eso de estar en el punto de mira de todos:

Pero su posición tenía sus recompensas, y es que por cada vez que José María Íñigo hacía salir en su programa al cantante de tangos Carlos Acuña a petición directa de Pilar Franco, la hermanísima del innombrable, el bigotudo presentador recibía una corbata en su camerino. Y como el cantante actuó unas pocas veces, se conoce que Íñigo recopiló en aquellos años más corbatas que Carrascal.

Y así es como se considera a José María Íñigo una bestia de la pequeña pantalla de nuestro país, un hombre que supo escalar posiciones cuando otros ni siquiera se habían enterado de que la montaña existía, un animal televisivo que se sabe poseedor de una enorme suerte pero que no se regodeó en ella sino que se labró su propio camino, una fiera que representa tanto de una época, que no en vano el 100% de los jóvenes de 25 a 35 años lo eligieron para aquella campaña publicitaria que lo que único que buscaba, dicho por los mismos guionistas del spot, era notoriedad.

Luego vendrían ‘Las mañanas de Telecinco’, las colaboraciones con Flo, algunos otros espacios como ‘Supervivientes’, ‘Eurovisión’ y todas esas chufas, con perdón para las horchatas, pero todo eso ya forma parte del presente, cuando quienes necesitaron notoriedad, como los publicistas, buscaron a José María Íñigo precisamente por su cualidad de consagrado animal televisivo.

Ficha en Imdb | José María Íñigo
En ¡Vaya Tele! | Animales televisivos

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